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Los humanos, las criaturas más inteligentes del planeta (¿?), cuando liberamos un pensamiento inusualmente "brillante" que andaba forcejeando por escapar de nuestro laberinto neuronal, padecemos el irresistible impulso de contárselo a alguien –a quien esté más a mano– o, mejor aún, de ponerlo por escrito. Esta segunda opción, mientras la cuenta de días del siglo XXI avanza inexorable, es cada vez la más utilizada: el crecimiento exponencial de blogs lo testifica.
Materializado de un modo u otro, oral o en soporte virtual, al humano productor del esplendoroso pensamiento sólo le queda esperar el desencanto, porque todo lo que puede ser pensado ya ha sido dicho. La duración del tiempo de espera, ese oasis de tiempo suspendido en el limbo de la autocomplacencia, es tanto más prolongada cuanto más alejado de lecturas "fundamentales" se encuentre el pensador.
El problema de la supuesta originalidad se agudiza, naturalmente, si lo alumbrado no es una idea o frase sencilla, sino una completa trama ficticia, destinada a armar (en cortaziano impulso) el argumento de una novela. De esa circunstancia –de que cualquier trama haya sido no sólo pensada, sino escrita– dio noticia expresa Bertrand Tavernier en su película «La muerte en directo» [1982], de la cual me ocupé en "Tres alarmas de saturación" [delSUR, mayo 2008]. Mencionarla de nuevo se debe a que la actualidad ha reforzado mi convencimiento de que se trataba (se trata) de una película capital. Aparte de eso, la lectura fortuita (no programada) de «H2O, una biografía del agua», libro que recomiendo sin reservas, ha venido a "duplicar" coincidencias, como apunto al pie de estas líneas.*
El mensaje de Tavernier, filmar la muerte en vivo y en directo para sujetar la pérdida de audiencia televisiva, fue criticado en su momento por quienes tachan de apocalíptica cualquier interpretación de un futuro que a ellos, en caso de producirse, les añade un plus de inquietud –pérdida de status o rebaja del share, por ejemplo–. Sin embargo, como reforzando el apocalipsis ahora, aparece un anuncio en la prensa inglesa a mediados del pasado enero para demostrar que el director francés no exageró en nada las tendencias del futuro_ficción:
Buscan un enfermo terminal para momificarlo en un 'reality show'. No he vuelto a explorar la WEB a fondo para saber si Channel 4, la cadena de TV británica, consiguió reclutar algún voluntario para la insólita performance. Por tanto ignoro si a esta fecha la reproducción del proceso de embalsamamiento egipcio –detallado, e imagino que perfeccionado, improved–, ha sido vista ya, en "vivo" y en directo también, por millones de espectadores.
La cicatera condición de que los donantes de sus cuerpos no pudieran esperar compensación económica alguna, habrá supuesto a severe constraint, es decir habrá pesado como una losa en el decidir de los maltrechos voluntarios, aunque el patrocinador "adornase" finalmente la oferta, corriendo con los gastos del embalsamamiento. Este detalle se complementaba con la contundente imagen de promoción adjunta, la que podría animar (¡!) a los indecisos a fijar (embalsamar, congelar, momificar) cualquier tiempo suspendido hasta la fecha final de nuestro mundo, indeterminada pero insoslayable: el big crunch...
A mi entender, este sucedáneo de inmortalidad tuvo su razón y lógica sesenta siglos atrás en el valle del Nilo; su recuperación en el valle del Támesis creo que merece un estudio multidisciplinar más allá del futuro ficción anticipado por Tavernier.
* Philip Ball: H2O A biography of Water. –1999– trad. J. Aníbal Campos, ed. Turner :: ISBN 978-84-7506799-5
En este libro se lee: las partículas (moléculas), que contiene una gota de agua son más de mil millones de trillones. Cabría suponer que ese dato desautorizaría la primera de "mis" saturaciones, la que sostenía que la magnitud del googol [10100, es decir la unidad seguida de 100 ceros] era inalcanzable en nuestro entorno. Sin embargo, ni cuando la tierra emergió de un océano infinito y primordial el número de moléculas de ese océano se pudo aproximar siquiera a 1050. Ese cómputo puede tomárselo el lector como lo que es: un juego. Para llevar al límite estimaciones de volúmenes y gotas, le bastará imaginar profundidades oceánicas tan grandes como guste y diámetros infinitesimales para las gotas.
Imágenes:
– Ejemplo insuperable de tiempo suspendido: escultura de «El Pensador» de Rodin expuesta en el Paseo del Prado de Madrid por la Fundación Caixa Forum [marzo 2009]. – Cuerpo momificado: imagen adjunta a la noticia en el artículo de PD >>>  ____________ 
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