«… no tenemos derecho a descansar y a holgar en ningún momento en nuestra tarea de hacer avanzar las fronteras de la libertad»
Ralph Darendorf: «Lebenschancen»
Tener una pared enfrente o a la espalda mientras se espera algo ─la llegada de un autobús, por ejemplo─ o a alguien, es una situación ordinaria en la que no cuentan el aspecto ni la naturaleza de la pared. Sin embargo, si la espera se prolonga demasiado, la pared termina por hacerse visible: revela su condición de barrera, o de cerco ominoso si es que carece de solución de continuidad.
El film de Margarethe von Trotta «La promesa» [das Versprechen -1994-] muestra como la pared invisible, que ya separaba a los habitantes de Berlín desde el final de la segunda guerra mundial, se materializó brutalmente dieciséis años después como el Muro, el cerco impuesto para "proteger" la construcción del socialismo en la Alemania ocupada por la Unión Soviética. Ese muro real se mantuvo en pie 28 años, de modo que ahora estamos celebrando el vigésimo aniversario de su caída. (*)
La directora de la película fue capaz de solapar los sentimientos de arrollador entusiasmo de la multitud apuntando también a un par de personas cuyos rostros desentonan de todos los demás. Esos dos planos (más las frases concisas que enuncian) y su inmediato enlace con el encuentro de la pareja protagonista (el desenfoque final del rostro de Sophie ante la mirada de Konrad), contienen la contrapartida del éxito: el desorbitado precio a pagar cuando la espera es excesivamente dilatada. La reflexión sobre el sinsentido de la espera indeterminada alcanzó su clímax en 1952 con «Esperando a Godot» [En attendant Godot]. De la inquietante abstracción brechtiana, que muchos espectadores no pudieron (o quisieron) soportar en su día, Trotta ha pasado a la concreción histórica cercana, inteligible y soportable por cualquiera.
Están de moda las incitaciones a la ciudadanía para hacer masa ["todos somos fulanito/a"], y de ese modo tensar a las autoridades para que se mantengan in vigilando. Esa incitación se anticipó el 26 de junio de 1963, precisamente desde la máxima autoridad, cuando John Fitzgerald Kennedy pronunció solemne: "Ich bin ein Berliner", frase del histórico discurso (conciso, como una arenga) que no fue la única dicha en alemán. "Lass' sich nach Berlin kommen" [que vengan a Berlín], fue la invitación (reto) para quienes creían que el comunismo era la corriente del futuro.
Sobrecoge pensar que, a pesar de la iniciativa protagonizada por el presidente de la nación más poderosa del mundo, la "solución" del cerco hubo de seguir esperando todo el tiempo de vida de una generación. Quizás por eso, por su ineficacia en acortar la espera, el eco del discurso de JFK no se escucha en La promesa, o yo no fui capaz de detectarlo. _______
(*) En la primera semana de junio Madrid se anticipa en cinco meses a la celebración del aniversario de la caída de El Muro. La anticipación consistió en programar siete días de cine haciendo coincidir el 11º Festival de cine alemán con el miniciclo Veinte años sin muro, una retrospectiva compuesta por cinco títulos de los que sólo pude asistir a la proyección completa de «La promesa». También pude presenciar la segunda proyección de «Hilde» [2008], la película que inauguraba y anunciaba el Festival, pero su largo metraje (137 min) solapaba con la hora de salida de mi último transporte a casa y hube de perderme el último cuarto de hora ─además del coloquio "en vivo" con Kai Wessel, el director─.
La biografía de Hilde [Hildegard Knef] sacó de mi baúl de los olvidos insospechadas resonancias del cine de mi adolescencia. Podría recomponerlas ahora, pero voy a esperar a que la película se exhiba en sesión comercial porque sospecho de especial importancia el fragmento que me perdí.
Ante la imposibilidad de asistir a la retrospectiva completa no era fácil decidirse por un solo título. Dos películas inolvidables: El honor perdido de Katharina Blum, [Die verlorene Ehre der Katharina Blum, 1975] y Las hermanas alemanas, [Die bleierne Zeit, 1981], resolvíeron la indecisión. Volker Scholondorff y Heinrich Böll también jugaban a favor de Margarethe von Trotta. ________

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