... la política es ayer y hoy, más que nunca, [...] aquel infierno
que se cierne sobre nosotros
debido a la existencia de otros capaces de poder
Peter Sloterdijk
Prepararse para político es diferente de tener vocación política. Esta última no suele aparecer en los años de estudio, cuando todo el esfuerzo es poco para labrarse un porvenir, sino después, durante el ejercicio profesional, con la carrera terminada. La chispa para dedicarse a la política puede saltar en cualquier momento: en la conversación con un amigo que ya está en ella, cuando el prestigio profesional llega a "las alturas" por sí solo, o porque un periódico comenta aciertos relevantes... ... sin embargo, la chispa sólo prenderá si el sujeto tiene claro que su intervención en la cosa pública podría mejorar otras cosas que van mal o muy mal en ella. Ese tipo de vocación política nacida de la integridad ha inscrito en la Historia a bastantes "grandes" hombres y mujeres.
A la espalda, anónima in the long run, y almacenada en los estantes institucionales, cohabita la pléyade de los sempiternos aprovechados (unos más que otros). Es el reverso de la grandeza, la "clase política" de relleno. La calidad del relleno arranca en lo funcional y desciende hasta lo desechable, como en cualquier profesión en la actividad privada. Sin embargo, en el área política del sector público, los problemas que genera un exceso de personal acomodaticio son siempre de costosísima reparación. En casos extremos, dos o tres generaciones se gastarán enmendándolos.
La tercera semana de mayo fue pródiga en destapar vergüenzas políticas. En el Reino Unido saltó por los aires un "sello" de la Institución que permanecía tres siglos "inmaculada"; en EEUU el incólume presidente, la gran esperanza del castigado Occidente, se dio de bruces con la roca cuarteada de las torturas que había prometido desmontar; en España los equilibrios mendicantes del gobierno disfrazaron de triunfo los residuos de planes precipitados. Ahorro al lector aclaraciones que de seguro conoce; sólo me voy a detener para romper una lanza a favor de una joven ministra del Ejecutivo español, muy atacada ya desde antes por sus "meteduras de pata". Y lo hago, no porque alguien que está en "el poder", es decir que puede ejercerlo, necesite de mi defensa, ni tampoco porque ésta le vaya a servir de nada, sino porque la base de mis argumentos nació de una de tantas contingencias que colapsan en el correr de los días y merecen ser contadas por si aprovechan a alguien.
Mientras leía sesudas divagaciones(1) sobre la incertidumbre esencial que padece el ser humano desde el instante de su implantación, escuché que la joven ministra se cargaba —eso sí, con una simpática sonrisa— la cualidad "humana", no ya del tiempo infinitesimal del implante sino de todo un largo periodo de las semanas inmediatas. Esa aventurada liquidación creo que nunca la habría asegurado tan alegremente de haber dedicado unas horas a la lectura del libro que yo tenía en las manos. Aunque le anticipo que si ahora recurre a él tampoco le va a sacar de dudas; antes al contrario: porque le obligará a seguir explorando, leyendo, investigando... como a mí, como a cualquiera. Esa es la incitación, el provecho que se puede obtener (gratis) de esta contingencia...
Y para terminar, ya que estoy en ello, no sería honrado callar mi desconcierto, uno o dos días después, ante la desafortunada mención de muertos en guerras (injustas o justas —¿hay alguna que lo sea?—) a propósito de infantes por nacer. Imagino que la mención se la "sopló" algún asesor áulico, quizás el mismo que se sacó de la manga un concepto abstracto para bautizar su Ministerio. Cierto que si, para materializarlo en concreciones, hubiera recurrido a lógicos atributos [... igualdad de Derechos ... de Oportunidades ... ] habría caído en la cuenta de que "esos" ya los contempla y vigila el Ministerio de Justicia. ¿Cómo no se le ocurrió a algún asesor el nombre de «Ministerio de la Juventud» para designar el suyo? o, si fue así, ¿por qué no se animó a defenderlo?
Si por azar lee estas líneas y recupera la sonrisa —que pierde cuando sacrifica su espontaneidad—, quizás se decida a preguntarlo e incluso, si le gusta, proponer el cambio de nombre. ¿Se imagina la algarabía?
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(1) Una espléndida amiga se había presentado el día antes en mi casa con las «ESFERAS» de Sloterdijk. No podía por menos de hacer honor al regalo dándole primacía sobre otras lecturas que desplacé a la mesilla de noche. El capítulo 4º —La clausura en la madre— y también los 5º y 6º, fueron los generadores de esta divagación.
Cuando termine la lectura de los tres volúmenes de «Esferas», añadiré a la pestaña PÁRRAFOS las acotaciones mínimas imprescindibles.
De las 279 notas a las que remiten ordenadamente las 561 páginas del volumen Esferas I, voy a dejar hoy aquí constancia de una tan solo. Precisamente, quizás, es la que todo el mundo conoce y, sin embargo, de la que ignora su exacta procedencia. Viene a cuento para reflexionar si es aplicable a cualquier "situación repetida", como la que ahora vivimos, por ejemplo.
La cita [nº 266] es del texto «El dieciocho de brumario de Luis Bonaparte» de Karl Marx, y dice:
«Hegel hace notar en alguna parte que todas las grandes personas y hechos histórico-universales acontecen, por decirlo así, dos veces. Olvidó añadir: una vez como tragedia, la otra como farsa.» ________

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