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Parece que de nuevo corren vientos de conflicto que bambolean la insegura cimbra de la libertad de expresión. Son los remolinos de cola que siguen al ciclón de febrero. Ya en medio del vórtice de aquel fenómeno, cuando los damnificados habían recuperado la posición sedente, se prohibió escribir. A un protagonista –de los forzados a la pasividad, por supuesto– le escuchamos decir después que la prohibición lógica subsiguiente habría sido la de leer.
En aquellas circunstancias tal interdicción era prácticamente superflua, y por completo ridícula si hubiera sido enunciada en el exterior del recinto. Prohibido leer un libro hoy, o un escrito cualquiera, no tiene otro efecto, salvo para contadas almas cándidas, que el de incitar a su lectura. Por ello, la primera solución sustitutoria es suprimirlo, liquidar el objeto. Un paso más, de mayor eficacia, es impedir que nazca. La solución definitiva es exiliar a los creadores que sean probada o potencialmente insobornables.
Siempre me han intrigado las personas que se apasionan por la fatigosa tarea de prohibir. Los sociólogos contemporáneos han delimitado aceptablemente los límites de las culturas represivas, pero a escala individual –en lo que supongo que sería tarea de la psicología– creo que falta mucho por hacer; por lo menos, la tipología de los prohibidores está por caracterizar. Sin embargo no faltan muestras observables ni situaciones propicias para acopiar los datos necesarios. Por ejemplo, en una reunión corriente habrá más de un ejecutivo frustrado –producto inevitable de la sociedad jerarquizada–, y bastará sugerir "lo mal que va todo" para que alguien se arranque con un programa de prohibiciones. Un observador experto averiguaría si ese programa contiene la supresión tácita del deseo de leer, la premisa que conformaría por autogénesis el modelo "ideal" de sociedad al que aspiran los censores de la expresión. Detectado aquel rasgo, o su ausencia, se habría dado el primer paso para caracterizar a esta clase fundamental de la especie general de prohibidores.
No existe contrasentido en suponer que los censores de la expresión puedan aspirar a un modelo de sociedad donde no tendrían trabajo, porque el dominio de lo prohibible es ilimitado. De todas formas, un modelo ideal es inalcanzable por definición, y la mutación genética de la especie humana –único mecanismo que podría erradicar el deseo de leer– queda sólo como tópico sugestivo, aunque algo gastado, de la ciencia-ficción. Lo que no quiere decir que la ingeniería genética sea un tópico (es tan preocupante como el reciente retoño neutrónico de la ingeniería nuclear), pero los censores de la expresión se preocupan poco de genética. Sus preocupaciones se han dirigido siempre a los objetos cotidianos, a la mutilación de los contenidos de información y de opinión; sólo si volvieran a alcanzar suficiente poder liquidarían sin contemplaciones los soportes molestos, los medios mismos.
Sin embargo, un sector de la sociedad española percibe realmente como daño el que se conculque su derecho a la información, y este sector crece aceleradamente. La cuestión es si compensa en la proporción debida el incremento del número de censores potenciales. Porque la libertad de expresión, sustancia de aquel derecho, favorece e impulsa también a quienes la utilizan para negarla.
La competición se planteaba desigual, aunque la desventaja de los que tienen como asíntota ideológica la libertad de expresión se equilibraría con el tiempo, gracias a la inconsistencia dialéctica que revelaban los argumentos de sus detractores. Paradójicamente, la contradicción esencial de usar la libertad para atacarla no se entiende pronto, ni por todo el mundo. Se necesitaba tiempo para alfabetizar, y para que los remolinos se disipasen. Por eso, esperanzados, habíamos contado el paso de los días, admirando además el esfuerzo alfabetizador que derrochaban los medios. Se salvaron los idus de marzo, pero poco más. Agazapados tras ellos esperaban los orates del tiro en la nuca, la especie radical de prohibidores que a lo largo de la historia ha hecho risible cualquier dialéctica. La especie que, ahora, ha vaciado de sentido la penosa cuenta del tiempo, y todos los argumentos.
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Adenda a fecha 1 de ENERO de 2010
Quien no haya prestado atención a la fecha del artículo original, necesitará probablemente esta fotografía para centrarse en los sucesos de un entonces que se produjo cinco días antes. El tono cauteloso que se aprecia en la redacción da idea también de la inmediatez de un acontecimiento extraordinario en grado sumo, apenas resuelto en el momento de la escritura. No creo necesarias más explicaciones. Sólo constatar que el vaciado de sentido se recuperó sin tardanza. En la calle y multitudinariamente. El sistema aguantó y se robusteció. Ahora, treinta años después, son otras lanzadas desintegradoras las que se hacen notar. ___________
Fabian Zola |