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   Un debate

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Madrid
-8 de noviembre de 2011-



     Escribo este primer párrafo a las nueve de la mañana, doce horas antes del debate televisivo que retransmitirán varias cadenas españolas al unísono, on line, según el pujante anglicismo. Es posible que en algún momento, en los primeros compases de la confrontación, se superen algunos récords de audiencia; eso es lo que se espera y con la verificación de ese dato me propongo cerrar estas líneas. Ahora voy a seguir con el razonamiento que cualquier ciudadano de cualquier lugar debería plantearse, para evitar el sinsentido práctico que, en mi opinión, soporta la 'celebración' de un debate como éste.

Si a ese ciudadano cualquiera se le pide que pronuncie el primer vocablo que le venga a la cabeza relacionado con 'debate', lo más probable es que diga 'combate'. Y acertará, puesto que ambas palabras derivan de 'batir' que, a su vez, nació del latín battuere, "verbo de vida poco vigorosa en castellano y portugués" según informa Corominas.
Pero vuelvo al ciudadano que respondió con acierto y que también habrá marcado, de modo instintivo, la diferencia entre enfrentarse física o verbalmente. Para su satisfacción le remito de nuevo al diccionario del ilustre filólogo, a las últimas líneas de la extensa entrada (BATIR) donde dice "que el latín, vg. Battuere, ... era préstamo del céltico" y que "el latín de Roma anda-bata 'gladiador' [...] debió entrar como término de gladiadores, que a menudo eran prisioneros celtas." *

Asistido por tan breve excursión filológica, decido cortar en este punto y esperar al debate; tengo la mínima esperanza de que éste roce siquiera la línea del combate, aunque cualquier semejanza de los contendientes con gladiators sea una coincidencia inimaginable.

•••

Me costó un sostenido esfuerzo soportar los argumentos de ambos candidatos. Uno sólo buscaba recuperarse en lo posible de la sangría de votos que las encuestas vaticinan a su partido. Al otro le bastaba aguantar impávido, sin salirse del guión. La calamitosa situación laboral y económica a que ha llegado el país, después de más de un septenio de gobierno, condenaba a priori a su oponente.

Sólo en el caso de que los debatientes se hubieran vestido de contendientes, ¡gladiadores!, portadores del arma arrojadiza de las corrupciones presuntas habidas en el equipo del contrario, que tanto uno como otro podían esgrimir, se habría despejado el sinsentido del debate. Sin embargo, es obligado reconocer que la propia insustancialidad de este tipo de confrontación, agarrotada por el procedimiento pactado, aún deja escapar por sus costuras la sombra de alguna verdad elemental. Por ejemplo la que reduce a tópicos los conceptos de 'derecha' e 'izquierda' que ya no son lo que eran, sencillamente, porque ambas han fracasado. Ni la explotación abusiva ni el reparto igualitario a ultranza funcionan desde hace tiempo. La conclusión es obvia: cada vez más gente, a la hora de votar, se olvidará de proclamas, consignas y promesas. Los errores cometidos y, peor aún, las ocultaciones flagrantes pasarán lógica factura.

Poco más de doce millones de espectadores prestaron al debate mayor o menor atención. Parece que no se batió record alguno. La hora de la verdad sonará dentro de doce días, el 20N, una fecha proclama también descafeinada.
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*  © J. Corominas – J.A. Pascual, «Dicc. Crítico Etimológico Castellano e Hispánico» vol. I pp. 544_5 :: ISBN  84-249-1361-2firma 

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