Hay hombres que poseen la cualidad de recrear lo evidente. No es una cualidad común, porque "evidente" es, las más de las veces, lo que no se ve. El uso abusivo del adverbio "evidentemente" —casi una jaculatoria política— puede servir de indicio de que las cosas no están tan claras como se dice. La tarea que se impone el recreador de lo evidente consiste en decir lo que hay detrás de la presentación "oficial" de los hechos, detrás de la máscara ambivalente que vela la condición humana. Esta tarea exige un esfuerzo violentador: el sacrificio del ocio. Esfuerzo paralelo, paradójicamente, a un absoluto desinterés personal por el negocio. Los libros que son escritos obedeciendo a semejante instancia, se conocen porque llegan a "best seller" sin haber sido programados para ello. No importa que el clímax de su difusión se alcance lustros o décadas después de la primera edición: son los libros que permanecen.
Ernesto Sabato es "culpable", por derecho propio, de esa permanencia. Dos de sus obras, —«Abaddon», y «Hombres y Engranajes»—, ya fueron comentadas en estas páginas. «Apologías y Rechazos»*, la colección de siete ensayos recopilada hace pocos meses, no transportará al lector a los abismos cotidianos de Abaddon —entre otras cosas porque esa obra es "irrepetible"—; sin embargo, contiene dispersos los retazos expresos de lo que antes (en Abaddon) pudo ser ignorado, por su clave simbólica, o considerado mera ficción por el lector poco avisado. Por eso, por su meridiana claridad, la lectura de estos ensayos no deja excusa, no provee de coartada a los malentendedores de símbolos.
Dice Sabato:
Si nuestra América no ha de ser sino una prolongación de Europa, si lo único que hacemos es ofrecer suelo nuevo a la explotación del hombre por el hombre (y por desgracia, ésa es hasta ahora nuestra única realidad), si no nos decidimos a que ésta sea la tierra de promisión para la humanidad cansada de buscada en todos los climas, no tenemos justificación. Sería preferible dejar desiertas nuestras pampas si sólo hubieran de servir para que en ellas se multiplicaran los dolores humanos; no los dolores que alcanzará a evitar nunca, los que son hijos del amor y de la muerte, sino los que la codicia y la soberbia infligen al débil y al hambriento.
Y en otro lugar, como partícipe y testigo de la agonía colectiva que padecía su nación en 1976:
Todos sentimos entonces la necesidad de un providencial recurso que nos rescatase, pero muchos pensamos que corríamos el riesgo de una temible tentación: la de un orden basado en el terror
[...]
Debía restaurarse la democracia, había que recogerla de aquel vaciadero de basura en que se arrastraba como una ramera de puerto; pero era necesario evitar un terrorismo de extrema derecha como respuesta al de los grupos inversos.
Así de sencilla es la expresión de quien es capaz de recrear lo evidente.
Capaz de llamar a la imagen, “… el rostro con que el alma de Leonardo observó (y sufrió) el Universo. Como un condenado a muerte entre rejas."
Las rejas del campo, de todos los campos de exterminio, que hombres como Sabato, con desprecio del riesgo y del agotamiento físico, tratan de serrar. Armados solamente con la palabra.
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* ed. Seix Barral -Biblioteca Breve- 1979 :: ISBN 84-322-0359-9
Fabian Zola |