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Hasta nuestra España, tierra tan dura como el carácter de sus habitantes,
produce ya unos hijos que no parecen descendientes de sus abuelos
¡Siglo feliz!...
José CADALSO, Eruditos a la violeta
No se me ha ocurrido mejor título al reencontrarme por enésima vez con las admoniciones y denuncias 'clásicas' sobre la incompetencia o la corrupción de algunos políticos. Y pongo en cursiva 'algunos' porque estoy seguro de que corruptos no lo son todos; incompetentes tampoco, aunque éstos sean más.
Como millones de españoles, estoy verdaderamente cansado de escuchar la eterna cantinela que recitan voceros de uno y otro partido: "¡Y tú no pagas tus trajes", "¡Y vosotros cobráis mordidas millonarias!". No parece, sin embargo, que el común de los ciudadanos decida su voto a tenor del crédito que le merezcan esas acusaciones. Eso es lo preocupante: la corrupción es asumida hasta cierto nivel indeterminado como algo inherente a la condición humana.
Lo que está demostrado por mucho que quienes gobiernan se desgañiten para desviar la atención, es que toda la carga de la prueba pesa sobre ellos. Contra la oposición, aunque las denuncias de corrupción sean válidas resultarán inoperantes, e incluso contraproducentes si se esgrimen para tapar las vergüenzas propias. Por otra parte, las acusaciones de incompetencia carecen de lógica. Son fútiles, puro wishful thinking; no cabe censurar a una oposición por incompetente, sino estallar cohetes para celebrarlo.
 El estribo lejano del puente de viento que hoy me ocupa lo encontré en palabras de hace casi dos siglos y medio. El hombre que las escribió murió joven, recién ascendido a coronel a los 40 años, luchando en el último intento armado que entabló España por reconquistar Gibraltar.
Para el coronel José Cadalso, pues no de otro se trata, lo que se había corrompido en su tiempo era el concepto de político cuando éste se aplicó a una segunda especie de hombres que de noche no sueñan y de día no piensan sino en hacer fortuna por cuantos medios se ofrezcan.
Esa opinión figura en la que hace el número 51 de sus «Cartas marruecas» y su valor crítico es tanto mayor cuanto el gobierno del rey Carlos III, el llamado Buen Alcalde, se ejercitaba por entonces en la modernización del país y en la liquidación de privilegios que lastraban su ingreso en la "Ilustración" europea.
Hoy precisamente, 240 años después, los resultados de las elecciones catalanas dan pie para asentar el estribo cercano del imaginado puente. Y no pienso en ganadores ni en perdedores sino en participación real, en el número de personas con derecho a voto frente a quienes lo han ejercido. Ya sé que este tipo de evaluación está casi fuera de lugar y, sobre todo, que al partido ganador nunca le puede interesar mencionarlo cuando realmente cuestiona no su triunfo –que en esta ocasión rozó la mayoría absoluta–, sino el sentido del mismo.
Distráigase quien quiera haciendo números a partir del cuadro de resultados que todos los periódicos han volcado en la RED. Si hace bien la cuenta y considera las abstenciones, los votos válidos, nulos y en blanco, llegará a la conclusión de que por cada ciudadano (uno) cuyo deseo ha sido satisfecho (ha ganado el partido que votó), hay otros cuatro que habrán de esperar hasta las próximas elecciones para replantear su opción.
Cabe imaginar que si los políticos corruptos hubieran sido barridos por el viento, la evaluación de los resultados quizás habría invertido la proporción. Entonces el triunfo del ganador habría cobrado sentido pleno.
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Imagen: Goya, retrato de caza del rey Carlos III. Museo del Prado, Madrid. |