El pasado día 20 de enero, a partir de las seis de la tarde, hora española, estuve unas dos horas atento a la pantalla del televisor. Escuché el discurso de Barack Obama cambiando al principio de canal dos o tres veces, hasta encontrar la mejor traducción simultánea que, por fortuna, fue también la que me permitió seguirlo de viva voz con suficiente claridad. Es decir, en ese día, y en diversos momentos de ese lapso de tiempo, hice lo mismo que estaban haciendo miles de millones de personas.
A la mañana siguiente traté de "bajarme" de la RED el texto completo del discurso, pero tuve problemas de conexión. No quería dejar de enfriar la reflexión que algunos pasajes me habían sugerido, de modo que fui al quiosco más próximo, comprobé que varios periódicos ingleses lo reproducían íntegro y volví a casa con el «Daily Mail» que, en portada, declaraba ser la "Obama Souvenir Edition".

Las páginas 6 y 7 que reproduzco contienen íntegro the speech.
La composición es impecable: imagen y palabras confirman la hazaña, el sueño de Martín Luther King sella la historia.
Hasta cerrar estas líneas he pasado dos días sin prestar atención a la multiplicación exagerada, aunque lógica, de artículos cuyos títulos, directa o sesgadamente, signiificaban cualquier interpretación del discurso. La razón de esa actitud ha estado, y está, en que la rotundidad que aprecié en el mismo me empujaba a evitar cualquier mediación antecedente; es decir pensé, como sigo pensando, que cada cual debe enfrentarse en lectura reposada —y repetida— a cada una de las afirmaciones, cuestiones y retos que el texto completo ha dejado planteadas. Y eso me parece así, porque la virtud suma del discurso reside en que no hay otra esperanza factible para superar los retos del muy deteriorado presente y sostener [lo que llamamos] "Occidente"; no hay, repito, más que la asunción de lo que en ese texto se afirma, el entendimiento de las cuestiones que plantea y la disposición a remar juntos en la dirección que apunta.
Una conclusión es incuestionable: el porcentaje de conformidad con la realidad de los enunciados —expresos y tácitos— que contiene el discurso marcará, indeleblemente, cuáles de ellos resultaron viables. El "inmenso" sueño particular de un hombre se hizo real; millones de personas lo han hecho posible; ahora lo apoyan, se cobijan en él, y esperan. Un porcentaje alto consagraría el éxito del Presidente, mientras que uno bajo no apuntaría a su fracaso sino a algo peor, porque los enunciados eran y son irreprochables (*). El fracaso sería el triunfo de quienes atrincherados en la avaricia y en la corrupción lograsen mantener sus ciudadelas inexpugnadas, las ciudadelas que Barack H. Obama, 44º Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, se ha propuesto expugnar.
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(*) Más de dos mil palabras escucharon "en vivo" dos millones de norteamericanos; frases cortantes, irreprochables... como éstas:

[...] Our economy is badly weakened, a consequence of greed and irresponsibility on the part of some [...] Our journey [...] has not been the path for the faint-hearted — for those who prefer leisure over work, or seek only the pleasures of riches and fame. [...] What the cynics fail to understand is that the ground has shifted beneath them [...] To those who cling to power through corruption and deceit and the silencing of dissent, know that you are on the wrong side of history [...]
[...] Nuestra economía está enormemente debilitada; una consecuencia de la avaricia e irresponsabilidad de unos pocos [...] Nuestro viaje [...] no ha seguido la senda de los pusilánimes — la de quienes prefieren el ocio al trabajo o tan sólo buscan los placeres de la riqueza y la fama. [...] Lo que no han llegado a entender los cínicos es que el suelo se ha movido bajo sus pies [...] Quienes se aferren al poder asentados en la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, sepan que están en el lado equivocado de la historia [...]
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