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   «EL SOPOR DE LOS INTELECTUALES»

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Nº 25 — ABRIL y MAYO 1985
«EL DISIDENTE»
Madrid — España

[I]

      HACE poco menos de cincuenta años (*), en octubre de 1936 exactamente, un filósofo, Ludwig Wittgenstein, escribía a George Edward Moore, otro filósofo: «... no se puede beber el vino mientras fermenta, pero el hecho de que fermente demuestra que no se trata de agua sucia.»
Fuera de su contexto, la metáfora puede resultar imprecisa; sin embargo, es patente la solicitación de tregua, del tiempo necesario para madurar una obra bien hecha. Tiempo y contenido (sustancia germinal) son, pues, las claves de la imagen verbal que adorna la argumentación del autor del «Tractatus»; también van a constituirse en el fulcro de razonamiento que sigue.

     PREGUNTAMOS:
«¿Tiene tiempo el hombre joven de hoy para llegar a ser un intelectual?,
y también,
«¿En el mundo occidental, cuál es ahora la función o, mejor, el compromiso de los intelectuales?»
En rigor, habría que empezar preguntando quiénes son éstos, pero un impalpable consenso mayoritario los define suficientemente. No obstante, una breve referencia a su «traición» puede servir para perfilar las definiciones incompletas y responder, en parte, a las cuestiones que anteceden.
Benda: la trahison...
     DESDE que el escritor francés Julien Benda (1867-1956), publicó «La trahison des clercs» ha llovido bastante. No tanto como supondría tener que remontarse a los oscuros tiempos medievales del clerical enigma de «la rosa»—tan bien explotados hoy—, aunque sí lo suficiente para despegar el sello de la clerecía del sobre de la intelectualidad. Pero, si en sentido amplio es bueno que el sacerdocio se retire, que no sea ya más la condición sine qua non, del ejercicio racional (no metafísico) de la intelectualidad, no parece igualmente bueno que ésta deje por completo de entenderse como sacerdocio.
Eso es lo que denunciaba Benda en 1927 y es lo que desde cualquier atalaya, balcón o agujero, desde cualquier puesto de la disidencia, hay que seguir denunciando hoy. Disentir (y/o disidir) del poder y de la oposición —que no está realmente contra el poder sino bajo él, esperando su turno— es el compromiso cotidiano de los intelectuales del bien alimentado mundo occidental.

     LA DISIDENCIA, más pedestre en democracia que en dictadura, ha de ser tenaz ya que no heroica: consiste en el alumbramiento pacífico de las ocultaciones y tergiversaciones de la realidad, cada vez que los poderes grandes o pequeños, (inter)nacionales o locales, hacen de aquéllas sus malas prácticas. La factibilidad de la disidencia así entendida pasa por la solución de un escollo capital: el del conocimiento preciso, no sólo de la realidad escamoteada sino de las intenciones mediatas de los manipuladores. Ni siquiera el poder institucional tiene sus objetivos siempre claros. Por ejemplo, ¿sabe hoy y aquí qué reparto de la tarta informática (qué colonización por el «software») nos impondrán las multinacionales o, en otra escala de imposiciones, cuántos aviones de combate más tendremos que comprar para que el gran hermano blanco no se enoje? Y también, ¿cuál es el número óptimo de parados para que se «declare» la tercera guerra mundial?
Soy consciente del exceso de preguntas, máxime cuando está por responder la que inició el argumento. Pero, la barrera geométrica, la que impone la superficie redaccional concedida a esta columna, llega hasta aquí. Lo cual es bueno, porque más de quinientas palabras disidentes, si no llegan a irritar, cansan; lo cual sería peor. Es prudente el fraccionamiento.
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[II]

      SE IMPONE una referencia, aunque sea mínima, que permita al lector conectar con lo dicho el mes antecedente. Es adecuada la cita de lo que Julien Benda entendía por intelectuales: «... aquellos que hablan al mundo en forma trascendente, y a los cuales tengo el derecho de pedir cuentas de su acción en condición de tales».
Aunque no sea una definición suficiente —parece limitar la función del intelectual a la prédica, y carga la mano en el juicio subjetivo—, contiene en cambio elementos significativos bastantes para centrar las reflexiones abstractas en problemas concretos y mediatos.

