Reconozco que el título se ha descolgado de un suceso que en mi caso es común y rutinario: el hecho de tener en las manos durante poco más de una hora un libro, que en esta ocasión fue El primer naufragio (1). Iba con la intención de adquirirlo de inmediato pero, más que su precio, que también, me disuadió la evidencia de que su extensión me obligaría a aplazar –o por lo menos lentificar– tareas de lectura autoimpuestas y eso, a mis años, ya no me lo puedo permitir. No he renunciado a leer ese libro, por supuesto; sólo he aplazado el momento y la disposición para encajarlo en mi particular programa.
Cabe que el lector se pregunte a qué viene semejante explicación non petita, y la respuesta es simple. Después de haber devuelto el libro a su sitio me encaminé a ver la película «Tsareubiytsa – El asesino del Zar», una rara avis. Allí me esperaba 'otro naufragio': empapado de imágenes, más cercanas en el tiempo que las del primero –pormenorizado en el libro gracias a una magistral reflexión edificada a lo largo de más de diez años de trabajo (confesados por su autor)–, necesité más de una hora para recuperar la poca esperanza que me queda de que la condición humana no regrese al homo homini lupus.
La película se presentó en el festival de Cannes en 1991 y no tengo noticia de que haya sido estrenada en España ni tampoco doblada de la versión original rusa. Imagino que en el festival llevaría al menos subtítulos en inglés, dado que su producción fue compartida por el Reino Unido. Razón de peso añade la acaparación de protagonismo de Malcolm McDowell, el actor monstruo renacido veinte años después de La naranja mecánica, la descarga de violencia seminal que expulsó Kubrick en 1972 aprovechándose del genio de Anthony Burgess.
Yakov Yurovski es el oscuro personaje en cuya atormentada piel se mete el histriónico Malcolm. Poca cosa, si algo, revelará la película de los porqués que condujeron su vida de desgraciado hijo de un trapero a liquidador material de la dinastía Romanov. Asistido por una mini troupe de desgraciados sin nombre (diez creo que conté), sólo una chispa de humanidad residual (2) saltó de la misma: dos de los desgraciados se negaron a disparar sobre las mujeres, la zarina Alejandra y sus hijas, pero de nada sirvió el residuo de bonhomía. A una voz de Yakov aparecieron de inmediato dos sustitutos que recogieron las pistolas e integrados en el grupo dispararon sin más.
Las imágenes de la ejecución, –el asesinato de toda la familia imperial–, resultan más escalofriantes si cabe porque en ellas la cámara sólo se ha detenido los segundos necesarios para inyectar en el espectador lo que pudo ser el caos mental del verdugo y el fatum asumido por su víctima: sólo ellos dos, el zar y su asesino, son significantes. El apéndice, la ausencia de sentimientos necesaria para rematar al zarevich, a la enfermiza criatura, pone el broche de crueldad e inhumanidad que garantizó el viaje del ejecutor hacia la paranoia que terminará con él.
Si el espectador acude al cine esperando una síntesis histórica que abarque el tremendo período crítico que arranca en 1914 con el estallido de la primera guerra mundial y termina con ésta, quedará decepcionado. El enfoque del film se centra en un juego especular esquizoide entre presente y pasado, normalidad y demencia que, a pesar de las aclaraciones incompletas intermediadas por los médicos (de los 'locos') termina por entenderse. Sorprende, eso sí, la ausencia de Rasputín, personaje que habría dado mucho juego, pero el planteamiento del guión ya no contaba con él: para el tránsito de Zar imperial a camarada Romanov, momento histórico nítidamente marcado en la película, el 'depravado' ya había sido asesinado.
Los cuatro convulsos meses de la primavera de 1793, posteriores al regicidio francés, que se 'resumen' en El primer naufragio, se repitieron en el verano de 1918, pero antecediendo esta vez al magnicidio; fueron seis meses en realidad los que vivieron los últimos Romanov en el limbo de Ekaterimburgo [Sverdlovsk desde 1919], hasta que fueron ejecutados sin mediar siquiera un simulacro de juicio previo.
No me siento capaz de evaluar cuál de los dos naufragios fue el peor, aunque me inclino por el segundo. Nosotros los españoles, a nuestra escala, como si hubiéramos de mimetizar a franceses y rusos, mutatis mutandis ya tuvimos nuestro naufragio. Si libros y películas ayudan a que no se repita, de eso precisamente se trata. _________________
(1) El primer libro de Historia escrito por Pedro J. Ramírez, director del periódico EL MUNDO, presentado el 26 de setiembre en Madrid. Fue un acto multitudinario, cuajado a tope de personalidades políticas, encabezadas por el presidente del Gobierno y el líder de la oposición.
(2) Buscando el calificativo adecuado había utilizado resiliente, extraño al lenguaje ordinario pero bien conocido en ingeniería. Sin embargo pude comprobar que no respondía a mi intención.
§_ Nicolás II, último Zar de Rusia; asesinado en 1918, aparece en la fotografía de 1901 con su esposa y familia poco antes de los sucesos que liquidaron tres siglos de gobierno de la dinastía.
El zarevich Alejo nacerá tres años después de tomada la foto*. El bebé que sostiene la zarina en sus brazos es Anastasia.
*[escaneada de The NEW PAXTON encyclopedia, vol 14 © 1969 International Learning Systems Corp. Ltd.]
§_ Una razón oportunista ha abundado más allá de las consideraciones argumentativas de este artículo. Los aficionados al cine (compulsivos, como yo lo soy), si residen en Madrid y están leyendo esto a tiempo, podrán asistir el próximo domingo 23 de octubre a las 19.40 h, a la segunda y última proyección de Tsareubiytsa en el cine Doré.
§_ El lector interesado por las vicisitudes del film puede acceder en la WEB a un foro internacional muy activo.
___________________
|