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   la muda del lobo

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Nº 144 — AGOSTO - SETIEMBRE 1977
«Galaxia» XVI-XVII
Madrid — España



     Para la Lengua, tiempos de cambio son tiempos de paráfrasis, algo así como época de muda. "El hombre es objeto para el hombre" es la sentencia adecuada aquí y ahora. Es posible que algún dialéctico latinista haya escrito: "homo, homini res", pero así se pierde un matiz esencial: el que aporta el concepto "objetuación", diferente de los sinónimos "reificación" y "cosificación".
Las cosas son naturales, valores de uso intrínsecos; los objetos son artificiales, valores de cambio, de status social. Por ello, si se quiere conservar la sustancia del contenido en el juego de la paráfrasis, la palabra para reemplazar a lobo es objeto, y no cosa. Porque lo que se dice, a fin de cuentas, es que el hombre continúa afanosamente entregado a la explotación de sus semejantes. Que mima y robustece los organigramas jerárquicos, porque en ello le va la reproducción del sistema, la conservación de las ventajas que se dan en todos los niveles del mismo.

     El hombre, desde que trocó su animalidad originaria, y dejó de conformarse con el papel pasivo de ser una pieza más en el mecanismo geo-biológico del planeta Tierra, se colocó en una situación de tensión siempre creciente frente al medio. Frente a todas las fuerzas presentes en su hábitat, incluidos los otros hombres. El instante inicial que marcó el cambio decisivo puede que fuera el descubrimiento de la herramienta, el hallazgo del tronco o del hueso que utilizó por vez primera para defenderse de la agresión de un animal de otra especie, o de la suya propia. También es posible que a eso precediera otro descubrimiento: el del poder que le otorgaba componer sus gritos y gruñidos, el paso de la simple y estacionaria comunicación inarticulada al lenguaje articulado.
De todas formas, sea cual fuere el orden en que se produjeron tales acontecimientos, el segundo, la adquisición y enriquecimiento progresivo del lenguaje, es el que ha determinado el despegue de la evolución de la especie respecto a sus competidores biológicos. Pero la herramienta se desarrolló al tiempo. O más propiamente, la "prisa" evolutiva del hombre le llevó a perfeccionarla, y a valerse de ella para la fabricación de nuevos artefactos. Esto enmascaró su finalidad agresiva original.
Desde que el homo logró su primer éxito, trató de convertirse en rey de bastos vitalicio. Como el éxito es lo más envidiado, la primera porra fue codiciada por los parientes, testigos de su contundente utilidad. Este argumento es una hipótesis razonable. Porque los poseedores de porras poseían también más hembras. La evolución de la agresión prosperaba. La información genética de cada apareamiento subsiguiente a la derrota de un competidor mediante un garrotazo, se transmitía fresca y vigorosa a los productos de la cópula. Los homonitos nacieron dispuestos a dar cantazos desde que fueron capaces de adoptar la posición erguida. La natural promiscuidad reinante (la pornografía fue un invento tardío) aceleró la tasa de crecimiento de la preciada información genética. Paralelamente, los mecanismos inconscientes de conservación enseñaron a los individuos físicamente menos vigorosos que su supervivencia residía en imitar al zorro. Cuando éstos, gracias a la astucia, alcanzaron los puestos de mando, evolucionaron enseguida hacia la actitud más contundente del lobo.
lobo Transcurrieron milenios sin que la situación variase sensiblemente. La prepotencia de "lobo" fue suficiente para que la organización social se mantuviese biológicamente en equilibrio. Cuando los lobos dominantes en una época lo juzgaron necesario, declararon la guerra para diezmar la especie, o para aligerar sus "stocks" de artefactos improductivos. Hasta que el Zorro del Desierto, derrotado por el "lobo" británico, cerró este capítulo semántico.

     La extraordinaria celeridad alcanzada hoy por la difusión de la información ha enseñado a todos a reclamar un reparto más y más equitativo. Por ello, los más prepotentes e ilustrados de entre los lobos contemporáneos han tenido que reinventar la porra que les permite mantenerse en sus puestos. Y ésta ha sido la información misma. Hábilmente manipulada, en todo momento mediatizada, la información reduce a un nivel gobernable las tensiones colectivas. Si la mayoría de los hombres puede devenir inconscientemente en "objeto", cuidadosamente adormecido, y hasta mimado por la TV (el más poderoso de los mass media), los prepotentes ni siquiera parecerán lobos. Bajo su mudada piel, podrán pasear entre los objetos sin el menor riesgo personal.
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imagen: ©enciclopedia MICRONET S.A.


Adenda a fecha 1 de NOVIEMBRE de 2009

Todavía estábamos en fase preconstitucional y, por alguna razón que he olvidado, en el horizonte democrático al que aspirábamos vi aparecer hábitos del uso del poder con disfraces más solapados. No fue un artículo premonitorio el que antecede; sencillamente debí "comprender" que las innatas tendencias de la especie no iban a desaparecer como por encanto.
La mención del lobo era inevitable. De su comportamiento "social" hemos "adaptado" los signos de jerarquización a nuestra conveniencia. Para saludarnos no nos acercamos uno a otro hasta tocarnos la nariz (algunas etnias lo hacen), ni echamos las orejas hacia atrás ante el jefe dominante, pero "nuestros" signos de sumisión son también incuestionables. Y qué decir de las peleas entre lobas de bajo rango que buscan un rango mayor. La televisión ha descubierto hace tiempo el jugoso incremento del share que obtiene por la mimesis humana de ese proceder.
ab urbe condita
A la lucha no siempre incruenta entre partidos políticos, cuando sólo dos tienen opciones de hacerse con el poder, le cuadra la reflexión de Indro Montanelli: "dos en un trono están muy apretados".
Roma, dícese, se fundó 753 años antes del nacimiento de Cristo, cuando Rómulo, –el día que hoy corresponde al 21 de abril–, se cargaba a su hermano Remo de un badilazo. La narración aunque mítica es consecuente: amamantados por leche de loba el comportamiento de los hijos de Rea Silvia no podía ser otro. Roma, la ciudad que enseguida sería caput mundi, nació de un fratricidio: inquietante modelo simbólico para todas las democracias bipartidistas.
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Fabian Zola

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