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   «AGNO DEL DISEGNO»

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Nº 45 — FEBRERO 1988
«La FRONTERA»
Madrid — España



Mi amigo vietnamita se llama Trac, lo que según me ha dicho es algo así como Paco en castellano. Trac se enfrenta a graves problemas cuando se encuentra con nuestra singular letra eñe. A pesar de que habla varios idiomas perfectamente, cada vez que ve o piensa una palabra que tiene eñes se para un momento para cambiarlas por «gn» y salir airoso pronunciando en francés. Aun así, se lamenta de lo entrecortado que siente su discurso. Yo le digo que la cosa no tiene importancia y que muchos nativos titubean más que él en una conversación ordinaria, no digamos al disertar sin las consabidas cuartillas. Pero por culpa de lo sucedido en sus dos últimas conferencias, no he podido convencerle de que sus titubeos pasan generalmente inadvertidos.

En la primera de sus charlas, cuando dijo que para visitar su país tenía que hacerlo de «incoñito», la cosa no pasó de sonrisas y cuchicheos. Pero en la segunda, sobre el tema más caliente del momento —el mismo de este número y de esta «frontera»—, las sonrisas se tornaron carcajadas y los murmullos voceos. Porque Trac, olvidándose del .francés, pronunciaba «disegno», «disegnar» y «disegnador» con todas sus letras. y la conferencia terminó malamente cuando un contertulio cercano al estrado, para hacer gracia a su compañera, dijo en audible medio tono: «Semejante cognazo sólo se concibe en el agno del disegno.»

A la audiencia, más que por su falta de educación, habría que reprobarla por su falta de sensibilidad etimológica. Mi amigo, en su esfuerzo por bien decir, y proponiéndoselo o no, habría rastreado la evolución de la palabra que en latín fue «designare», luego «desegnare» en italiano y, por fin, en castellano, «diseñar».

disegnoEl discurso oriental tiene mucho que ofrecernos en el terreno de la imaginación; precisamente porque se detiene mejor que nosotros en la contemplación pausada y profunda de las cosas y de los hombres. La inferencia es obvia: la riqueza del 'diseño oriental' nos abrumará siempre. Y sin remedio. Por lo menos hasta que el estrés del maquinismo, elevado a la potencia nipona, arrase los valores pausados de su cultura. Que es cultura holística, de la totalidad, y que por ello puede recrearse en el detalle más allá de lo observable desde el mismo detalle. Siguiendo el camino inverso del que hacemos los occidentales para naufragar casi siempre en el encuentro del todo.

Sin embargo, no era mi intención, como no fue la de Trac, disertar sobre el choque cultural oriente-occidente. Aunque al tratarse de diseño e interviniendo un vietnamita la referencia no se podía soslayar. De todas formas ese brevísimo atisbo a diferencias culturales no deja de ser un dato para entender mejor la evolución al alza de la que se entiende por diseño.

Hasta tiempos no muy lejanos, cuando el poder tenía miedo a la imaginación, un diseño era poco más que un croquis. Con lo cual la diferencia entre crear y copiar quedaba minimizada. La distancia, el ennoblecimiento creador, se reservaba al «proyecto». Un diseñador era poca cosa, si es que significaba algo fuera del mundo de la moda, enano entonces en España. Naturalmente otros países fueron más perspicaces y se adelantaron. La ola que provocaron fue contenida por nuestra frontera censora hasta que ésta saltó. La imaginación íbera, la de sus gentes mediterráneas en especial, aceleró para recuperar el tiempo perdido y demostrar que nuestros cuarenta años de pereza imaginativa son historia. Incluso hasta se oyen voces que tratan de reglar, de academizar, el diseño. La carrera de diseñador —si es que no existe ya—, encajaría con sus grados y niveles de titulación en el mundo castrador de las atribuciones profesionales, del intrusismo y de las incompatibilidades.

La regresión ideológica favorece la reaparición de telarañas mentales. Puede que el péndulo vuelva a funcionar una vez más y algún mediocre diseñador de ayer sea doctor en diseño mañana. No importa demasiado. En el mundo privado de los creadores auténticos, la amenaza de reglamentación preocupa poco. Su tiempo está lleno, saturado de pensar.
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Fabian Zola

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