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    EL CIEMPIÉS

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Nº 171 — ABRIL 1980
«Galaxia» XLIV»
Madrid — España


    LA MERITOCRACIA se puede entender como mecanismo conceptual que justifica el sistema de valores de la sociedad jerarquizada. Hay una tendenciá natural a la jerarquización que coexiste con su contraria; con la tendencia a la igualación. Esta última no necesita ser justificada. El segundo principio de la termodinámica se encargará con el tiempo de que todo quede "igual", chato, inmóvil, muerto.
Sin embargo, San Malaquías aparte, han de pasar muchas lunas para que se alcance el estado de reposo final, perfecto, perpetuo. Por eso, en especial desde la Revolución francesa, se vocean eslóganes con apéndices que adornan (a veces afean) el hermoso concepto abstracto de igualdad: de oportunidades, de condiciones, de clases...

El concepto abstracto contrario, la jerarquía, no forma parte de eslóganes tan sonados. En todo caso se prefiere "orden", su sinónimo mejor sonante: "Orden y Progreso", por poner un ejemplo, me parece que orla el escudo de alguna república hispanohablante.
Se puede negar la sinonimia argumentando que el orden existe en una sociedad igualitaria y que en ésta, por definición, no existe jerarquización. Lo que falla en el argumento es la traslación que se hace del concepto sociedad igualitaria al modelo real, cualquiera que sea el que se tenga en mente. El concepto es (debe ser) puro, redondo, estrictamente denotativo, pero la realidad, la praxis si se prefiere, no es nada de eso. En resumen, la sinonimia "vale" y en consecuencia, donde hay orden hay jerarquía. El orden en la igualdad es un contrasentido. Por lo que cabe preguntar: ¿Es lo mismo tratar de construir una sociedad más igualitaria que destruir el orden, es decir, que construir la anarquía?
Como la respuesta se perfila afirmativa, la pregunta, despojada ya de los signos de interrogación y convertida en aserto, ha justificado a muchos defensores del totalitarismo. Tanto a rampantes como a moderados.
La especiosidad del argumento es tan patente que escucharlo produce vergüenza ajena. Por lo pronto, la incorrección semántica "más igual" hay que formularla rectamente y decir "menos desigual". La etiqueta de anarquista no pega sobre quien trata de atenuar desigualdades.
Despejado el equívoco, menos trivial de lo que parece, es cuando hay que preguntarse si la forma de paliar desigualdades reside en la concepción meritocrática de la organización social en que vivimos. Esta concepción, reducida a la fórmula simple "a mayores méritos, mayores ingresos", ha desencadenado la carrera planetaria a la caza de méritos. Si el lector centra su atención en el mérito de curso legal más característico del momento actual -el título universitario- no se sorprenderá del adjetivo que califica a la carrera. Empieza a ser claramente insuficiente ostentar menos de dos títulos, y del segundo se hace verdadero aprecio cuando su sello es foráneo.
¿Es concebible entonces que las desigualdades sociales se atenúen funcionando así? La respuesta instintiva es un rotundo no. Pero una reflexión que sopese experiencias recientes debe hacer notar que se produce un acercamiento transitorio entre cola y cabeza del agregado social. Este se comporta, simbólicamente por supuesto, como un ciempiés en movimiento. La duración del fenómeno, su transitoriedad, no es calculable a priori. Se puede asegurar, en cambio, que las distancias iniciales se reproducirán, aunque distorsionadas, una vez institucionalizados los títulos foráneos.
RdeO_1 El razonamiento es aplicable a muchos otros casos de institucionalización análogos; por lo que la meritocracia no parece mecanismo de especiales "méritos" para transformar sustancialmente nuestro orden social en el sentido de atenuar desigualdades. Cambiará, eso sí, la posición relativa entre diferentes "agregados sociales". Descendiendo al nivel de pequeños grupos, de individuos aislados incluso, sobran explicaciones para saber lo que sucederá a quienes no quieran o no puedan acompañar al ciempiés en su lento, pero seguro, desplazamiento.

    MI PRIMERA intención fue hacer de estas líneas un sencillo comentario para celebrar la reaparición de la REVISTA de OCCIDENTE. He celebrado –no importa lo poco exultante de lo dicho hasta aquí– un solo artículo, ensayo, de la revista: «Las paradojas de la meritocracia», de Julio Carabaña, profesor de Sociología de la Complutense.
La parte de nuestro miniespacio "cultural", que un mes tras otro osadamente ocupo, no me da para más celebraciones. Pero es suficiente para que recomiende al lector (¿es necesario?) esta "nueva" primicia de la herencia orteguiana. Aunque me preocupa que otros se preocupen de la extensión que, si mi recomendación es atendida, puede alcanzar el contagio de "la funesta manía de pensar". De la secuela imborrable de esa herencia.
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Fabian Zola

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