LA PRENSA de hoy glosa en varias planas la figura de Harold Pinter. No es para menos. Parece como si el gran dramaturgo hubiera elegido despedirse en medio de las fiestas, y poner en cuestión el lastre de tópicos y rutina que éstas arrastran. No fue así, por supuesto, aunque a su insobornable actitud vital le cuadrase hacerlo.
Antes de recibir el premio Nobel, la figura más importante del teatro contemporáneo había decidido apartarse de la escena. Lo hizo porque le pareció que allí no le quedaba nada por decir. O más bien, porque evaluó los escasos efectos que producían sus denuncias en el comportamiento social. Aunque fue mucho más allá que Ionesco y que Beckett, para mostrar los "sinsentidos" de la conducta humana, decidió que no era suficiente. Desde la autoridad que le confirió su prestigio intelectual y personal pasó a la denuncia expresa de los dirigentes políticos —Bush y Blair—, que consideró responsables del sufrimiento añadido a las tristes condiciones de vida que soportan millones de seres humanos.
Las tópicas palabras de que para quienes seguimos aquí "se ha producido una pérdida irreparable" son, por esta vez, rigurosamente exactas.
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Los artículos de «miscelánea» [15] y [19] recogen vivencias, personales y compartidas, sobre la figura literaria del dramaturgo.
Información exhaustiva la encontrará el lector en la página oficial.

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