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   de la clepsidra hacia la 'bancocracia'...
   en el horizonte del pasado

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Manzanares
-6 de junio de 2010-



clepsidra          Estoy razonablemente seguro de que no demasiada gente se habrá parado a pensar que el nombre del reloj de agua, es decir, la clepsidra, fue acuñado a partir del verbo griego kleptein (así escrito en caracteres latinos) que significa, lisa y llanamente, robar o hurtar. La sutileza que amparó tal definición se entiende al identificar hurto con sustracción furtiva, con el 'dejar escurrir' que documenta el diccionario etimológico de Corominas.

Un concepto más familiar que, en cambio, mucha gente identificaría sin vacilar es el de cleptomanía, es decir, la propensión morbosa al hurto. Que esta propensión o inclinación merezca la consideración de enfermedad es, cuando menos, opinable. Habría que evaluar los datos que contienen las cámaras de vigilancia de los hipermercados y deducir de sus informes (en el caso de que éstos hayan sido elaborados por especialistas), si las personas "retratadas" sustrayendo prendas u objetos son enfermos o, simplemente, normales "chorizos". Es decir, si convendría acuñar para esta normalidad una palabra más blanda: cleptofilia, por ejemplo. Y lo digo para que cada uno se autoexamine y, en su fuero interno, evalúe lo que sería capaz de sustraer si estuviera seguro de no ser descubierto. Se me ocurre aplicar la escala clásica del 0 al 10, para ayudarse en la autoevaluación. El cero definiría a los individuos de honradez absoluta y el diez a los cleptómanos incurables, los que realmente necesitan ser internados en una institución ad hoc. ¿Recuerdan, por cierto, el caso de la bella, encantadora y frágil actriz, retratada in fraganti no hace demasiado tiempo?

Por otra parte, valerse de la escala puede servir a otros fines. Para empezar, parece consecuente aceptar que el punto medio, el 5, sea el que separa al cleptófilo del cleptómano: al que simplemente se siente amigo de lo ajeno, del que está enfermo por quedarse con todo lo que pueda. Mi opinión personal es que salvo unos pocos tocados de santidad (imagino que los hay), la gran mayoría de los humanos occidentales nos movemos entre el 1 y el 4 de la escala. Si alguien se escandaliza o se siente insultado, debe preguntarse si no le tienta evadir impuestos cuando ve una clara posibilidad de camuflaje, ¿no quedamos en que Hacienda somos todos?

Sin embargo, del aluvión de construcciones que derivan del verbo griego la más inquietante es cleptocracia, vocablo que el lector habrá "traducido" de inmediato si vive en una democracia, porque siendo ésta el gobierno del pueblo, la otra no puede ser más que el gobierno de los ladrones.
El vocablo no está en el diccionario y su ausencia parece lógica: el ejercicio del latrocinio total desde un gobierno no es sostenible mientras éste conserve vestigios democráticos.
Pero existen aproximaciones menos inquietantes aunque todavía intranquilizadoras. Sólo mencionaré una: la bancocracia.
El vocablo suena vulgar,(1) —poco imaginativos estuvieron los académicos que aceptaron su inclusión en el diccionario—, y probablemente no guste nada a los bancos, o sea, a los directores que los personifican. En cambio, lo cierto es que les guste o no, hoy, hasta el ciudadano más despistado sospecha que el tambaleante sistema capitalista (liberal o de estado, i.e.: comunista) es una gigantesca y bien trabada 'bancocracia'. Despertamos cada día esperando la disposición conminativa, incuestionable, de qué nuevo impuesto habremos de pagar para contribuir a salvar la desmesurada 'institución' y, por supuesto, para que sus integrantes nos salven. Porque, mal que nos pese, sin ellos —más allá de los macro-poseedores, se agrupen bajo el nombre que se agrupen (2)— nadie vislumbra ni tiene otra solución...
A no ser que, mientras el drama de los sin trabajo se silencia a duras penas, lo que se pretenda rescatar del horizonte del pasado sea la sentencia futurista, la exultante nueva de otra higiénica guerra mundial total, no restringida, orwelliano modo, allende las fronteras del primer mundo.
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una especie de CODA en la misma fecha.

Creo oportuna una breve aclaración sobre la génesis de este artículo. La evidencia de que ha sido escrito tal cual −dejándose llevar por la sensación de impotencia que más de medio país padece (o así parece)−, está contenida en el mismo título. Suelo rematar los textos breves, como éste, al modo quasi canónico que rige en el columnismo: cerrando la argumentación para que abroche o justifique las afirmaciones o hipótesis vertidas en la primera mitad. Esta vez no fue así. Por tanto, si el lector/a se siente decepcionado/a es lógico que lo esté. Sin embargo, podrá evaluar los interesantes mecanismos que juegan en la libre asociación de conceptos, si por su cuenta se toma la molestia (o el disfrute) de rascar en la etimología de los significantes.

Eso, simplemente, es lo que ha sucedido al arrancar desde una palabra inocente, de seguirla, de sostener su prefijo y después intercambiar sufijos…, hasta terminar con un anodino prefijo final que, sin haberlo previsto, ha descubierto el concepto de rabiosa actualidad que contiene (sin explicitarla) la tesis esencial del artículo, las preguntas:

⇒ ¿puede la sociedad actual funcionar sin bancos?,
    más concretamente,
⇒ ¿puede sostenerse un gobierno que no cuente con ellos?

Un minuto de reflexión sobre nuestra diaria actividad, seguido de un liviano repaso a la Historia reciente, basta para encontrar ambas respuestas.
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⇒ La imagen procede del excelente sitio de la WEB tecnomantes e informa de que la clepsidra ya se uitilizaba en el 1530 a.C. en la corte del faraón Amenhotep I.

(1) Banco, en la acepción de establecimiento que custodia dinero y realiza negocios con él, deriva del germánico 'Bank', no de palabra griega o latina alguna. Por eso 'bancocracia' suena a pastiche.

(2) Acaba de reunirse, precisamente en España –en la bella ciudad costera de Sitges–, el club Bilderberg. Pocas semanas antes, Daniel Estulin, el autor que indagó en los entresijos de la organización, fue noticia editorial por «Conspiración Octopus» su tercera o cuarta incursión en el tema, que esta vez noveló con miras sin duda al 'bestsellerato'. En junio de 2006, en el artículo conspiraciones que publicó «delSUR», di noticia del susodicho Club.

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