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   PSICOTERRORISMO

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Nº 187 — NOVIEMBRE 1981
«Galaxia» LIX
Madrid — España



    El fanatismo de lo irracional parece consustancial con la naturaleza humana. Periódicamente, aunque sea en ciclos irregulares, lo irracional irrumpe en lo cotidiano como si se tratara de aliviar la frialdad o tibieza de lo razonable. En el terreno dialéctico es fácil derrotar con argumentos cartesianos a los fanáticos de lo irracional; menos fácil es lograr que el triunfo de la razón no se quede en mera victoria pírrica. El "convencer sin vencer", sino y casi consuelo de los racionalistas, puede prolongarse en el tiempo lo suficiente para que los no convencidos inviertan el eslogan y hagan valer, sin escrúpulos de conciencia, el mensaje primitivo, el que está vedado para la duda racional.
Sin embargo, la duda metódica no puede eliminar sin más el reconocimiento de un componente irracional en los mecanismos de raciocinio. Por "mecanismos", palabra quizá poco adecuada, hay que entender tanto a los órganos razonadores como a sus funciones, entre las que destaca la perceptora de los resultados del raciocinio y que se integra, a su vez, en la progresión razonadora subsiguiente —en el "feedback" o proceso de retroalimentación—.
El componente espurio que perturba las reacciones "normales" puede explicarse en ocasiones por la bioquímica (falta de un oligoelemento específico en la dieta, oxigenación deficiente del cerebro por el canto...), pero la bioquímica explica circunstancias específicas anómalas, aunque éstas deriven en compartimientos colectivos duraderos, y por ahora no parece que se baste para dar razón de todas las reacciones humanas. Por ejemplo, no entra —ni tiene por qué— en las intenciones que la gente comparte mayoritariamente, intenciones que, según el principio de respeto del pragmatista Rescher, cuando se toman en serio y presiden las acciones "han de ser respetadas como legítimas".
Este principio pone un contrapunto interesante a la consideración de lo irracional colectivo, aunque no lo explique. Así cuando religiones, iglesias o sectas, que se desvían netamente de lo tradicional, empiezan a contar seguidores por centenares de miles (hace ya diez años, la iglesia "científica" de Ron Hubbard alardeaba de quince millones de fieles), habrá que pensar que se merecen, no sólo el respeto de los racionalismos recalcitrantes, sino la legitimación jurídico-social.

La semilla del diablo     Una vez más el hombre, gracias y por culpa de las libertades que se ha ganado a pulso, se ve expuesto a las agresiones de lo irracional, a las maquinaciones de los brujos que no descuidan el venteo de semillas ad-hoc. En ocasiones lo han reconocido de modo explícito: Anton LaVey, fundador en 1966 de la Iglasia de Satán y autor de la Bilia Satánica, dijo que «La semilla del diablo» había sido el anuncio que más benefició al satanismo desde los tiempos de la Inquisición.
En otros filmes, sin explicaciones posteriores que se sepa, el shock de la posesión deja el poso de un mensaje, no por confuso menos inquietante, que ejemplifica la eficacia del psicoterrorismo moderno, es decir, su alta cualificación para transformar la confusión en magia ultramondana. El embrutecimiento que marcha paralelo al culto de la tecnología (el hombre moderno consume productos de alta tecnología, pero cada vez está más lejos de poder "entenderlos") facilita las cosas; facilita, por ejemplo, la manipulación de las masas, hasta el punto de que el enunciado de un valor simple e inteligible, aunque sea caduco y esperpéntico, posibilita la eclosión de las esencias irracionales más genuinas. Lo cual no podía, o no debía, causar extrañeza, porque la preparación de la eclosión, los prolegómenos, estaba ya trillada en los revivals de brujería y otros cultos esotéricos. Como siempre que se fragua un asalto a la razón.
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Fabian Zola

Mia Farrow


Adenda a fecha 1 de marzo de 2010

La fotografía ilustra el empeño que puso Mia Farrow en la interpretación de la angustia ante la sospecha de poder ser madre de una criatura luciferina.
Calificada la película como obra maestra del cine fantástico, el título de la versión en español, aunque ajustado al argumento de la trama, desveló innecesariamente el "misterio" que tapaba el inocente título original: «Rosemary's baby».
Cuesta trabajo imaginar que en medio del invasivo descreimiento contemporáneo, casi medio siglo después de su estreno, se sostenga el mensaje de que Satanás puede hacer fructificar su semilla en carne y hueso. Naturalmente, las cabezas propagandistas sostenedoras de la idea no creen en ella, son un fraude. Pero cuentan con la inestimable ayuda de las religiones del libro que, al fin y al cabo, no pueden renunciar a la promesa del futuro premio o castigo en la "otra vida", certificando así la existencia de Satán.
Por supuesto, la aparición de Internet no ha sido minusvalorada por los cultos esotéricos. El satanismo –que aguantó etapas de defecciones múltiples– se ha visto revitalizado. Las páginas en español sumadas a las de inglés superan con creces el medio millón. Asaltar la razón sigue siendo negocio.

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