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   DE POLEMOLÓGICO FIASCO

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Nº 47 — SETIEMBRE 2003
Quilmes — Argentina


   El libro «La Guerre» del sociólogo francés Gastón Bouthoul, publicado en 1946, termina con las palabras que copio de la versión castellana aparecida en 1971: Estamos condenados a prepararnos para la guerra o a trabajar para la polemología. Hay sobrada constancia de que Bouthoul y sus discípulos se dedicaron seriamente a "trabajar", es decir a dotar de contenido la palabra que acuñaron para definir la "ciencia de la guerra".

   En cambio, parece que los demás, especialmente algunos gobernantes del tercer mundo, optaron por la preparación y de inmediato pasaron a la acción. Si todo hubiera quedado ahí, en el tercer nivel del mundo, cabría pensar que la campaña científica fue un completo éxito. Los ciudadanos occidentales estamos demasiado ocupados para preocuparnos de lo que sucede por debajo del segundo nivel. Sin embargo, la nación rectora del primer nivel ha dejado en pañales a todas las demás, no sólo en lo de prepararse, actitud que no abandona un segundo, sino en la puesta en marcha de los impresionantes mecanismos de devastación de que dispone y que necesita gastar para renovarlos. Eso lo ha hecho desde Vietnam, orlado con el estrépito que le proporcionan los medios de comunicación de masas. Es cierto que su dominio de los medios es también abrumador, pero —menos mal— no es absoluto. Por ejemplo, antes del comienzo "oficial" de la guerra de Irak circularon por la WEB dos fotografías del presidente Bush en situaciones sutilmente ridículas. Las fotos parecían auténticas, es decir, no tenían aspecto de haber sido manipuladas. Alguien se coló en el cerco protector que vela por la imagen del inquilino de la Casa Blanca. Alguien conocedor de que muchas veces la realidad, fotografiada tal cual, es superior a la ficción.

   Por instinto, desconfío de las campañas y contracampañas que se montan día a día —se podría decir, segundo a segundo— en la "red de redes". De su discutible eficacia hablan (escriben) unos y otros en ambos sentidos. Los más entusiastas aseguran que ya no eres nadie si no estás en ello, es decir, si no incluyes tu nombre en algún foro de intercambio de opiniones. Los más críticos apuntan que la confusión generada por las opiniones encontradas imposibilita hablar de eficacia, y que es todavía más ilusorio tratar de evaluarla. Los productos de la descarga visceral de quienes no encuentran otro modo de canalizar su descontento son la "ganga" que acompaña otras opiniones razonadas y razonables. Sin embargo, de ese lastre también se pueden sacar conclusiones y es de suponer que más de un gabinete de sociología cuenta con ello. En el caso insignificante y aislado de este escribidor particular, dos "sucesos" le han servido para volver la mirada atrás y preguntarse: ¿Qué definición o explicación puede dar una bienintencionada ciencia, sobre los conflictos latentes e interminables que en el mismo día, martes 19 de agosto, revientan la sede de Naciones Unidas en Bagdad y mil kilómetros más allá, en Jerusalén, condicionan la mente de un "guerrero" para que se inmole en el despedazamiento de docenas de devotos civiles y de sus hijos?
Los vientos de guerra que hoy soplan no se parecen en nada a los del romance televisivo que en 1983 llevó ese título. Han desaparecido las fronteras: el aire no limita con ninguna parte, salvo con el vacío de la magnetosfera si a eso se le puede llamar un límite. Y es en el aire donde está latente la interminable guerra del futuro, la que ha hecho de la polemología un auténtico fiasco.
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FAB.

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