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Creo que son palabras de Cioran: "El hombre sólo es libre cuando es él mismo". No importa demasiado si me equivoco, porque nada hay especialmente nuevo en ellas. Con resonancias socráticas expresan una tautología, y ésta es la única forma de verdad inatacable para el pensamiento heterodoxo del autor rumano. Las tautologías condensan las sutilezas más profundas del lenguaje. En rigor nada se puede derivar de ellas, y se resisten a la concatenación porque son conclusiones "redondas". Sin embargo, un esfuerzo de meditación que despeje lo trivial puede generar algo que se les parezca. Parecido, solamente: porque la identidad con la esencia es inalcanzable en el dominio de la expresión, y el límite más próximo a lo innombrable —"soy el que soy"— no puede ser trascendido con palabras.
La persecución de la tautología esencial conduce al anonadamiento. Muchos hombres, no demasiados, han seguido ese camino. De algunos conocemos, o creemos conocer, sus nombres. Probablemente estemos equivocados; pero no se trata de rastrear huellas míticas o imposibles interpretaciones de claustrales silencios. Lo que puede servirnos de algo a los hombres corrientes está siempre más cerca. Escrito en palabras que asumieron la imperfección consustancial de lo posible; escrito renunciando a la perfección del silencio. Y palabras como esas se escuchan estos días en un teatro de Madrid.
Manuel Azaña se consideró voz heterodoxa, víctima de su honestidad intelectual: ¿Fue, entonces, un hombre libre?
Es imposible contestar tajantemente a una pregunta como esa. La evidencia que ha dejado al escribir «La velada en Benicarló»* es que intentó ser él mismo. Repartió sus dudas, convicciones, renuncias y desesperanzas, entre unos pocos personajes. Hizo dialogar a sus fantasmas. Quedó solo. Fue heterodoxo porque a su lucidez repugnaba la falacia "libertad en la ortodoxia". Y fue víctima de su honestidad intelectual, porque nunca la transigencia ha pactado con la intransigencia otra cosa que su propia destrucción.
La adaptación teatral de "La velada..." ha roto los moldes ordinarios. Se ha hecho transformación, no deterioro: transformación del libro original, llevando al primer nivel del discurso teatral la raíz de las ideas contenidas en aquél. Al mismo tiempo —y esto era lo difícil—, los personajes cobran vida diluyendo su cualidad de prototipos en la calidad de hombres: individuos posibles, no meras cajas parlantes. La parte que han jugado los actores en este aspecto de la transformación ha sido crucial para el éxito de la empresa. Las ideas, —estamos ante la rara avis vernácula del "teatro de ideas"—, no alcanzan difusión fructífera sin el soporte adecuado.
Los adaptadores acertaron también en la selección del espacio (la estación) y, sobre todo, en la percepción del flujo del tiempo de la aventura hacia el tiempo del espectador. Han hecho posible, en resumen, que una historia de frustración, melancolía y derrota, haga resurgir una idea elemental, la aproximación a otra tautología: la convivencia civil es necesaria.
Se siente, al terminar la representación, que si un nuevo estallido fratricida se produjese nos proyectaríamos todos, heterodoxos e integrados, hasta "tocar desesperadamente el fondo de la nada". Sin otra oportunidad de retorno. __________
* ed. CASTALIA -Biblioteca de Pensamiento- 1980 :: ISBN 84-7039-184-4 - Ver: [de la nota PRELIMINAR]
Fabian Zola 
Escena de «La velada en Benicarló» de Manuel Azaña
Dirección escénica de José Luis Gómez. Intérpretes: José Bódalo, Juan José Otegui, Agustín González, Fernando Delgado [...]
Teatro BELLAS ARTES -Madrid- 3 nov. 1980 Foto de Bernardo Pérez en «EL PAÍS», que ilustraba la reseña del estreno
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(Silencio. El mar apenas resuella.La noche se deslíe en gris desvaído, atacada por vagos fulgores. Una raya en el horizonte dibuja el lomo de las aguas, su límite redondo. Pájaros madrugadores. Un gallo alerta. Planos lívidos de las casas, un olivo que la noche ha dejado intacto, el perfil geométrico de la araucaria. La gran función de la amanecida comienza, con timbres y colores siempre nuevos. El hombre, preso del capullo del ensueño, agoniza con fantasmas desapacibles, se queja como un bicho desvalido. Del cielo se desploman los aviones, flechados al pueblo. Ya están encima. Estrépito. En manojos, las detonaciones rebotan. Chasquidos, desplomes, polvo, llamas. ¿De dónde sale tanta criatura? Otra pasada. Estruendo de bombas. Ráfagas de metralla. El pueblo corre, aúlla, se desangra. El pueblo arde. Del albergue quedan montones de ladrillos, que expiran humo negro, como si los cociesen otra vez. Los aviones, rumbo al este, brillan a los rayos del sol, invisible desde tierra.)
TELÓN
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