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   DE ICONOCLASTAS E ICONÓDULOS

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Nº 36 — AGOSTO 2002
Quilmes — Argentina


Una guerra sin fronteras convencionales los tuvo como protagonistas: los destructores frente a los veneradores de imágenes. Durante casi todo el siglo octavo y la mitad del noveno el conflicto se enardeció, menguó y volvió a recrudecerse, mientras Europa pugnaba por nacer con Carlomagno y, en el cénit del imperio abasí, el califa de las Mil y una Noches pactaba con el emperador ya coronado, para defender los Santos Lugares de los ataques sarracenos. Por entonces, el continente americano no existía, ni para aquellos protoeuropeos ni para los califas del Islam. Sin embargo, mientras los primeros detractores y defensores de iconos de la historia chapoteaban en el caldo de cultivo que remataría el Cisma de Oriente, los mayas atravesaban su período tardío de esplendor clásico y más al sur diaguitas, pampas, quilmes, tehuelches, onas… los hombres y mujeres de las innumerables etnias americanas vivían vueltos sobre sí mismos, ignorantes de que 6 ó 7 siglos después serían "descubiertos".

Otro salto de siglos semejante se produjo hasta llegar al presente actual, al de la globalización. La palabra parece implicar que las diferencias del estado de civilización entre los dos continentes mencionados se están borrando, o son inapreciables, o cuando existen no se pueden achacar (solamente) a la zarandeada Europa. De hecho, para todos, si exceptuamos los invidentes, es cercano e inmediato el mundo superpoblado de imágenes en el que disfrutamos / aceptamos / sufrimos nuestro vivir. En muchos casos se maneja la sobrecarga de imágenes como parámetro, ¡positivo!, de desarrollo. Globalizados o no, los verbos que he escrito encadenados nos agrupan en iconódulos, indiferentes o iconoclastas. No necesariamente en todo y para todo, pero sí en la resultante de nuestra conducta. Si atendemos al uso y defensa de las imágenes que hoy se hace desde el poder, no hay que devanarse los sesos para afirmar que éste, el poder, nos desea iconódulos. Pero, cuidado: sólo nos desea veneradores de "sus" imágenes, las que él fabrica, manipula y reparte con profusión y ruido. Los métodos que usa el poder para que se cumplan sus deseos lo identifican. En las democracias avanzadas tiene forzosamente que competir con las imágenes que edita la oposición (también manipuladas casi siempre). En las democracias nominales o corrompidas las imágenes del contrario no existen y las pocas que escapan a la censura son adulteradas inmediatamente por la contrapropaganda. Los iconoclastas de antaño no son hoy destructores sino transformadores de imágenes altamente cualificados.

Los analistas del mercado de la comunicación saben que todos compramos el periódico que «trae» lo que queremos leer y se aplican con eficacia para servirnos igualmente las imágenes que queremos ver. En las democracias avanzadas todavía se puede cambiar de canal; en las demás queda el recurso de no encender el televisor. Actitudes triviales ambas, equivalentes a esconder la cabeza bajo el ala, puesto que de poco nos servirá ignorar que detrás de las guerras (plurales) de imágenes del presente se alinean dos mundos, bien identificados después del 11—S, que se disputan un glorioso final apocalíptico.
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FAB.

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