La última vez que estuvimos aquí, los recién conquistados continentes de la Tierra estaban poblados por manadas de antepasados de los dinosaurios.
F. Anguita V. – G. Castilla C. «PLANETAS»
Es exagerada y hasta vulgar y pobre la metáfora que califica de fenómeno telúrico (terremoto es lo más común) un modesto e insignificante enfrentamiento entre partidos políticos. Para colmo, quienes muchas veces se pelean ni siquiera son todos los componentes o afiliados a un partido, sino sólo unos pocos de ellos contra otros pocos del contrario. Y es así porque, aun inmersos en la contienda, son muchos los que saben cómo guardar la ropa; principalmente los que dependen por completo del cargo para subsistir.
La calificación de pobre que antecede se complementa con la de insignificante, y ambas agotan su minimalidad en la rimbombante 'conjunción planetaria' que alguien creyó descubrir en una ocasional 'coincidencia'.
Si el lector se detiene un momento en las líneas de cabecera, puede creer que son producto o versión ampliada del archiconocido cuento de Monterroso*.
Así parece, ciertamente, pero lo que en realidad expresa la cita es el respaldo científico a la chispa que tuvo el ingenioso escritor guatemalteco, solo que, a diferencia de su allí, lugar físico cualquiera de la Tierra donde dormitaran dinosaurios, el 'aquí' es nuestra posición en el espacio, la que ocupamos en cada instante en Perseo, el brazo espiral donde se aloja nuestro sistema solar, a 25.000 años–luz del centro de la Vía Láctea.En cada precisa posición, del aquí y ahora, no volveremos a estar hasta dentro de un año galáctico, es decir dentro de 225 millones de años.**
Apabullados los ciudadanos corrientes (ya poco más que súbditos) por los exorbitantes 'salarios' y 'bonus' de banqueros y gerifaltes; excluidos de los privilegios de quienes ocupan cargos políticos por mero interés personal (jamás tuvieron otro propósito), la asfixia económica (miles de 'sin trabajo' están al límite) se trata de tapar con palabrería grandilocuente. Para esa tarea el vocabulario propio de la astronomía se cuela y maneja en el argot político, especialmente en los discursos electoralistas –¿alguno no lo es?–. Pero lo cierto es que el pecado carga esta vez con la penitencia del ridículo: las inmensidades de las cifras siderales (enunciadas, con ignorante aplomo, para asombrar) a lo que mueven es a la toma de conciencia de nuestra 'humana' insignificancia en el espacio y, no digamos, en el tiempo cósmico.
Recomiendo a los políticos (de cualquier signo) que, antes de hacer alusiones a la astronomía en sus discursos y apariciones televisivas, se sumerjan por un rato en las páginas del libro que ha motivado esta reflexión. Asumirán siquiera la magnitud de su insignificancia y cuidarán de sonreír menos: el horno no está para bollos, mucho menos para risas.
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En reciente comunicación personal, sin saber nada de esta reseña, el primer autor del libro me escribe:
«Lo divertido es que en otro mapa de la galaxia, el que apareció en la explicación de la misión Kepler (página 424 del libro) no estamos en el brazo de Perseo sino en el de Orión. Es como si nadie supiera la calle donde vive: una reflexión para la humildad.»
* "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Mario Vargas Llosa le dedica un detallado estudio en «Cartas a un joven novelista» ISBN 84–226–8763–1
** datos e imagen en: «PLANETAS» :: ISBN 978-84-7207-200-8

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