Hay norteamericanos listos, los hay tontos y, por supuesto, los que ni fu ni fa. Como pasa en todas partes. Uno de los más listos que conozco me dijo hace tiempo que tuviera cuidado con lo evidente: "obviousness is usually wrong", fueron más o menos sus sentenciosas palabras.
Si cada uno analiza los resultados de las decisiones que tomó, en las últimas semanas por ejemplo, no tardará en comprobar que los más satisfactorios surgieron de los planes que cuestionaron lo evidente. La razón para que esto suceda, es decir, la razón de la sinrazón, reside parcialmente en la incapacidad de las instituciones y los medios de masas para reaccionar a tiempo; para cambiar el curso de los mensajes que rutinariamente machacan a la audiencia convirtiendo en "evidente" lo que nunca habría sido tal, a no ser por la infinita insistencia de la propaganda.
No hace falta recurrir a Goebbels, citado ad nauseam sobre esta materia. No se trata de desvelar mentiras convertidas en verdades a fuerza de ser repetidas. Se trata de alertarnos para no caer en la falacia de lo obvio. Como le ha pasado al PSOE.
De lo poco de sus concilios que ha trascendido se deduce el estado de confusión en que navega el proyecto socialista. Aferrado a su evidencia, la de que ha hecho las cosas bien, es imposible imaginar que no haya en su interior gente con suficiente lucidez y honestidad para exponer, al menos en tertulia o en los descansos conciliares, los razonamientos que conducen a la primera revisión exigible a la ejecutiva y a todo el partido: ser socialista o cambiar de nombre.
Los paños calientes que han ofrecido a la opinión pública para explicar la segunda sangría de votos que han sufrido no hacen más que anticipar la tercera hemorragia. Sin embargo, el remedio para taponar ésta lo conocen bien y hay tiempo para ponerlo en práctica: retornar a las raíces y cumplir el programa primitivo, más allá de la retórica de que "el cambio ya está hecho".
Le está faltando al gobierno actual reflexionar sobre el fino olfato del español medio, que cada día recela más del autobombo. Por poner un ejemplo trivial, el hombre de la calle sabe enseguida si los empleados públicos son tratados (pagados) con ética socialista o capitalista. Sabe, por un amiguete funcionario del montón, que desde la implantación socialista de la designación a dedo el reparto de retribuciones complementarias (parejo al dedo) ha sido hecho con la oreja puesta antes en los beneficios a obtener (políticos, de toma y daca, etc.) que en la eficacia suplementaria exigible a la mejor remuneración. También sospecha, aunque esto sólo lo rumorea, lo dice sottovoce, que algunos negocios van viento en popa por tener los amigos adecuados en el ejecutivo socialista, nacional o local.
Este último «rumor» no escandaliza especialmente. Después del acceso al poder de un nuevo grupo, siempre se produce un lógico (!) reparto de prebendas. El problema no es grave. No es problema en realidad cuando no se espera del grupo otro comportamiento ligado a su esencia ética, doctrina, o como se la quiera llamar. Y la ética socialista es su mejor y quizás única posibilidad de afianzamiento y permanencia. Con la ética de la honestidad por delante, con ejemplos palmarios y sostenidos, y sin necesidad de propaganda, la pérdida de votos habría sido mínima. Es pronosticable, no evidente, que se habrían ganado más, porque la honradez es contagiosa. Pero también es adivinable la contrapartida, el riesgo que el PSOE no quiso correr: la confabulación mafiosa de todas las fuerzas contra la honradez. El ataque al virus de la honradez es universal e histórico. Casi seguro que es prehistórico. Por eso, por saberlo, es muy posible que prevaleciera el "si no puedes vencerlos, únete a ellos". Y uniéronse, y perdieron votos y más votos y seguirán perdiéndolos. Porque, para colmo, «nos encontramos ante un abanico electoral donde el verdadero socialismo está dejando de ser una opción», como un periodista francés ha generalizado para toda Europa.
La solución más coherente, la más prometedora para recuperar votos –de otras gentes, pero votos al fin–, y la menos traumática porque conserva la siglas, es que el PSOE pase a denominarse Partido Socialdemócrata Obviamente Español.
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Adenda a fecha 1 de mayo de 2010.
En varios de los artículos aquí "volcados" no dejan de sorprenderme los "paralelismos" que he ido encontrando entre situaciones pretéritas –especialmente las políticas de veintitantos años atrás–, y las actuales. No quiero abusar de citas contundentes, pero me alarma sobremanera, quizás bastaría dejarlo en me "inquieta" o "fastidia", que la última etapa de mi camino vaya a transcurrir encajada en uno de los ciclos en que la historia se repite como farsa. A ello me referí hace un año. [•]
Comprobar si la repetición se está produciendo ahora mismo es muy fácil: el gigantismo de la WEBmeroteca permite abordarlo con el detalle que se quiera. Tomar el pulso (calibrar las perspectivas de voto) del partido del Gobierno es también posible leyendo los titulares de prensa que informan de los resultados de las encuestas y cualificando éstos, si es necesario, según la orientación política del medio.
El descenso en expectativa de voto que hoy parece amenazar al PSOE arranca de condicionamientos diferentes a los del cuarto trimestre de 1987 —la desafortunada gestión de la crisis económica sobre todo—; pero también cuenta la confirmación de que el socialismo no está dejando, sino que [¿definitivamente?] ha dejado de ser una opción: a lo más que hoy parece llegar es a repetirse como su caricatura.
La interrogación antecedente la motiva el recurso a la vieja cita del filósofo David Hume que abre el segundo capítulo de «Diferencia y Repetición», el denso libro de Gilles Deleuze:
La repetición nada cambia en el objeto que repite, sino que cambia algo en el espíritu que la contempla.
Entre otras lecturas válidas de este aserto estaría la sustitución de "definitiva" por "provisional" en la raiz del adverbio antecedente; sustitución o cambio en el espíritu de los votantes que aún contemplan
un posible retorno a las raíces, a la honradez fundacional del partido.
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