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    «AMARILLEZ»
 

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Nº 46 — MARZO 1988
«La FRONTERA»
Madrid — España



    Muchos aficionados  al placer de perderse en los recovecos de las palabras se han planteado la cuestión de por qué éstas, en castellano, no cambian de clase sin variar la forma, con la misma facilidad que lo hacen en inglés. No tengo la respuesta precisa. Es más, mis esporádicos buceos en las sesudas gramáticas contemporáneas me están llevando a la conclusión de que no hay respuesta única a ese tipo de pregunta. Menos complejo es seguir la pista a la formación de los sustantivos que definen la cualidad expresada por los adjetivos, aunque en ese seguimiento se produzcan sorpresas. La primera vez que escribí grisura, pensando en calidad de gris, creí haber inventado la palabra porque no la encontré en un famoso diccionario. Luego, por supuesto, empecé a tropezármela en los periódicos, si bien con menos frecuencia que la calidad de amarillo, es decir la amarillez de la cual la información es abundante.
Calidad de amarillo es, en su raíz, igual que calidad de amargo. Por tanto, amarillez y amargura vienen a ser lo mismo. Hasta el punto de que la etimología puede facilitar la explicación de un hecho anómalo, una brecha abierta entre representados y representantes: el NO de los empleados de la banca a los planes de sus líderes sindicales.
En principio, la fuerza connotativa de los colores en política mereció en los libros la aparición del párrafo siguiente: sindicato amarillo, dícese de la organización controlada o inspirada por los patronos con la finalidad de oponerse a la tendencia del sindicalismo obrero. En nuestro país la amarillez sindical estuvo perfectamente diferenciada, por lo menos hasta el momento en que los obreros empezaron a dejar de ser el alma de sus organizaciones genuinas. El deslavazado del color fue parejo al desclasamiento. Para complicar más las cosas, la potencia de la victoria en las urnas indujo prepotencia en el ganador, al tiempo que sedujo (por humano era inevitable) a algunas gentes del sindicato afín.

    Me dicen que que irrita bastante a los sindicalistas de UGT la mención del amarillo aplicado a sus filas. Pienso que a los auténticos, a los no seducidos por las trampas del poder, les importará un pimiento. Lo que sí les preocupará son los indicios de falta de entendimiento con las bases que han aflorado en el NO de la banca. Porque se había producido un planteamiento común, acordado entre tres centrales dispares. Las lecturas que ha hecho la prensa apuntan hacia la baja tasa de afiliación, y a los residuos de gremialismos como causas primeras del desacuerdo. Sin embargo, es posible otra lectura: por ejemplo, ¿no será que el votante, afiliado o no, ha desconfiado profundamente de un pacto que ha creído teñido por varios tonos de amarillez?
Todos sabemos que pocas cosas hay más convencionales que las fronteras, especialmente las de sustancia ideológica. Pero, hasta sabiéndolo, nos aferramos a su existencia. La tendencia a la unidad (de criterio) sindical lleva aparejada la (di)solución de fronteras. También conlleva el posible, y definitivo, lavado de amarillez; so pena, en caso contrario, que se produzca la convergencia del gran sindicato único con un partido mayoritario absoluto. De ahí al retorno del sueño totalitario hay poco camino, sobre todo si se adereza la mezcla con un control informático que funcione. Y a propósito, un inciso: ¿nadie se ha preguntado por qué los puestos más incentivados, en la Administración especialmente, son los de informática? Valdrá la pena volver sobre eso, no tardando.
Supongo que habrán borrado un "aerosolito" –no se me ocurre, otro nombre para las pintadas con bote–, que se lee en grandes caracteres yendo de Madrid a Barcelona en tren. Rezaba así:

El patrón te engaña, el sindicato te vende, vota NO.

Otros textos de grafitos políticos, de aquellos que sustanciaron el Mayo–68, no perfilaron con tanto acierto el acoplo entre amarillez y amargura. Con la conciencia agredida por las letras chorreadas es impensable no imaginar la definición que debió recoger el diccionario: sindicato amarillo o, también, amargo: dícese de la organización de trabajadores, no importa su color político, que se vende al poder.
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UGT&CCOO

Adenda a fecha 15 de ENERO de 2010.

    Las versiones modernas de los logotipos de las dos organizaciones sindicales más importantes en España tienen en común la simplicidad del contraste, logrado en ambos casos "mordiendo" blanco sobre rojo. No sé si en alguna ocasión habrán superpuesto sus insignias como muestra la imagen, pero lo cierto es que en la actualidad –no estando integrado en ellas– resulta difícil apreciar las diferencias que mantienen entre sí. Quizás su fusión esté cercana.
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Fabian Zola

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