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Es imposible pasar en Madrid el mes de abril sin "escuchar" a Cervantes. No tengo experiencia de lo que sucede en otras ciudades; sí sé que en Buenos Aires tiene lugar la mayor «Feria del Libro» del mundo hispánico, aunque nunca me pilló allí la celebración del "cumpleaños" del genio. Pero, se le cite expresamente o no, da lo mismo: todos los días nacen miles de seres que hablarán su lengua y casi todos ellos se embelesarán en el futuro con las aventuras del Ingenioso Hidalgo por tierras de La Mancha. Este supuesto elemental contrasta con las noticias que un día y otro aparecen en los periódicos: padres que denuncian la imposibilidad de que sus hijos reciban educación en español en las escuelas públicas de los lugares donde viven.
El nivel de encono que puede alcanzar la discusión sobre la lengua propia es de alto riesgo. Lo califico así porque puede deteriorar otros vínculos de convivencia, la amistad por ejemplo, de arraigo menos profundo. Pronunciarse equivocadamente sobre la calidad del idioma que habla nuestro interlocutor será interpretado por éste como un "insulto a su madre". Y es lógico, puesto que la de cada uno es su lengua materna.
Rebasados los tres cuartos de mi camino, tengo muy claro que no voy a poder comprobar si dentro de medio siglo, como dicen, el inglés, el chino y el español habrán empujado a las demás lenguas a espacios de valor testimonial. La verdad es que no me lo creo. Sin embargo, con esa presunción in mente, franceses, alemanes, italianos, rusos, japoneses... es seguro que han ido tomando medidas de refuerzo y resistencia. A los castellanohablantes no puede extrañarnos entonces que catalanes, valencianos, gallegos y vascos también tomen sus medidas de protección. Son equivocados, en cambio, los planteamientos de confrontación de algunos dirigentes sectarios. No entro en la patente vulneración de derechos constitucionales, sino en los denodados intentos de expulsión de la "otra" lengua, un derroche de energía antieconómico y torpe. En estos tiempos que se plantea la adopción infantil por "dos padres" o "dos madres", resulta incongruente que el bebé adoptado en una provincia bilingüe no pueda educarse en "dos lenguas", ambas por supuesto "madres" también. He convivido tiempo suficiente en más de una de esas provincias, y he vivido y "escuchado" su dualidad sin ningún problema; antes al contrario, disfrutando al aprender de sus conversaciones. Los gestores de la confrontación habrán pensado quizás que enseñando en una sola lengua las "necesidades" de entendimiento cotidiano la reforzarán hasta el punto de que terminará por expulsar a la otra. Se equivocan: han olvidado que no sucedió así cuando los papeles estaban cambiados, y han ignorado también que el bilingüismo precoz es ventajoso tanto para el desarrollo cognitivo como para el proceso de socialización. (*)
Pero retorno a mi propósito inicial, la celebración cervantina, porque este año mi "conocida" devoción por los libros me deparó un presente inesperado. Una amiga, vasca por más señas, se mudaba de casa y no pensaba llevarse consigo la biblioteca circunstancial que allí había ido reuniendo. Respondí a la invitación de repasar los anaqueles y me interesé por una decena de títulos entre los que figuraba un singular volumen en octavo menor de «Las novelas ejemplares».
Imagino que las rarezas de ese librito también habrían llamado la atención del lector, pero desde aquí sólo puedo compartir con él la primorosa litografía que el editor, Nelson & Sons (¡!), anticipó para «La gitanilla». _______
(*) en «¿Qué son las lenguas?» de Enrique Bernárdez. >>>  |