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Los códigos en los que la ausencia de señal funciona como señal se llaman códigos de significante cero: Esto dice el libro «Signo y Significación» (*) y lo ilustra con un ejemplo. La luz roja de una bombilla, colocada sobre el dintel de una puerta, indica prohibición de pasar si está encendida; si está apagada (significante cero) indica autorización.
No es difícil encontrar otros códigos de la misma naturaleza, del sí y del no. En ellos la negación es normalmente prescriptiva y la afirmación formativa, de libre elección por parte del sujeto receptor. Lo cual es evidente en el ejemplo que precede y en otro semejante: la señal "no smoking", bien conocida por los usuarios de puentes aéreos. Pero otras veces lo prescriptivo es la autorización, mientras que la negación –representada entonces por la ausencia de señal– puede ser de obligado cumplimiento también, o simplemente discrecional. Ejemplo de la primera circunstancia es la señal que al iluminarse conmina "aplaudir"; de la segunda la que dice "fasten seatbels".
Naturalmente, el lector ha comprendido que estos dos últimos son ejemplos elegidos al azar, y que no va a encontrar tales señales en el mismo recinto ni iluminadas simultáneamente –como le habrá sucedido con las dos de versión inglesa–. Digo esto por si alguien decide asistir a un programa de aplauso obligatorio; el hecho de que allí se sienta "atado" a la butaca no invalida el carácter discrecional del significante cero en "fasten seatbelts'.
Otros códigos de señal y ausencia, prescriptivas ambas, tienen también la interesante característica de que la señal cambia alternativamente de significado sin que el significante lo haga –al menos necesariamente–. El sonido del silbato del árbitro en un partido detiene el juego, pero también lo reanuda. Luego, mientras no vuelva a sonar, los participantes deben seguir jugando. La ausencia de señal es prescriptiva. El público se enfadaría si algún jugador, interpretando el significante cero de este código como signo meramente formativo, decidiera, en cualquier período de silencio del silbato, sentarse en el césped o marcharse a casa. Esta interpretación no es usual, por razones obvias y porque el código del silbato en las competiciones deportivas, a pesar de ser alternativo, no es ambiguo.
A esta cota del relato pienso que la argumentación puede haber interesado a los que hayan sentido curiosidad por conectar una chispa de semiología con el laboratorio fotográfico, la asistencia (en directo) a un programa de TV, los viajes en avión, o el fútbol. Pero habrá más de un lector ajeno a todos y cada uno de tales menesteres o aficiones. Lo cual me mueve a trascender la cuestión hacia códigos cuya sustancia del contenido me parece de más enjundia. Con la siguiente historieta:
Pepe Alfa y Paco Beta son compañeros de trabajo. Ocupan puestos de igual categoría, del montón. La diferencia de sueldo, exigua, se debe a la antigüedad. Paco empezó unos años después que Pepe. Les une, además de la rutina diaria, cierta amistad.
Con motivo del cincuentenario de la empresa, el jefe ha llamado a los empleados.
Uno por uno han permanecido unos momentos en el "santuario", a solas con el preboste. Al salir, casi ninguno ha borrado la sonrisa idiota que compuso al recibir la insignia de la empresa. Muchos lucen en la solapa la chapita dorada. Paco la contempla amoscado. Espera que Pepe salga del recinto insonorizado donde se desarrolla esta escena:
–La gratificación extraordinaria es secreta ¿entiende, señor Alfa?
–Sí pero... ¿qué digo si me preguntan? Sobre todo el señor Beta. Ya sabe usted que estamos en el mismo despacho todo el día.
–No hay peros ni excepciones. No dice nada. Su rostro y actitud tienen que ser los mismos de siempre. Debe evitar cualquier señal que revele la de-fe-ren-cia que se tiene con usted. Tenga en cuenta que con esta distinción ha empezado a compartir un código secreto.
–¿Quiere usted decir un código de significante cero?
–... si lo prefiere usted así...
–No es eso...
–¡¿entonces?!
–... es que no recuerdo en este momento si Paco ha leído algo de semiología.
(*) Gonzalo Abril. Colección: "Cuadernos de la Comunicación" -1977- ISBN 84-7430-006-1
Fabian Zola
(•) ADENDA el uno de octubre de 2009
A mi viejo amigo Alberto Calatayud
Habían pasado solo 16 meses del deceso del "general" cuando pergeñé el artículo ahora recuperado. En él, al modo inverso de Zola (el auténtico), había escondido la realidad debajo de la ficción.
Fueron tiempos "confusos", aquellos del amanecer de la democracia. Los ridículos "sueldos base" de la Administración Pública no daban para llegar a fin de mes. No era posible dedicar atención plena al trabajo "oficial". Se desparramaban esfuerzos en chapuzas complementarias o en pluriempleos consolidados. Para recuperar la atención perdida se recurrió a las "bufandas". Pasó el tiempo frío y las bufandas cayeron; los funcionarios fueron encarrilados por vías orientadas hacia la meta de la emergente "affluent society". Y se mida por la escala que se quiera, esa meta se alcanzó. Hoy, la mayor demanda de empleo se centra en los puestos que convocan la Administración Central y las Autonómicas.
No es difícil de entenderlo (en superficie) pero, tratar de profundizar en ello sin perder la visión global, exige una inmersión prolongada en las páginas más lúcidas de un contemporáneo escritor_filósofo (o viceversa), alemán por más señas.
Me pondré a ello, a ser posible, no tardando...
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Las ventajas (también los inconvenientes) de disponer de un 'dominio' —los bloggeros lo saben bien— es que permite jugar con pasado, presente y futuro de lo que se dijo, se dice o se pensaba decir.
Por eso puede verse ahora, si apetece, la confirmación del no tardando que se produjo tan solo quince días después: basta pulsar aquí en I. También se puede seguir la peripecia, otros cuatro meses más tarde, pulsando en II.
He sabido que Paco Beta se jubila la semana que viene. Lo cual, para quienes lo aprecian y conocen, como es mi caso, determina indeleble cuándo se produjo esta manipulación orwelliana de los tiempos que se me ocurrió en su honor. * * * |