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Quoursum haec tam putida tendum?
Horacio Sátiras II, 7,21
Si somos precavidos, la imposibilidad real de leer más allá de un ridículo porcentaje de la producción contínua de textos que nos pueden interesar tiene un lado positivo. Pero es necesario disponer en nuestro entorno del espacio ad hoc donde depositar los ejemplares de lecturas aplazadas. Es cierto que día a día crecen los recursos almacenados en la RED; en consecuencia la disponibilidad de muchos está a nuestro alcance y hace innecesario su almacenamiento 'físico'. Aunque así sea, y todo el mundo en mayor o menor medida recurra a lo virtual, la cuestión que aquí quiero destacar es precisamente la contraria. Porque mientras periódicos y revistas culturales —no digamos, libros— resistan el ataque del universo WiFi, el atesoramiento será un acto placentero y de reafirmación de nuestra consciencia.
No todos los artículos, cuyo título o 'ladillos' nos impactaron, pero tuvimos que aplazar su lectura para mejor ocasión, resisten el paso del tiempo; incluso más bien son pocos. No obstante, esa pérdida se compensa con la demostrada excelencia de los que sí resistieron. Uno de esos fue el que ahora me trae hasta aquí. Su autor, novelista cuyo estilo y fuerza narrativa han convertido sus obras en best-sellers —en el polo opuesto al de los escribidores que encasillan a priori sus argumentos para conseguirlo—, además de ser académico de la Lengua, distrae parte de su tiempo en el 'articulismo'. La suerte, por tanto, nos acompaña a los incondicionales de su prosa.
De ésta, allá por el mes de julio pasado, un párrafo me llamó la atención: " ... de niño, oía a mi abuelo paterno, que era lúcido, culto, republicano, y usaba sombrero, sobre todo para quitárselo ante las señoras: «Arturín, aprende francés, que es muy triste ir al exilio sin hablar idiomas». Le hice caso, y hablo un francés de puta madre."
Fue suficiente para depositar la revista en el montón de lecturas aplazadas. Yo no conocí a ninguno de mis abuelos, sin embargo, una formalidad académica accidental me empujó a interesarme por los idiomas, aunque no fue el francés sino el inglés, el que ahora hablo casi de puta idem.
Establecido el nexo, la razón que me había movido a conservar el artículo, llegó el momento de leerlo completo para saber si valió la pena hacerlo. El resultado desbordó cualquier expectativa: desde incitaciones a la acción a denuncias de ignominia, sin un respiro, hasta que al borde del final estalla la escena surrealista: "... un andaluz medio analfabeto, presidente autonómico, hablaba con torpeza en catalán mientras otro andaluz casi tan analfabeto como él, vicepresidente tercero del Gobierno, escuchaba mediante un auricular la disparatada traducción a una lengua, el castellano, que ambos conocían... ".
Acto seguido, mientras "... en sus bancos, encantados de estar allí, los cómplices de esos dos sujetos aplaudían", capturo la pregunta de Horacio y la traduzco mentalmente: «¿adónde llevan tantas imbecilidades?».
No me tranquiliza pensar que la respuesta sea el derrotado presente. Pero así parece.
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Espero que el lector haya evaluado correctamente la intención de lo que antecede. Si así no fuera, o le tienta la curiosidad, no tiene más que hacer click aquí.
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