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   DE LA VERDAD COMO MENTIRA

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Nº 62 — ABRIL 2005
Quilmes — Argentina


Si a cualquiera le preguntan sobre qué palabra se han escrito más palabras, lo normal es que conteste: la verdad, no lo sé. Cabría pensar que sin pretenderlo haya empezado dando la respuesta correcta, porque la palabra verdad, como sujeto o predicado, agota las posibilidades de acceder a todos los lugares donde aparece. Sin embargo, parándonos a pensar un poco más caeremos en la cuenta de que otras palabras, “vida” o “amor” por ejemplo, es probable que sean mucho más abundantes.

Hace un tiempo no era siguiera imaginable algún método de medida para ese tipo de cuestiones. La palabra escrita, por su naturaleza, crece sin freno, exponencialmente. En una metáfora anticipada del cambio climático, la plétora de escribidores cortazianos acotó sus límites —¿recuerdan?: los mares desecados por el papel—. Hoy la “amenaza” parece atenuada, y en pocos años todos seremos escribidores a la nueva usanza, sin papel.
Internet, la nueva herramienta, responde también (a su modo) a preguntas imposibles como la de arriba. En la fecha en que esto escribo me dice que verdad aparece en unos 8 millones de páginas WEB, mientras que vida lo hace casi en 23 y amor se queda en 20.

Simplificando al extremo diríamos que en español se cita verdad una por cada tres veces de las que se escribe vida. En inglés, truth aparece 37 millones de veces y life 428, la proporción es de 1 a 12, y en alemán, Wahrheit 5 millones y Leben 39, de 1 a 8.

Parece pues que en nuestro idioma la verdad, la palabra al menos, pesa notablemente más que en otros. Idea peregrina, si no arriesgada, que anticipa lo que sigue.
falsa máscara de Agamenón
Si leer a Chesterton me llevó a buscar un poema de Swinbourne —lo he contado en De mitológica confusión—, la lectura de un episodio parejo al tremendismo de aquél actualizó en mi memoria la figura de Atreo y de su hijo Agamenón. Concitado por éste, era inevitable recordar el uso que del mismo nombre hizo otro poeta:
«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero»
La sentencia, el exordio de Juan de Mairena / Antonio Machado, se ha utilizado muchas veces así truncada, es decir, sin copiar el mínimo diálogo que la cierra.
Pero al enunciado en “off”, como caído del cielo, Agamenón responde: —Conforme —y, sin solución de continuidad, el porquero retruca: —No me convence.

Esa fue la manera magistral que encontró el poeta para denunciar los usos del poder. En la contundencia de la afirmación desnuda se esconde el dogma: una vez enunciada la tautología, mecanismo alienante por excelencia, el refuerzo que le sigue es retórica superflua. Sin embargo es el broche al servicio del poder: crea la ilusión de que para algo tan sustancial como “definir” la verdad todos estamos al mismo nivel. Falacia paralela al enunciado de que la justicia es una, la misma para ricos e indigentes. Por eso, quienes repiten la cita omitiendo el escueto diálogo, hacen el juego al poder: asumen con él, con Agamenón, la existencia de su única verdad, mientras ni siquiera dejan que se escuche la tímida queja del pueblo, del porquero.

La historia ha mostrado el peligro de los enunciados contundentes. Una verdad, —tres palabras forjadas en hierro: «Arbeit macht frei»*—, sirvió para ocultar la práctica criminal más repugnante y abyecta de un pasado todavía reciente.
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la ocurrencia

* Esta frase, «El trabajo os hará libres» fue una “ocurrencia” del Mayor Rudolf Hoss, comandante del campo de Auschwitz

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La máscara áurea de Agamenón no es suya: precede al mítico rey en tres siglos.

FAB.

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