Debo empezar por advertir a los lectores de mi correo 'emiliar' que pueden saltarse esta 'nota' porque ya tuvieron noticia directa de lo que en ella se cuenta. Sólo si les tienta la curiosidad por lo de 'seudo', vale la pena que sigan leyendo.
Como tantos otros vocablos del español, seudo nos llegó de la Hélade tal cual, aunque por el camino perdió la letra "p" que otros conservaron –psiquiatría y demás parientes de la psique, por ejemplo–, sin que sepamos por qué. Unos y otros, por igual, tenían por inicial la letra 23ª del alfabeto griego: Ψ [es decir, 'psi']. Alguna razón habrá para explicar la pérdida, y doctores tiene la Lengua que podrán hacerlo.
Conservo todavía el diccionario manual griego_español que adquirí para el séptimo curso de bachillerato. No transcribo en caracteres griegos –lo que en puridad quizás fuera conveniente, pero sin duda pedante– el adjetivo pseudos, el sustantivo pseudos, ni el verbo pseudo: su traducción es lo que importa.
Mendaz, mentiroso, falsario, farsante... son cuatro de los siete adjetivos; mentira, falsedad, fraude, añagaza... otros cuatro de los quince sustantivos; y del verbo me quedo con engañar, ser infiel y hasta violar para que el lector calibre hacia dónde va mi razonamiento.
El caso es que al publicar la editorial AMARANTE en e_book «Nieves Paganas» he insistido en el uso de un seudónimo, simplificando otro que ya usé en tiempos pretéritos. Esto ha sorprendido a más de una persona, naturalmente de las que no conocían la génesis del 'invento'. Al pretender darles cumplida respuesta, lo más completa y culta posible, fue cuando eché mano del diccionario griego y francamente quedé sobrecogido: si seudo vino cargado sólo con la mitad de esa plétora de significados, el simple uso de un seudónimo era más motivo de vergüenza que de inocente ocultación.
Calmar la zozobra sólo era posible recurriendo a las autoridades académicas de la Lengua Española. Y allí encontré, vigente todavía, el adjetivo falso, que no falsario, en la definición de seudónimo:
1. adj. Dicho de un autor: Que oculta con un nombre falso el suyo verdadero.
neutralizado después en el sustantivo:
3. m. Nombre utilizado por un artista en sus actividades, en vez del suyo propio.
En resumen, la particularización que implica 'un artista', consagra el artificio que en el universo entero, no digamos en Hollywood, se maneja y manejará siempre para escapar con mayor o menor fortuna del rutinario 'santoral' del calendario.
Y ya que mencioné a los doctores de la Lengua no se pierda, quien en su día lo pasase por alto, El dardo en la palabra,* de 1985, titulado «Repasar–evocar». Allí el maestro de maestros, Fernando Lázaro Carreter, fustiga la incultura televisiva al advertir del sofoco que le acarreó escuchar "que los títulos nobiliarios son seudónimos". ________________
* © Fernando Lázaro Carreter, 1997. © Galaxia Gutenberg, ISBN 84-8109-132-4 :: Círculo de Lectores, ISBN 84-226-6396-1 [Primera ed. 1997] |