escriba_log

   Siete mil millones frente a una «cesión»

logo al andar

Madrid
-11 de noviembre de 2011-


Mina Purefoy con el vientre hinchado sobre una cama quejándose para que le saquen a tirones un niño.
Uno nace cada segundo en alguna parte. Otro muere cada segundo.


James Joyce [1882-1941]
«ULISES»


     En un momento impreciso del último día del pasado mes de octubre los habitantes del planeta Tierra alcanzamos la cifra de siete mil millones. Antes de medio segundo después la superamos, es decir, los seres humanos vivos pasamos a ser 7.000.000.001.  
Que la precisión del cómputo es imposible –de simbólica ha sido calificada– lo pone de manifiesto la pregunta: ¿Cómo se calibra al segundo la hora de nacimiento de un bebé en el corazón de la Patagonia para asegurarse de que en ese mismo momento, unas décimas de segundo antes, no fallecía un anciano en su igloo de Alaska, 'parando' la progresión de crecimiento, y pasando el título de bebé 7.000 millones a la bebita que, entre las piernas de su madre, asomaba la nariz en Hong Kong otras décimas de segundo después?

     La pregunta antecedente es retórica pero no inverosímil: sustituya cada cual los lugares geográficos supuestos por otros que sean más de su gusto y seguirá sirviendo.
Lo que sucede es que en algunos países el 'título' lleva aparejadas ventajas de importancia para el futuro del recién nacido y, al mismo tiempo, otras regalías para el presente de sus padres.
La 'noticia' estuvo y está en más de un millón de artículos de la WEB que, por supuesto, nadie tiene tiempo de leer aunque muchos sean meros duplicados. En mi caso he llegado hasta donde me ha parecido suficiente para aproximar los 'limes', las fronteras difusas, de dos polos de opinión bien diferenciados: el de quienes interpretan y se apuntan al aspecto folklórico del evento y el de los que, por el contrario, lo aprovechan para dramatizar al máximo el negro futuro de nuestra especie.

El folklore se presentó bajo aspectos diferenciados según los países: en Zambia, por ejemplo, se celebró un concurso musical; en Vietnam un concierto; en Costa de Marfil un espectáculo teatral y en Rusia, más pragmática, se repartieron regalos a varios recién nacidos.
El toque dramático partió del mismísimo Secretario general de la ONU, Ban Ki-moon cuando destacó la contradicción de que hay a la vez "mucha comida y mil millones de personas que se van a dormir hambrientas cada noche". *
Para paliar de alguna manera la mala conciencia colectiva, su predecesor en el cargo se había fotografiado en Sarajevo doce años y diecinueve días antes, cuando la ONU nombró a Adnan Mevic, un recién nacido bosnio, como el habitante seis mil millones del planeta. Que este adolescente y su familia vivan hoy en la pobreza no habla mucho en favor del cuidado del aparato de prensa y propaganda de las Naciones Unidas.

     Se cruzan estimaciones estadísticas del nacimiento de dos criaturas por segundo, lo cual elevaría la población total a los diez mil millones hacia el año 2100. A semejante ritmo, la sucesión de problemas encabezados por la insuficiente creación de empleo, –¡en eso ya vamos en cabeza!–, se agudizarán por las hambrunas y el envejecimiento, éste patente ya en Japón y en Europa. Políticas de migración y sanidad pública sostenidas hace una década serán difícilmente recuperables.

     La reflexión de qué parte de responsabilidad, por insignificante que sea, nos alcanza a los ciudadanos de las clases 'medias' está en la llamada de Ban Ki-moon: "La fuerza del consenso de las protestas populares es la expresión de un hecho evidente: la creciente incertidumbre económica, la volatilidad del mercado y las cada vez más marcadas desigualdades han alcanzado un punto crítico", (carta dirigida a los líderes del G20, cuya cumbre se celebraría los días 3 y 4 de noviembre –negritas mías-).
Pero en esa reflexión nadie parará si no la sabe precedida de la cesión de una parte de los elevados emolumentos que perciben los políticos, altos cargos, empresarios y ejecutivos de alto nivel, sin excluir a los beneficiarios de 'planes de oro' multiplicadores del enriquecimiento privado e imposibles de justificar para cubrir necesidades 'normales'.
La cesión de las clases 'altas' ha de ser voluntaria y sostenida, 'visible' y demostrable. Sería equivalente a una sobreimposición a la contribución sobre la renta, pero su voluntariedad desmantelaría la posible ocultación entre vericuetos hacendísticos, de los que siempre ha sospechado el hombre común.

     Hace casi medio siglo, Josué de Castro enunció su explosiva advertencia: "O contar las cabezas o cortarlas". Desde entonces, en algunos lugares (ajenos al 'primer mundo') optaron por la alternativa de cortarlas. Que esa opción no se imite en Occidente puede que dependa de tan sencilla, pero urgente, cesión.
___________
firma

* texto completo en  —> 

a alandar Valid HTML 4.01