Una constante entre los profesionales de la información es la pretensión de objetividad. Hay una imposibilidad radical en ello y, sin embargo, raro es quien no trata de ser objetivo. Se entiende que la pretensión es norma obligada cuando se escribe para informar de hechos o sucesos noticiables. El muy conocido eslogan, "los hechos son sagrados; las opiniones son libres", es el causante del desaguisado. Ciertamente libera a la información opinable: editoriales, los artículos antes llamados «de fondo»; las entrevistas y el columnismo; sin embargo, la misma contundencia retórica de aquél nos ha hecho creer a los periodistas en la sacralización de lo que ocurre. Justo ahora, cuando los jeroglíficos más resistentes al deterioro se decoloran por doquier.
Otros profesionales, los ingenieros de sistemas, hacen gala de un eslogan distinto, "toda percepción u observación científica es ya una interpretación".
Podemos estar de acuerdo con esto último sin dejar de sostener que los hechos son sagrados. Cuando se revela la inutilidad de esta consideración es al darse cuenta de que los hechos empiezan a ser reales para nosotros cuando los percibimos; es decir, en el momento en que observándolos científicamente los interpretamos (¡!).
El ciudadano común no se dedica a observar científicamente lo que sucede. Pero debemos suponer que el periodista sólo es ciudadano corriente cuando no ejerce, porque cuando observa como profesional hace su parte de «ciencia», es decir, trata de transmitir lo que aprende. Y desde ese instante interpreta: profana la sacralidad de los hechos.
Mas, ¿con qué resultados?
Podemos verlo ilustrado con ejemplos de titulares de la misma noticia tal como aparecieron en la primera página de dos periódicos de la misma fecha:
- a) Los empresarios ofrecen aumentos del 6 al 10 por 100.
- b) La CEOE propone una subida salarial entre dos y seis puntos por debajo de los precios.
Los dos periodistas que escribieron los titulares antecedentes respetaron el hecho, pero es obvio que lo interpretaron. Y la noticia quedó cargada de opinión desde el mismo origen, desde su título.
En otros casos la transformación se produce por extravagancia y aunque extravagante sea en Derecho Canónico cualquiera de las constituciones pontificias añadidas, las cosas no van por ahí. Otro ejemplo lo aclara:
- c) El viro-fijador entra en la Audiencia.
- d) Quini recordó su secuestro ante el juez.
Naturalmente, para endosar a una u otra noticia el adjetivo cuyo significado no canónico es "lo que se hace o dice fuera del orden o común modo de obrar", es necesario situarse en ese modo o sentido común. Si en el primer ejemplo se podía hablar de interpretación por transformación, en este segundo el titular c) malinterpreta por omisión, es decir, elimina la sustancia del hecho para llamar la atención con lo inusual y, léxicamente, poco inteligible.
Es materia opinable, y por tanto discutible, que la inexistencia de palabras comunes entre titulares de la misma noticia en distintos periódicos, pueda ser una medida de la extravagancia informativa. Una medida sencilla para que al lector asiduo le baste un simple vistazo para decidir si cambia de periódico. Pero también es cierto que la solicitación por la extravagancia es una de las más viejas maneras de vender un producto.
El pasado primero de abril el único titular que puso en primera página el periódico c) rezaba: «¡VICTORIA!». El periódico d) contenía cuatro noticias tituladas en primera y otros seis títulos que remitían al interior. Fue nula la coincidencia entre ambos. Es inevitable pensar en acusaciones recíprocas de extravagancia. Pero también es reconfortante. Porque las minorías nostálgicas y los marginados progresistas han de disfrutar de los mismos derechos de quienes siguen las normas. Ser extravagante entra en el lote. __________
Adenda a fecha 1 de ENERO de 2010.
Cuando ingresó en mi biblioteca el libro de tan sugestivo título y portada (•) hacía ya más de diez años que me había tentado disertar sobre el tema. Este ha sido uno de esos casos en los que uno (sobre todo si escribe) debe alegrarse de que sus conocimientos no alcancen la cota de los elegidos, de los rectores de la Cultura. La razón de este extravagante aserto reside en que, si bien es cierto que sin la existencia de "ellos" vagaríamos aún por los páramos prehistóricos, también su tutela en muchos casos puede ser anonadadora y castrante. Más claro: si para todo esperásemos a que un "rector" se pronunciase, las chispas de nuestra inventiva nunca prenderían en nada. O en un fuego mortecino, como sería haber disertado más arriba sobre la "excentricidad" perdiendo el recurso a la fuerza indiscutible que posee su brillante sinónimo. Aunque, a fin de cuentas, al repasar ahora la conclusión a que llegué entonces [su empleo en el escaparate de titulares de los periódicos] no me parece equivocada. Precisamente, a la mitad del libro, Anna Caballé, –de la cátedra de Literatura. Universidad de Barcelona–, leo que cuenta en su ponencia al fanatismo ideológico entre las razones [...] vinculadas al comportamiento extravagante. Para que el lector aprecie por qué destaco –de entre 120 muy interesantes páginas– sólo esa sencilla afirmación, necesita saber que el periódico de la noticia c), hoy desaparecido, destacaba especialmente por su ostentosa exhibición ideológica.
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(•) «La extravagancia» –Compilación de Castilla del Pino– ISBN :: 84-206-2833-6
Fabian Zola
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