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   ACOTACIONES SEMIOLÓGICAS

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Nº 186 — OCTUBRE 1981
«Galaxia» LVIII
Madrid — España



    EN LAS PÁGINAS de opinión del periódico EL PAÍS se trataba recientemente la "sociología de la corrupción" *. El articulista iniciaba su exposición destacando la igualdad de significado de los vocablos "corrupción" y "corruptela". Es cierto que en primera acepción el diccionario los da como sinónimos, pero también es sabido que en el habla la diferencia de sentido es sustancial. Aquí empieza por establecerla el mismo "corrupto" cuando, por vanidad o por haber quedado en evidencia, tiene que hablar de los repetidos actos "dudosos" que comete. En esas circunstancias, no es de esperar que el protagonista llame a sus deslices corrupciones, sino que, a falta de una palabra exculpatoria convincente, termine por llamarlos corruptelas. Con ello —puede que sin saberlo—, se aprovecha del matiz que el diccionario establece en la definición propia de corruptela, es decir, en la acepción que sigue a la sinonimia. Y así, el actor y protagonista de este drama cotidiano se va por el camino de la exposición de sus malas costumbres o abusos ilegales (nótese: no inmorales), y se aleja, retarda o diverge, del camino que le llevaría a echarse a perder hasta pudrirse y heder.

Las diferencias connotativas entre uno y otro camino son sobresalientes; si a alguien le quedan dudas, relea en voz alta las palabras en negritas. Además, pienso que estas diferencias se agudizan por el tono liviano (de baratura o escasa importancia) que le presta a corruptela su perfecta rima con bagatela; mientras, al detestable efluvio de la corrupción le toca, entre muchas otras fonías retumbantes, el parentesco silábico (y teleológico) con el abismo de la condenación.


    ESTA APROXIMACIÓN al sentido de los actos por las cualidades de los signos que los dominan no es un ejercicio banal o, al menos, no pretendo que lo sea. Se puede hablar, por pedante que suene, de semiología axiológica cuando, como es el caso, el tema que se pretende centrar es el de las calificaciones de los actos humanos respecto al cuadro de valores que haya fijado un grupo social, en un momento histórico determinado. Un caso particular, una parcela de aquélla, sería la semiología de la corrupción.
El artículo que ha dado pie a estas reflexiones también toca esa parcela. Por ejemplo, cuando entrecomilla esa especie de refranero de quienes justifican la corrupción existente. Sin embargo, por haberse quedado desde el origen en una sinonimia formal (que no real), ha minimizado los efectos potenciales y prácticos de las corruptelas (especialmente de las "de juzgado").
La trama radicular de corruptelas que envuelven al ciudadano corriente en nuestra sociedad industrial medioavanzada es la que hace posible la alimentación del tronco de la corrupción institucional. Ciertamente —es la esperanza del articulista—, la libertad de información puede poner limites a la "corrupción ilegal" es decir, según nuestras matizaciones, a la/s corruptela/s. Pero si con esta postura relativista, forzada por la realidad y conforme con ella, no se tiende a una limitación verdaderamente importante, las corruptelas residuales se cargarán muy pronto la misma libertad que las achica y, después, liquidarán la otra "esperanza": la de que se produzca el cambio cultural que no fue posible en los últimos decenios.
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* no encontré el artículo en GOOGLE (aunque no puedo asegurar que no esté). En www.elpais.com son muy numerosos los que tratan sobre sociología de la corrupción pero no parece que se remonten hasta 1981.

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Adenda a fecha 28 de junio de 2009

La imagen "prediseñada" de la colección de Windows está asociada a los conceptos de "ejecutivos" y "engranajes" sin más connotaciones. Sin embargo, contemplada a modo de test de Rorschach, siempre me ha sugerido la conocida exclamación «¡toma el dinero y corre!».
En las circunstancias presentes, cuando los dos "grandes" partidos del país se echan en cara corrupciones de diverso fuste, no puedo menos que ver en ella a dos responsables, cada uno con su maletín atiborrado de los papeles más comprometedores, corriendo en direcciones dispares hacia el lugar donde ocultar sus vergüenzas. Pero cuando el inocente icono se torna preocupante es al percibir el detalle de un tercer responsable en fuga, que también lleva maletín. Y me pregunto: ¿estarán habitadas de igual modo todas las ruedas del sistema simbolizadas por las tres del icono?
Si es así, no me extraña que siga paralizado lo que llamé hace veintiocho años "cambio cultural" aunque, a fuer de sincero, creo ahora que entonces no acerté con la expresión precisa. "Higiene democrática", por ejemplo, se habría ajustado mejor a la idea.

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Fabian Zola

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