Una guerra sin fronteras convencionales los tuvo como protagonistas: los
destructores frente a los veneradores de imágenes. Durante casi todo el siglo
octavo y la mitad del noveno el conflicto se enardeció, menguó y volvió a
recrudecerse, mientras Europa pugnaba por nacer con Carlomagno y, en el cénit
del imperio abasí, el califa de las Mil y una Noches pactaba con el emperador ya
coronado, para defender los Santos Lugares de los ataques sarracenos. Por
entonces, el continente americano no existía, ni para aquellos protoeuropeos
ni para los califas del Islam. Sin embargo, mientras los primeros detractores y
defensores de iconos de la historia chapoteaban en el caldo de cultivo que
remataría el Cisma de Oriente, los mayas atravesaban su período tardío de
esplendor clásico y más al sur diaguitas, pampas, quilmes, tehuelches, onas…
los
hombres y mujeres de las innumerables etnias americanas vivían vueltos sobre
sí
mismos, ignorantes de que 6 ó 7 siglos después serían "descubiertos".
Otro salto de siglos semejante se produjo hasta llegar al presente actual, al de
la globalización. La palabra parece implicar que las diferencias del estado de
civilización entre los dos continentes mencionados se están borrando, o son
inapreciables, o cuando existen no se pueden achacar (solamente) a la
zarandeada
Europa. De hecho, para todos, si exceptuamos los invidentes, es cercano e
inmediato el mundo superpoblado de imágenes en el que disfrutamos /
aceptamos /
sufrimos nuestro vivir. En muchos casos se maneja la sobrecarga de imágenes
como
parámetro, ¡positivo!, de desarrollo. Globalizados o no, los verbos que he
escrito encadenados nos agrupan en iconódulos, indiferentes o iconoclastas. No
necesariamente en todo y para todo, pero sí en la resultante de nuestra
conducta. Si atendemos al uso y defensa de las imágenes que hoy se hace
desde el
poder, no hay que devanarse los sesos para afirmar que éste, el poder, nos
desea
iconódulos. Pero, cuidado: sólo nos desea veneradores de "sus" imágenes, las
que
él fabrica, manipula y reparte con profusión y ruido. Los métodos que usa el
poder para que se cumplan sus deseos lo identifican. En las democracias
avanzadas tiene forzosamente que competir con las imágenes que edita la
oposición (también manipuladas casi siempre). En las democracias nominales o
corrompidas las imágenes del contrario no existen y las pocas que escapan a la
censura son adulteradas inmediatamente por la contrapropaganda. Los
iconoclastas
de antaño no son hoy destructores sino transformadores de imágenes
altamente
cualificados.
Los analistas del mercado de la comunicación saben que todos compramos el
periódico que «trae» lo que queremos leer y se aplican con eficacia para
servirnos igualmente las imágenes que queremos ver. En las democracias
avanzadas
todavía se puede cambiar de canal; en las demás queda el recurso de no
encender
el televisor. Actitudes triviales ambas, equivalentes a esconder la cabeza bajo
el ala, puesto que de poco nos servirá ignorar que detrás de las guerras
(plurales) de imágenes del presente se alinean dos mundos, bien identificados
después del 11—S, que se disputan un glorioso final apocalíptico.
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FAB.
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