No tengo la más remota idea de cuántos lectores son fieles a estas páginas por la utilidad que les reporta su fin principal, ni de cuántos otros buscan además en ellas las "notas", lo que el periodismo formal califica de "columnas". Al ponerle título a ésta me vino a la mente la hermosa metáfora (•), cargada de erotismo, con la que Aleixandre bautizó su hermético libro de poemas: "Espadas como labios". Pero mi objetivo no va de crítica poética —doctores tiene esa devoción hermenéutica—, sólo pretendo despedir el año con un mensaje sencillo.
Agenda del Sur proyecta la presencia dúplice que ostentan grandes y pequeños rotativos. Está en una página WEB y en el papel, en lo que siempre se ha llamado la puñetera calle. Sigue latente la discusión sobre la supervivencia material de lo escrito en papel. El libro electrónico, el e_book, ha defraudado en gran parte las expectativas de sus impulsores. Naturalmente, el crecimiento exponencial de los usuarios de Internet justificaba aquellas expectativas. La equivocación partió de aplicar el conocido aforismo "la función crea el órgano", olvidando que esa afirmación no es un axioma, y que no se suele cumplir cuando para esa función ya existe un órgano que funciona.
Sin embargo hay libros en trance de desaparición: los libros de consulta, cuya función ha sido escandalosamente mejorada por el soporte informático. Enciclopedias y diccionarios, tanto generales como de materias específicas, han adquirido el don de la portabilidad. No hay más que añadir unos pocos gramos al equipaje, y los saberes de nuestra biblioteca nos acompañan a cualquier sitio. Es cierto que si no tenemos "portátil", nos hará falta acceder a un ordenador en el lugar de destino. Pero eso es cada vez más fácil. Incluso hasta de los gramos de los CD o DVD bibliotecarios podemos prescindir. En la RED, por poco dinero y en muchos casos gratis, se accede al saber mundial actualizado y en cualquier idioma. El inglés predomina, por supuesto, pero por fin el español ha entrado seriamente en la liza.
Para muchos, la letra impresa está aureolada de autoridad. Lo que se lee publicado en un periódico, no digamos en un libro, se aprehende inicialmente como "la verdad". Es necesario tener conocimiento específico precedente, o postura ideológica radicalmente contraria al aserto que nos ha entrado por los ojos, para que lo pongamos en duda. De ahí el dicho, "lo escrito, escrito queda", y otro más venenoso: "una mentira cientos de veces repetida termina por parecer verdad".
En mi opinión, ese singular atributo de lo impreso no está en lo virtual. Probablemente porque lo que leemos en la pantalla del ordenador lo sabemos volátil. Bien que nos aprovechamos de esa volatilidad cuando corregimos, cortamos, pegamos y sustituimos palabras, párrafos y páginas enteras. Un regalo verdaderamente desopilante para todo el que escribe.
Lo cual mueve a la reflexión siguiente: si escribir hoy es infinitamente más fácil que ayer, el tiempo ganado frente a la vieja hoja en blanco debe ser correspondido con un esfuerzo suplementario para diferenciar nítidamente hechos de opiniones, saberes de paparruchas y, no digamos, verdades a medias de mentiras flagrantes.
Escribir en un medio público es un privilegio. Estas sencillas columnas, por modestas que parezcan, son flechas dirigidas a dianas desconocidas, unas más vulnerables que otras. La honestidad, la malicia o la inanidad, son tres de los tipos de pociones que pueden impregnar sus puntas. Los lectores, de uno en uno, harían bien en distraer unos minutos durante el 2004 para ir clasificándolas. A quienes escribimos nos ilustraría conocer el resultado de sus cómputos: para seguir o para dejarlo.
Pero ya será el año próximo. Entretanto, desde el otro hemisferio: ¡Felices Pascuas veraniegas!
(•) Adenda a fecha 15 de setiembre de 2009.
No creo que se haya dado en la lengua española un escritor cuyo dominio de la metáfora sea comparable al que exhibió Francisco Umbral en sus libros, artículos y columnas periodísticas. Si bien no ejerció de poeta fue sencillamente porque no le dio la gana. Más de una vez sorprendió al lector desavisado, dejándole un regusto especial al terminar la lectura: una sensación de sorpresa placentera que no casaba especialmente, que no podía atribuir al argumento de lo leído. Si el lector se tomaba la molestia de repetir la lectura poniendo toda su atención podía descubrir –contando sílabas con los dedos de ser preciso–, que el núcleo central del tema, o incluso todo el artículo, estaba desarrollado en endecasílabos.
En el apéndice a orwelliana [8] cité de pasada un "taller" de un par de horas que dicté sobre columnismo. Si lo traigo aquí de nuevo es para reproducir los cinco párrafos que allí glosé de la novela* donde Umbral se entrega sin rodeos a la metáfora y dice:
La escritura metafórica es la única escritura literaria. Incluso la adjetivación es tributaria de la metáfora. Un buen adjetivo es el principio o el final de una metáfora incompleta
[...]
Que el invierno sepa lo que tiene de capote de campaña. Que la muchacha sepa lo que tiene de cabra griega. Que el gato sepa lo que tiene de capitular gótica. Y a la inversa.
[...]
La metáfora es la elocuencia del mundo. Nunca he hablado otro lenguaje. Incluso en el periodismo.
[...]
Cuando la cosa se constituye en metáfora se salva del tiempo y de la ruina. La mujer no es sino un jarro tembloroso de agua. Si disociamos esta imagen, la mujer se marchitará pronto.
[...]
La metáfora es una iluminación no deliberada, pero que se viene gestando entre la pupila y la imagen. Las metáforas se hacen con los cinco sentidos más ese sexto sentido del poeta que es el sentido de la sinestesia.
* «Un ser de lejanías» :: ISBN 84-08-03843-5 –PP. 65_7–
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FAB
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