LOS ACONTECIMIENTOS que envuelven la vida cotidiana se superponen a veces como si una fuerza ajena y desconocida tratara de golpear nuestra atención. Un extraño personaje, Gurdjieff, admirado por muchos y denostado por no pocos, habría dicho que ello se debe a la revancha que se toma el acontecer, cuando es grave, para castigar nuestra inatención; nuestra incapacidad para estar dentro y fuera de nosotros mismos al mismo tiempo.
Durante la penúltima semana de octubre se celebró en Barcelona un simposio internacional. Fue una más de las incontables reuniones profesionales patrocinadas por la ONU que tratan temas de suma importancia, pero que no encuentran sitio en los medios de comunicación, sobre todo si no concluyen con malas noticias. Ya se sabe, la noticia es buena si es mala noticia.
El simposio trataba de aspectos económicos del agua e iba dirigido a países en vías de desarrollo. El nuestro, país desarrollado, ya que no en vano creció aceleradamente en el último decenio, era además el anfitrión. Entre otros logros, podía mostrar que veintidós años antes, precisamente en la capital catalana, había comenzado a enseñar los nuevos modos científicos de aprovechar el agua subterránea. Desde aquel inicio, cubriendo etapas anuales tesoneramente, se llegó al protagonismo de las jornadas del simposio, donde se escuchó otra vez que en el umbral del siglo XXI:
«... más de dos mil millones de seres humanos no tienen todavía acceso a fuentes de agua potable de suficiente garantía.»
Tal tipo de afirmaciones son noticia por su contenido perverso; es decir, más que malo, pero impresionan poco. El asombro que nos producen las cifras de mucho porte es compensado por la puesta en marcha de nuestros mecanismos de defensa contra el infortunio ajeno. La lejanía, «el Tercer Mundo», no contribuye precisamente a sostener nuestra atención ni, mucho menos, a empujarnos a la acción.
La lejanía, sin embargo, deja de serio si arriesgamos un poco y traspasamos en nuestro entorno la frontera que separa normalidad de marginación. Un programa reciente de TVE lo ha hecho. Repartía su indagación entre varias zonas de la geografía peninsular, visitando una parte de nuestro Tercer Mundo particular: el hábitat de los gitanos. La simultaneidad que prestan las cámaras permitía estar a la vez en cuatro campamentos. En cada uno servía de interlocutor un personaje conocido; su función era parecida a la de ponente en el simposio.
Las imágenes que conectaron el suceso minoritario, el simposio, con el universal, el programa de TV, se dieron durante el paseo del presentador por uno de los campamentos gitanos. El valor de la imagen sobre las palabras se cumplió otra vez: el agua turbia del arroyuelo, infestada de desperdicios y contaminada, era todo el caudal de agua corriente "suministrado" al poblado.
LOS GITANOS y otros marginados de nuestro país, que viven en condiciones semejantes, son parte de los dos mil millones. Con ellos no cabe la despreocupación que facilita la lejanía. Un campamento está a menos de diez kilómetros de la plaza de Cataluña, en Barcelona. Otros cientos, a distancias iguales o menores de casi todas las urbes importantes. Del mundo y, por lo tanto, de aquí. Hay que suponer, necesariamente, que en todos esos inframundos de occidente alguien transporta las cantidades mínimas de agua potable para sobrevivir. Por ello conviene preguntarse si otra de las conclusiones del simposio no tendría que haber sido más general. La que decía así:
«En muchos países en vías de desarrollo son tradicionalmente las mujeres quienes transportan el agua desde los pozos hasta sus casas. En esos lugares es imperativo introducir las técnicas apropiadas para que el transporte de volúmenes de agua de cierta importancia se realice con el mínimo esfuerzo.»
Un «ponente del programa de TVE, Miguel Ríos, habló de la «frontera de la miseria», la línea que occidente tiene que atravesar dentro de su propio territorio para acabar con su mala conciencia. Lo mismo que la naturaleza imita al arte, el discurso científico imitó al artista. Por esta vez.
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Miguel Ríos, fotografía de su página WEB
Fabian Zola
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