No iban mis previsiones por lo que sigue. Ni mucho menos.
Cuando esta columna o nota —como mejor se entienda— esté en la calle, yo también andaré pisando tierras argentinas. Tenía esbozadas las líneas fundamentales de una argumentación muy distinta, la que pensaba cerrar aquí, en Quilmes. Sin embargo, al igual que en otras ocasiones, la violencia desmesurada del mundo en que vivimos impuso su salvaje protagonismo.
Escribo el 11 de marzo. La sombra ominosa de otro día once se ha cobrado su tributo de víctimas inocentes en la capital de España. Otras manos y otras ideas han estado siempre —lo están todavía— detrás del terror ominoso autóctono. Ese terror que “presume” de la elección de sus objetivos cuando elige sus víctimas por el cargo o por el nombre. Sin embargo cuando tiene “prisa”, porque matar en una fecha señalada incrementa su siniestro prestigio, se vuelve indiscriminado y entonces sus víctimas dejan de tener empleo o rostro: cuantos más caigan, mejor. Esa forma calculada del terror fue la que impactó en las Torres Gemelas y ahora ha exportado su siniestra copia sembrando la muerte en los trenes de cercanías de Madrid. Fanatismo religioso, fanatismo nacionalista montaraz, venganza juramentada: uno de estos tres ingredientes es el alimento básico de los proyectos terroristas de destrucción. Por separado ya son suficientemente letales; unidos a pares sus víctimas no bajan de las decenas por golpe; actuando la tríada al unísono la catástrofe que provoca retrata la negrura del mal absoluto.
Sin embargo, los vivos, los que tenemos todavía la suerte de no haber sido alcanzados por la lotería del mal, habremos de hacer el esfuerzo necesario, mancomunado y generoso, para poder salir de inmediato de ese fatídico pozo de oscuridad. Cada uno habrá de aportar lo que sabe, lo que ve, incluso lo que imagina. Porque los que combaten en primera línea, los hombres y mujeres que trabajan en los “servicios invisibles“ de inteligencia, tienen que adelantarse —cosa por supuesto nada fácil— a los cálculos precisos que efectúan los terroristas mientras preparan sus golpes. Lo sobrecogedor es que ellos, los proyectistas del terror, cuentan con nuestra precisión. Acaban de demostrarlo. La puntualidad de los transportes es un activo en sus planes. Las bombas colocadas en uno de los trenes de Madrid explosionaron antes de entrar en la estación de Atocha “gracias” a los dos minutos de retraso que llevaba el convoy. Si éste hubiera sido puntual, las explosiones diseñadas para producirse en cadena habrían colapsado la estructura material de la estación.
Más de dos mil víctimas y un descomunal vacío de escombros en el corazón de Madrid entraban en los cálculos del terror. Les falló una parte, pero tratan de “perfeccionarse”. Hasta presumen de ello. Hay que sacarlos de sus guaridas antes de que lo consigan, y dejar de insistir obtusamente en que abandonarán sus proyectos si nos sentamos a dialogar.
El engaño integral es el equipaje del terrorismo disfrazado de interlocutor. Quienes, —hablando con ellos—, esperan comprar un poco de seguridad temporal, deben de leer a Benjamín Franklin para saber a lo que están renunciando.
__________
FAB
|