      PARA hablarle al mundo en forma trascendente hay que tener un conocimiento más que superficial de lo que se dice y también —valga la perogrullada—, hay que poder hablar. Es seguro que el lector conoce la séptima, y última, proposición del «Tractatus» de Wittgenstein; hace pocas semanas, vía televisión, fue citada por un diputado de la leal oposición: «De lo que no se puede hablar, mejor es callarse.»
Si detecto algún interés en la audiencia, desarrollaré otro día la segunda lectura de esta aparente trivialidad. Discurro ahora sobre quiénes sumarán en el inmediato futuro conocimientos suficientes para poder hablar.
A escala mundial, el incremento anual de información se ha evaluado en el 14 por 100, lo que significa que cada poco más de cinco años se duplica la cantidad de información disponible. Cada nueva generación tendrá ante sí una masa de información mayor de treinta veces de la que dispuso la precedente.
Una reducción gráfica, aunque inexacta e inválida en muchos aspectos, es decir que «nuestros hijos tendrán que esforzarse treinta veces más que nosotros para alcanzar un nivel de conocimientos proporcionalmente equivalente.»
A pesar del reduccionismo, lo que resulta patente es que la tasa de aumento de la capacidad cerebral del homo sapiens no debe sobrepasar algunas décimas por ciento. Ni a las décimas se llegaría sin considerar integrados en tal capacidad los medios electrónicos con los que interaccionan hoy nuestras neuronas.

      AUNQUE no lo digan si no son preguntados, los individuos de tipo medio han descartado a priori el intento de multiplicar por treinta sus capacidades de asimilación. Pero los protagonistas de estas reflexiones es obvio que no son los que atienden por tan antipático clasificativo, sino los bien dotados. Aún en el supuesto de que la tasa del 14 por 100 ceda (hay estudiosos que predicen una inflexión en la tendencia), la verdad es que la masa de conocimientos potenciales es sentida ya por muchos con angustia y, por ello, se puede afirmar que para las generaciones venideras el calificativo intelectual estará reservado únicamente a los superdotados. Es decir, ya no se trata de tener tiempo, duración de vida —aunque ésta aumente—, sino de respuesta neuronal. El intelectual de hoy sabe todo esto muy bien; los más honestos reconocen, y en muchas ocasiones lo explicitan, que las limitaciones de sus "saberes" se hacen mayores con el incremento del SABER global. Los intelectuales menos capaces se refugian en la repetición o en el sesteo. La cacareada pérdida de los valores tradicionales ha alcanzado también a los valores negativos: de la rotundidad de la «traición» nos hemos pasado a la grisura del «sopor».
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Fabian Zola

Ray_Kurzweil

ADENDA a fecha 10 de febrero de 2009.

(*) Los cincuenta años escasos de entonces son ahora más de ochenta. Durante tres generaciones —según la cuenta ordinaria—, cabría decir que el tiempo (metafórico) de fermentación se fue comprimiendo. Lo cual enlaza consecuente con las respuestas a las  preguntas que siguieron... y con la emergencia incontenible de un nombre propio:

Ray Kurzweil exhibe en la omnisciente  WIKIPEDIA una sonrisa que se antoja más acusadora que benevolente. Doctor honoris causa por 15 universidades y, al mismo tiempo, calificado de visionario por otros doctores, avisa a todos los intelectuales, venidos y por venir, que efectivamente se ha terminado el tiempo de la molicie y del sopor.
Este verano culmina la serie ininterrumpida de sus inventos y logros científicos abriendo en Silicon Valley las puertas de la «Universidad de la Singularidad», la institución que pretende preparar a las mejores inteligencias del mundo para aprovechar a tope los avances que la Biotecnología y la Nanotecnología han puesto en nuestras manos. Lo cual significa que en el futuro inmediato el calificativo "intelectual" queda reservado a la "singularidad" que pocos lograrán: unos mil y pico dentro de la próxima década. Aunque, si otras previsiones de Kurzweil se cumplen, sólo unos decenios más y la "intelectualidad suprema e indiscutible" será ocupada por nuestros "hermanos" robots.
A pesar de su personalidad "excesiva" no parece que Ray vaya de broma. Conviene estar atentos al estreno de la película documental «Transcendent Man», y a las críiticas "intelectuales" que de ella se escriban.
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