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   DE CABEZAS RECTORAS Y ACHICHINQUES

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Nº 54 — JUNIO 2004
Quilmes — Argentina


No sé que es más preocupante, si la evidencia de que el hombre es para el hombre mucho más dañino que el lobo, o el reconocimiento de los expertos de que la tortura es inútil a efectos "prácticos".
Un torturado, aunque sea culpable de un delito, puede quedar exculpado si su resistencia física y mental lo sostiene. Un inocente frágil confesará lo que sea y será condenado. El marqués de Beccaria lo dejó escrito de manera parecida en 1764. En menos de un lustro Dei delitti e delle Pene barría Europa y alcanzaba los confines de Rusia, suministrando a Catalina II más de cien "argumentos" para la primera Instrucción Legislativa que tuvo su país.

Ahora, 240 años después del libro de Beccaria, leo en un periódico: "si se tortura a una persona, acabará diciendo lo que quiera el interrogador."
Los ciudadanos de todo el mundo hemos sido invitados a contemplar, "a todo color", las imágenes de seres humanos degradados hasta la humillación absoluta por otros seres humanos uniformados. Si califico a estos otros seres por su vestimenta es para dejar claro que sus acciones eran (y son) producto de una cadena de mando que, por lógica elemental, pretende un logro, un objetivo, una utilidad, un fin. Es decir, las cabezas rectoras de la cadena uniformada no aprendieron una sola palabra de los argumentos del libro. Quiero pensar que nunca lo leyeron, porque si lo hicieron habré de concluir que sus acciones fueron (y son) gratuitas y, lo que es peor, que volverán a las andadas.

Es obvio que no hacía ninguna falta recurrir a Beccaria para desautorizar las prácticas infamantes. Las leyes internacionales están ahí. Los "Derechos Humanos", enunciados y repetidos, llenan a diario la boca de parlamentarios e instituciones civiles de todo el mundo: ¿sirvió, sirve o servirá para algo su enunciación?
Amnistía Internacional cuenta año tras año, y hasta cuantifica, la triste realidad.

Algunos hombres torturaron a sus semejantes desde el principio de los tiempos y otros seguirán haciéndolo hasta el final de los tiempos. Los peores hombres son quienes lo hacen desde la impunidad porque su patente de corso ha sido sellada en las alcantarillas del poder.
Mas para mandar torturar hacen falta acólitos, achichinques. Y la cuestión es si cualquier ser humano corriente puede convertirse en eso. La pregunta no es inquietante aunque lo parezca; la respuesta sí lo es porque en más de un libro especializado está contestada afirmativamente. Los hombres y las mujeres, en mayor o menor grado, con matices que siempre tratan de ser exculpatorios, somos capaces de cualquier cosa. El lugar y la circunstancia son determinantes, pero lo fundamental es el adoctrinamiento. Y la doctrina se imparte a la espalda de una iglesia cristiana, de una escuela coránica o de un cuartel. Cualquier reducto sirve, camuflado o no. Todos los programas siguen el procedimiento de enajenar a los aprendices hasta que en sus mentes no queda lugar para otra cosa, hasta que han sustituido "pensar" por "obedecer".

A quienes hemos tenido la suerte de no haber sido adoctrinados de esa manera nos conviene tener presente la observación de Vizinczey: Hasta que se ha leído a Dostoyevski no se comprende del todo cuán monstruosamente estúpidos y retorcidos pueden ser los seres humanos.
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FAB.

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