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EL PRIMER Manifiesto Futurista en 1909 dio respuesta en el mundo literario a un estado de desánimo y derrotismo. La explosión futurista, es bien sabido, prendió la mecha para que el estallido de todos los demás "ismos" forjase el abigarrado mosaico de las vanguardias europeas. Basta escarbar un poco en el arte y en la literatura de nuestro tiempo, se dice, para encontrar siempre la huella de una "vanguardia". La cultura es un encadenamiento de analogías y disparidades, de semejanzas y oposiciones, que termina por mostrarse como un proceso secuencial. A pesar de solapes oscurecedores y periodos involutivos, con perspectiva y distancia temporal suficientes, las vanguardias de cualquier ayer son las retaguardias de hoy.
Frédéric Sauser Hall (1887-1961), autor iniciado en aquéllas, nos revisita bajo el seudónimo que utilizó siempre: Blaise Cendrars. Y lo hace en una edición popular de su libro «La mano cortada», obra de madurez escrita al término de la segunda guerra mundial pero documentada, casi exclusivamente, con las vivencias de la primera.
Cendrars dedica el libro a sus dos hijos y antepone al primer capítulo un post-scriptum desgarrado: el lamento por la muerte de uno de ellos. Se puede pensar que esta muerte, al reavivar los recuerdos del "ex cabo" Cendrars, fue la que le impulsó a denunciar la estupidez, crueldad e inutilidad de la guerra. Mas él demuestra luego que tomó la decisión de escribir sobre sus vicisitudes en la Gran Guerra antes de producirse aquella muerte. En realidad, dando por buenos los retazos autobiográficos que abundan en todas sus narraciones, sabemos que mientras suceden los hechos descritos en La mano cortada, Cendrars está poseído por la figura de «Moravagine»—a mi juicio, su personaje y obra capital—; obsesionado por una historia que llegó a imaginar real, y que tuvo que contar mucho antes de entregarse a la crónica de los sucesos truculentos y mezquinos, heroicos y grotescos, de la pequeña guerra, la suya, vivida dentro de la grande.
En esta crónica-reportaje-ficción no queda mucho de la primera militancia vanguardista del autor-narrador. El lector no interesado en analizar trayectorias narrativas probablemente sale ganando. Quedará atrapado por las historias bien trabadas, o sólo yuxtapuestas, que el autor le cuenta. Cuando la verosimilitud de alguna le resulte más que dudosa la aceptará como un recurso estilístico, o por su clave simbólica. Así, el brazo amputado, sangrante, caído del cielo, cuya mano, viva todavía, escarbaba el suelo con sus dedos como para arraigar en él... ...¿es el brazo del autor? ¿el que perdió en la granja de Navarín?
La palabra misterio cierra ese breve capítulo de catarsis literaria que, aun espeluznante, es de bella factura. Y también casi el único residuo de etiqueta vanguardista en este libro. Porque de la guerra como única higiene del mundo —noveno mandamiento del credo futurista— no transmite el texto una imagen aseada. La glorificación militarista y patriótica rematada en misoginia que completa el mandamiento, encontró todavía reflejados sus excesos en Moravagine; pero, veintitantos años después, tras confrontar la exultación iniciática con la realidad de dos guerras, lo que Cendrars vio fue de una estupidez inconcebible y no parecía obedecer a ningún plan de conjunto sino al simple azar.
Al final, a pesar de haberse encontrado feliz, incluso sofocado por el fango en las trincheras, la escucha de los gemidos de los moribundos abandonados a su suerte le sumió en la más negra desesperación. Hecha más alucinante si cabe para el lector por el sorteo de permisos, la pirueta narrativa que remata la obra y resume un mensaje que todo el mundo debe entender.
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Adenda a fecha 15 de octubre de 2008.
Esta fotografía de Cendrars con Francis Picabia, el pintor francés de ascendencia española y precursor del "dadaismo", está en la edición de bolsillo de «Moravagine» que publicó ALFAGUARA en 1977.
El escritor era ocho años más joven que el pintor y le sobrevivió esos ocho años exactamente.
Los tres cuartos de siglo que ambos recorrieron casi a la par fueron los que marcaron los movimientos artísticos "la vanguardias" que definieron Europa.
El listado de contemporáneos que los acompañaron no cabe en una reseña: Apollinaire, Marinetti, Munch, Grosz, Döblin, Brecht, Lorca... Las dos guerras mundiales no pudieron ahogar el resurgimiento de las tendencias que esas tres generaciones marcaron.
No me resisto a copiar una cita que cita Sloterdijk en su inconmensurable «Crítica de la razón cínica». El lector juzgará si es oportuna. Dice así:
La guerra, la preparación de la guerra va acompañada de los artificios de la diplomacia, la desconexión de los principios morales, de días de vacaciones para la verdad y de una cosecha tardía de cinismo.
Stanley Baldwin, primer ministro británico, 1936.
——> La imagen reproduce un cuadro característico de la primera época de Picabia: "Parade amoureuse" 1917, de la colección particular de Mr & Mrs. Martin G. Neumann (Chicago)
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Fabian Zola
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