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   Vaho mortecino

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Benidorm
-15 de enero de 2011-


–¿Lee alguna vez alguno de los libros que quema?
Él se echó a reir.
–¡Está prohibido por la ley'
-–¡Oh! Claro...
Ray Bradbury, «Fahrenheit 451»


     Van siendo recurrentes las llamadas de atención al problema, calificado de alarmante sin paliativos, que representa el descenso de ventas de la prensa diaria. Se pronostica, sin mostrar la base analítica del cálculo, que dentro de diez años los periódicos, tal como hoy los conocemos, no existirán.
prensaYa sea el pronóstico acertado o no, sí es consecuente con la elemental observación del tiempo que unos y otros, jóvenes, maduros, viejos, hombres y mujeres, pasamos frente a la pantalla del ordenador. Si la hora de levantarse por la mañana para ir a trabajar la anticipamos quince minutos, y éstos los dedicamos a echar un vistazo a los titulares de noticias on line que facilita nuestra página favorita de la RED, la 'necesidad' o 'costumbre' de comprar el periódico ha quedado debilitada, cuando no liquidada, de cada cuatro veces, tres.
No es ésa una cuenta caprichosa, tampoco es exacta, pero he comentado la cuestión con familiares, con amigos y conocidos, y he sacado la media: los siete periódicos semanales se han quedado en dos o, a lo sumo, en tres si el suplemento dominical lleva una oferta que interese (oferta ajena, en general, al hecho informativo).

     Esta cuenta elemental del encogimiento de la audiencia va cargada de razones más sutiles y complejas, de difícil generalización. Arriesgando mucho, para entendernos, valdría englobarlas en una pérdida de calidad, calidad que abarca un campo conceptual extenso, pero que el usuario, (la audiencia de nuevo), capta con facilidad y rigor. Brumas difusas empapan la actividad creativa de los 'intelectuales'. Es como si el vaho mortecino que se desprende de la crisis económica lo contaminase todo. Es cierto que no faltan firmas reconocidas cuyos artículos en prensa mantienen su lucidez y calidad acostumbrada, pero también que ésta se nota debilitada en más de una aparición, lastrada por la denuncia que impone la situación. Es como si pesase demasiado mantenerse brillante (optimista, por tanto) en medio de un páramo de pesimismo que se ensancha, amenazando con asfixiar el espacio creativo. Y para colmo, la televisión no ayuda. Los programas de calidad han emigrado a las cadenas de cuota. Eso he sabido por algunos, pocos, que la pagan.

     Si la desaparición anunciada del papel prensa se llega a producir, es muy probable que antes la leamos novelada en ciencia-ficción como «Fahrenheit 32», lógica del reemplazo de la temperatura de combustión del papel (451 ºF) por la de congelación del agua y otros líquidos. A bote pronto, no otra analogía me cuadra mejor para explicar, y dejar constancia, de lo que la inclemencia de la WEB habrá hecho con los 'viejos' periódicos: congelar su pasado 'real' en un eterno presente 'virtual'. firma
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