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Dos poderes, el político y el religioso, han hecho y hacen la Historia. Muchos afamados personajes no han sido más que comparsas; marionetas a las que no se permite abandonar el guiñol si el abandono deviene en deterioro de la imagen del sistema.
Así sucedió en los albores del siglo XII, cuando Jimena, viuda ya del Cid, quedó desposada con el mito. Los poderes le toleran un nuevo amor, pero "de tapadillo". Porque legalizar aquello es impensable: Jimena se ha de resignar "a su papel de personaje con la dudosa esperanza de que, en un posible porvenir, alguien alcance la libertad que a ella le fue negada".
Son palabras de Antonio Gala, escritas en 1973 para la presentación de su obra de teatro «Anillos para una dama».
¿Escritas para romper una lanza en favor de otra dama? No necesariamente. Entre otras cosas porque la dama en cuestión, "histórica" también aunque muy contemporánea, ya disfrutaba un lustro de libertad cuando nuestro más relevante desfacedor de mitos resucitaba a Jimena. Esta pudo ser y actuar como la imaginó el comediógrafo o pudo, por el contrario, sublimar su madurez conformándola con el culto al mito que los poderes le exigían. A la distancia de mil años es difícil estar seguro. Pero sabemos que su esperanza de libertad, real o supuesta, dejó de ser dudosa: Jacqueline Bouvier la materializó al renunciar a "Camelot".
Esta renuncia se producía el 20 de octubre de 1968 en la isla griega de Skorpios, en la diminuta capilla de Nuestra Señora.
"Allí, mientras llovía —señal de buen augurio para las bodas en Grecia—, se casaba la reina americana del mundo con el rey multimillonario de la sociedad internacional..."
Así lo cuenta Kitty Kelley en su libro «Jackie Oh!». Los ingredientes naturales del personaje y del entorno preanunciaban y garantizaban el "bestsellerato". Lo cual no resta méritos a la narradora que, para colmo, nunca consiguió entrevistar a Jacqueline. Caso análogo al de Luis Carandell con monseñor Escrivá (salvando distancias geográficas y de toda índole, naturalmente).
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Estas parrafadas de los libros, como el lector sabe, no tienen pretensiones críticas. Pero tan sibilina manera de guardarse las espaldas no justifica una siembra de anacolutos, y en lo que precede más bien parece que la hay. Sin embargo, la debida ilación de los argumentos (de los que preceden y de los que siguen) está asegurada para quienes hayan asistido a la representación de Anillos para una dama y ahora decidan leer Jackie Oh!. La Vida y Milagros de Monseñor escrita por Carandell es otra cuestión a la hora de sorprenderse ante lo que un biógrafo averigua cuando escarba en la condición humana.
Porque, al terminar la lectura de una biografía es conveniente preguntarse si los hechos narrados han enriquecido la manera de entender nuestra condición. La pregunta atañe al enriquecimiento del entender, no de la condición, y es importante no mal hacérsela. Porque el signo de la respuesta califica —en tiempo no compartido, diacrónico— al escritor y al lector; a un nivel que se debe separar de los juicios de valor sobre el protagonista de la "historia". O dicho de modo más simple: la respuesta afirmativa significará que el esfuerzo del escritor ha proporcionado al lector algo más que un pasatiempo. Que le ha entregado unos jirones del alma de su protagonista, aunque ésta haya tratado de alejarse en el ensueño, de esconderse en el misterio y hasta de que su efigie se desdibuje en un retrato impresionista. Para que dentro de unos siglos se reinvente Camelot o Torreciudad y después, en otros pocos, un desmitificador sienta la compulsión de imaginar la verdad de la Historia. ________________ Fabian Zola
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