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Ni al lector más despreocupado le habrá pasado inadvertida la escalada de tensión entre la Prensa y el Poder. Vieja oposición ésta, que cuando se materializa —cuando se hace explícita— nos aconseja vacar para dedicarle unos momentos de atención.
Cualquiera que dedique unos minutos de su ocio a semejante reflexión descubrirá que se encuentra ante un problema que es el reflejo de los suyos propios, pero a la escala de las instituciones. Observará que su libertad de expresión siempre ha estado coartada (en tensión) por los pequeños, y menos pequeños, poderes que le rodean. Si extiende su análisis al pasado mediato, comprobará cuán pocas veces se expresó libremente en sentido crítico sobre la conducta de aquellos poderes; salvo, naturalmente, en familia o en charlas de café.
Durante los últimos cuatro años, los diques de contención puestos a la expresión libre han ido abriendo sus oxidadas compuertas. Hasta alcanzar un desagüe "punta" en el reciente clímax parlamentario.
"¿Ahora qué?", es una pregunta aparecida en periódicos de muy distintas tendencias. Es decir, después de haber alcanzado cotas de libertad de expresión insospechables hace menos de un lustro, ¿a qué resultados prácticos nos conducen? Voy a arriesgar una respuesta vulnerable a la contrarespuesta displicente, al encogimiento de hombros:
Las cotas de libertad de expresión alcanzadas se sostendrán si cada ciudadano, cada día. las ejerce en el entorno en que vive, dentro de las instituciones en que se mueve.
Digo que esta respuesta es vulnerable porque, con iguales o parecidas palabras, los líderes de todos los movimientos sociales han solicitado la colaboración de los públicos y, obtenida ésta, los han traicionado luego con demasiada frecuencia. Sin embargo, desde este rincón de la "galaxia" no se capitaliza liderazgo alguno ni se puede prometer nada. Por tanto sería ridículo esperar contrapartidas rentables, derivadas de la instancia a los lectores (no muchos) para que ejerzan su derecho a la libertad de expresión más allá del círculo familiar y de la tertulia de café.
Si por este lado de la argumentación he ganado credibilidad (palabra de moda), no es menos cierto que a mi personal respuesta le falta el "¿para qué?". Pero éste es elemental, porque la mejor sociedad humana que se pueda construir jamás podrá regirse de modo determinístico. Y, precisamente, sin apertura a un haz de acciones "posibles", derivadas del ejercicio de la libertad de expresión, todo puede quedar determinado.
La señal más conspicua de que el modelo determinístico es un proyecto no logrado está en la existencia manifiesta, no larvada o simplemente latente, de la tensión prensa-poder. Lo cual resulta en la paradoja:
sociedad libre = conflicto con la libertad de expresión.
Conflicto ante el que estamos; ante el que el ciudadano no puede permanecer impasible, a no ser que desee retornar al papel de súbdito.
Por eso Jean Schwoebel* se preguntaba si la opinión pública comprendería a tiempo que es preciso sostener el esfuerzo de los periodistas para sustraer la misión de la información a la dependencia de los intereses mercantiles y a las presiones del poder.
La alternativa contraria, el abandono de los periodistas a su suerte; comienza en la renuncia personal a la libre expresión y desemboca en el rechazo de las oportunidades de ser menos engañados en el futuro.
Las líneas del gran escritor y periodista de Le Monde no pasan de actualidad.
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* «La Prensa, el Poder y el Dinero». Ed. Dopesa (Madrid, 1971). 
Tiempo después de la publicación de este libro, Jean Schwoebel fundó la «Sociedad de Redactores de Le Monde». Mantuvo estrechos contactos con sus colegas italianos y españoles y siguió consagrado plenamente a la información. Definió dos revoluciones en su periódico: la cultural, consistente en "decir la verdad, aunque esto cueste muy caro porque hay gente que siempre quiere defender sus privilegios", y la democratizadora", para defender la independencia del periódico y para que podamos sentirnos libres".
Schwoebel encarnó en palabras la libertad que Delacroix plasmó en el cuadro más impactante de su época.
——> La imagen recorta la figura femenina central de «La Libertad guiando al pueblo», pintado en 1830. Hoy sigue siendo el símbolo de la República Francesa.
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Fabian Zola
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