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   TOM PAINE

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Nº 23 — MAYO 1986
«EL DISIDENTE»
Madrid — España


A Veglia Bianco: Disimula tu felicidad interior;
hay ladrones inmisericordes ansiosos por arrebatártela.

     LA RISA es contagiosa y el llanto también; la felicidad, a cuya busca empuja literalmente la Constitución Americana, queda ya más lejos de ser contagiosa y mucho más cerca de ser envidiada y, por ello, atacada y destruida.
     Terminaba yo hace poco de escribir una larga carta, cuando me perdí en la despedida. Enfrentado al grado cero de las palabras —«de la escritura», lo llamó Barthes— había encallado. Estaba en el modo de sentir de un silencio que en otra lengua, curiosamente, pude romper. Y escribí: «Veil your inner happiness; there are unmerciful robbers longing for it».
     Naturalmente, a Veglia, la amiga lejana que provocó sin saberlo el nacimiento de esa especie de apotegma, la había fijado mi memoria con una expresión de felicidad poco común. Leonardo sería un referente cultural posible para entenderme con el lector. Pero es otro rostro el que me sirve, otro resultado de un arte más cercano, del arte de nuestro tiempo: un modelo real engastado precisamente en el nacimiento de la nación americana. Mi referente reside en la limpia expresión de felicidad interior, de bonhomía, que reflejaba Tom Paine tal como lo imaginó Ettore Scola en su excelente película «La nuit de Varennes».*

     THOMAS PAINE es una figura histórica de la que poco nuevo se podría enseñar a un lector norteamericano. Aquí, particularmente en esta parcela de La Galaxia Gutenberg, sería difícil encontrar mejor prototipo para presidir una galería de disidentes seleccionados sin pretensiones académicas, sólo por empatía.
La adscripción de méritos o características favorables de cualquier índole, lo mismo que la de taras indeseables, se prodiga al referirse a hombres o sucesos cercanos a las fronteras artificiales que marcan los siglos. El último cuarto del siglo diecinueve cubrió la pleamar de la vida de Paine. No le llevó a la fortuna —como cabría esperar por la cita del ilustre bardo—, sino a la persecución, la miseria y la muerte solitaria. Paine no sólo vivió a caballo de la frontera finisecular, sino de los límites geográficos y políticos que ayudó a transformar. No han existido muchos hombres tan escuchados como él para introducir el sentido común en los papeles que sustanciaban el nacimiento de una nación.

     George Washington dijo que la lectura de «Common Sense» –el panfleto que escribe Paine en enero de 1776– producía un cambio profundo en las ideas de los hombres. Con los escritos que le siguieron, el panfleto se repartía a los soldados en las trincheras. Contiene, explícita, la idea que muchos han atribuido a fuentes de mayor prestigio: «El Gobierno, hasta en su mejor forma, es sólo un mal necesario; en la peor, un mal intolerable».
Tal sentencia, fuera de contexto, parece que encierra un sesgo anarquizante; mas el calificativo "necesario" dejaba fuera, en el sentir de Paine, la forma de gobierno republicana. No fue su adiós a la monarquía de Jorge III de Inglaterra lo que le granjeó las enemistades más peligrosas, aunque ya la publicación de «Rights of man» (respuesta a la posición conservadora del político irlandés Burke, contraria a las doctrinas de la Revolución Francesa) le valió ser acusado de traición, y le obligó a huir a Francia. El escollo que no pudo salvar, lo diré valiéndome de un tropo, fue ignorar el Quijote. «The Age of Reason», libro que comienza a escribir en las cárceles de Robespierre, arremete contra todas las religiones tradicionales. El cristianismo, católico o protestante, es un «absurdo instrumento de esclavitud contra la ciencia y la ilustración».

     AZUZADA por sus pastores, la buena gente de Nueva Inglaterra pudo acabar con una de las voces más razonables que jamás se hayan alzado contra la tiranía. Arrancaron la felicidad exterior de los últimos años de vida de Thomas Paine. Sin embargo, me atrevo a pensar que éste conservó hasta el fin su felicidad interior, porque le bastaba leer en el preámbulo de la Constitución Americana las palabras que él había inspirado, los derechos por los que había luchado: ... la vida, la libertad, la búsqueda de la felicidad.
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* Cara y cruz de la moneda de plata con la efigie de Luis XVI.

La fuga fracasó al parecer porque, gracias a la fidelidad de la reproducción del rostro del rey en la moneda, un campesino lo reconoció al detenerse el carruaje y descender sus ocupantes para descansar en Varennes.
Las imágenes del film no muestran los rostros del soberano ni de María Antonieta. En su lugar vemos el calzado regio al descender por la estrecha escalera de la posada hacia su infortunado final.
firma ________________

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