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¿Dónde termina la naturaleza?
¿Dónde comienza la cultura?
Claude Lévi-Strauss
La noticia de las viviendas cápsula de Pekín se difundió en la prensa española allá por el pasado mes de abril. No se trataba de ninguna novedad, puesto que las cápsulas existían en Japón desde mucho antes. Hace veintidós días, el corresponsal en Asia de uno de los periódicos nacionales recuperó el tema y presentó al ingeniero Huang Rixin, sentado sobre el colchón extendido en el suelo del 'apartamento' de 2,4 x 1,2 metros construido según su diseño, que hasta permite colocar un estante a modo de mesilla. Es seguro que a infinidad de lectores les llamó la atención el asunto en su día, aunque también es fácil que lo hayan arrinconado en la memoria. Se trata de ese tipo de información que se prefiere dejar 'en reposo'. Sin embargo, voy a arriesgar un breve comentario.
Exagerándolo hasta sus hipotéticos orígenes, la vigencia y universalidad del asunto se podría remontar a la Prehistoria. Asumimos incontestable que en la cueva comunal el macho dominante ocupaba de ordinario el 'rincón' mejor situado, el menos húmedo o expuesto a la corrientes de viento helado, en resumen, el sitio más confortable. Los demás se ubicarían compitiendo en fuerza y destreza.  Forzosamente hubo de producirse abarrotamiento. Annaud, en La guerre du feu -1981-, imaginó un escenario atestado a la hora del sueño. La solución del problema condujo probablemente a partir de fechas tan tempranas a la separación de individuos o grupos dentro de las grandes cuevas, entre límites que compartimentaron el espacio, o en sus ramificaciones. Pero ignoramos si la delimitación, la necesidad de viviendas separadas, empezó ahí, aunque en el siglo XXI tal ignorancia, salvo en lo antropológico, es ya irrelevante.
Limítese el estado de naturaleza donde corresponda: hágase cultura proporcionándole techo propio al ser humano desde el momento en que a éste le sea indispensable para integrarse en aquélla y enriquecerla. Si existe un sistema político capaz de aproximarse a ese logro habrá estabilidad futura. En caso contrario el descontento creciente devendrá imparable.
El tiempo apremia. El habitáculo-dormitorio que oferta el ingeniero chino se podría reducir un poco más prescindiendo de la mesilla, el límite de encogimiento, el punto de no retorno que devuelve el problema de la vivienda digna a su origen: el de un salario digno. Los salarios ínfimos, mínimos, y bajos tienen que crecer, lo cual es posible si los disfrutadores de salarios altos consensúan el procedimiento ad hoc.
Los magnates, primus inter pares, del mundo actual parece que han dado un paso... pero todavía no hay noticia de que hayan encontrado dicho procedimiento.
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La cesión de fortunas que se está produciendo en los Estados Unidos tras la iniciativa bautizada como the giving pledge –el compromiso de dar– alcanza ya cifras extraordinarias. Es pronto para saber hasta dónde llegarán sus efectos. El límite inferior del vasto campo de la miseria de millones de seres humanos a socorrer empieza por el suministro de alimentos y vacunas para la mera supervivencia. Un largo camino espera hasta la globalización de la vivienda digna.
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