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  ¿qué clase de gentes son éstas... ?

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Nº 176 — OCTUBRE 1980
«Galaxia» XLIX»
Madrid — España


    LOS DOS PLANOS mejor definidos en la controversia sobre el divorcio son a primera vista el religioso y el civil. Pero la separación de ambos no se puede hacer cortando por los límites de las instituciones (Iglesia / Estado). Aunque así fuera, los derechos y deberes, civiles y religiosos, se condicionan mutuamente e interpenetran todo el cuerpo social. El corte sólo es concebible si las actitudes individuales se fuerzan hacia la polarización.
    Un sector de la Iglesia española ha alertado la conciencia de los fieles. Si sus puntos de vista son asumidos por la jerarquía eclesial y ésta termina por sentar doctrina rigurosa, manteniendo la indisolubilidad del matrimonio entre católicos, de poco les servirá a los fieles obedientes que la legislación civil apruebe el divorcio. En buena ley, ni les tendría que preocupar su existencia: de la ruptura legal del vínculo sólo harían uso unas cuantas parejas de no-católicos.
    Las cosas podrían ser así de sencillas, pero está claro que no lo son. Para empezar, la regulación del divorcio se está gestando en un Parlamento de mayoría católica; por lo tanto, de las conciencias anchas o estrechas —dimensiones de las que cabe hablar mientras la jerarquía eclesiástica permita alguna elasticidad—, dependerá la liberalidad o el encogimiento de las disposiciones que resulten.
Sin embargo, en cualquier caso, tendremos divorcio. Entre otras razones porque, reservas aparte, está previsto en la Constitución, y también porque es el remedio paradójico para mantener la insatisfactoria institución (estadísticamente hablando) que disuelve.

    INSATISFACTORIO en verdad, y esta vez sin paliativos estadísticos, es que la "cultura" occidental no haya encontrado todavía la fórmula que garantice la libre convivencia de la pareja, siendo ésta, precisamente, el embrión de la familia, de su célula fundamental. Cuanto más se legisla sobre las condiciones (prohibiciones) que los seres humanos tienen que cumplir (obedecer) para convivir, más se perturba el desarrollo de sus iniciativas, de su creatividad, de las potencialidades cuya evolución sin trabas permitiría alumbrar, para todos, un futuro menos descorazonador. Esta verdad tan elemental no puede figurar entre las normas de una institución consolidada. Porque atenta a la esencia de la burocracia, que tiende, necesita, crecer en complejidad. Las excepciones a este crecimiento, las simplificaciones, son aparentes; son autofagias que alimentan y, en definitiva, engordan el aparato burocrático.
    El aparato espera siempre que le vengan de fuera las señales de que uno de sus compartimentos está a punto de reventar; espera, en realidad, la "contestación popular". La contestación de muchas parejas jóvenes de hoy, que ha tomado la forma del "amor sin papeles", no es entonces —desde luego no lo es sólo—, la respuesta a la añeja miopía antidivorcista. Es, inequívocamente, la señal de que el compartimento "institución matrimonial" no aguanta más; de que no digiere más papeles, ni del Zaire, ni de ninguna parte.

    CONCLUYENDO: la legalización del divorcio es el dique que se opone a la inundación del amor sin papeles. Si no puede contenerla, pasará del gastado símbolo del dique, obra de defensa, inerte, no agresiva; y pasará a la acción, para servir de porra dialéctica, de "malleus maleficarum". Empezará la caza de brujas del concubinato. Porque todas las fuerzas del ordenado desorden preguntarán, con (su) razón: ¿Qué clase de gentes son éstas, que pudiendo divorciarse no se casan? ... aunque, a lo mejor, sucede que esta vez ganan los jóvenes contestatarios.
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 Adenda a fecha 1 de diciembre de 2008.

La TARTA de GOOGLE Veintiocho años después, la "consolidación" del divorcio es un hecho incontestable. A lo largo de ese tiempo sería interesante saber, sin embargo, a qué "colectivo" se apuntaron las parejas. Que no hubo caza de brujas es evidente —la suposición estaba implícitamente envuelta en los mismos signos de interrogación de la pregunta de cierre y de título del artículo—. Desde la perspectiva (rara pero no problemática) de un matrimonio longevo, advierto desapasionado que muchas parejas que se divorcian optan después por una tercera vía, —excluida por impensable entre los viejos argumentos—: la del amor "sin papeles", pero con papeles. Da la impresión de que todo el mundo ha ganado; hasta la burocracia cuyo logro mas vistoso quizás haya sido el "divorcio express".*

La atención mediática (que se sirve a la vez que alimenta la opinión pública) derivó a derroteros subyacentes todavía más prometedores: el matrimonio entre homosexuales obtuvo el marchamo de legalidad. Infiero que se va consolidando bien, porque recuerdo haber leído alguna noticia sobre "sus" casos de divorcio. No es que la historia se repita, es simplemente que se copia.
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* aprobado en el Congreso el 29 de junio de 2005, supuso la primera reforma de la ley del divorcio de 1981. En los 24 años que llevaba en vigor la ley, las demandas de separación habían superado el millón y medio.
 

Fabian Zola

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