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   ENSAÑAMIENTO

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Madrid
-15 de julio de 2011-


«... no debe esperarse ninguna ventaja duradera de la política moral si no está basada en los sentimientos indelebles del hombre»

Cesare Beccaria [1738-1794]
«De los delitos y de las penas»


     Sin necesidad de echar mano del diccionario, cualquiera dirá que ensañarse es dar un paso más en el afán de hacer daño a otro, a un enemigo, por ejemplo.
El DRAE precisa más, por supuesto, y dice que es "deleitarse en causar el mayor daño y dolor posibles a quien ya no está en condiciones de defenderse".
La precisión cobra importancia al apostillar que la víctima está en situación de indefensión, lo cual excluye el daño consentido y se revela capital al pasar al campo del Derecho donde el ensañamiento es "circunstancia agravante, que consiste en aumentar deliberadamente el mal del delito".

    La etimología latina (insaniare) era esperable, sus exclamaciones (concupiscere ad insaniam; insaniare ex amore...) emotivas pero, a mi juicio, insuficientes para que el lector vaya a sentirse esperanzado de aprender algo que no sepa, salvo si me dejo de preámbulos y recito (de memoria) la breve noticia que escuché en la tele hace pocos días.

Una muchacha joven fue apuñalada veinte veces
y su agresor condenado a varios años de prisión

     Se trataba de un suceso pasado, pero la noticia regresaba a la actualidad debido a que había prosperado el recurso de la defensa que descargaba de la pena impuesta el agravante de ensañamiento que se había contabilizado en la sentencia.
El razonamiento eximente esgrimió que la víctima perdió el sentido después de recibir la primera puñalada, de modo que las diecinueve restantes no le causaron sufrimiento.  
La voz en off del comentarista –a quien imagino alucinando en colores– terminaba informando que la muchacha apuñalada se había salvado, aunque había quedado dependiente para el resto de su vida del auxilio de una silla de ruedas.

    Si las cosas sucedieron así, es necesario corregir o, por lo menos, extender más las precisiones del DRAE o, mejor aún, reconsiderar la lógica del Código Penal o del Código que sea. Porque tengo claro que la vesania, el furor del disfrute del ensañador no fue menor porque su víctima perdiera el conocimiento sino que, muy probablemente, se acrecentó hasta el paroxismo. Si semejante situación la contempla la ley como 'desagravante', será la ley la que habrá que cambiar. A la ciudadanía común, de la que formo parte, casos como éste y otros parecidos nos hacen pensar que existen recovecos y desvíos del camino recto de la Ley por los que pueden transitar abogados listos, capaces de emborronar el papel de un pobrecito verdugo hasta hacerlo indistinguible del de su víctima.

    Agradeceré a alguno de mis amigos abogados –los tengo, y de valía reconocida– que si leen estas líneas traten de explicarme por qué el ensañamiento deja de ser un agravante cuando la víctima pierde el sentido, y qué nombre habría que darle a la persistencia de la actitud del agresor a partir de ese momento.
Aunque, pensándolo mejor, les ahorraré a mis amigos todo o parte del esfuerzo. Porque, en realidad, poco importa que apuñalar repetidamente y sin descanso a alguien que está inconsciente se pueda llamar ensañamiento, regodeo o recochineo. Mientras el juzgador no vea que la persistencia en el encono del agresor reside en él mismo, y no en la consciencia o inconsciencia de su víctima, desaforados criminales podrán escapar de una parte de su castigo. Es como si, en el triste caso narrado, las diecinueve puñaladas que siguieron a la primera las hubiera recibido la almohada.
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