"Quemcumque osculatus fúero, ipse est; tenete eum!" *
El porcentaje de hombres que maltrata a mujeres no creo que hoy sea mayor de lo que fuera hace 50 años. En términos absolutos puede que sí porque la población mundial no paró de crecer, aunque en las últimas décadas las mujeres han alcanzado un estatus de igualdad de derechos (en "occidente") que les permite defenderse y, por decirlo de modo sencillo, plantar cara a la amenazas del energúmeno agresor. Pero, en cualquier caso, la omnipresencia de los medios de información hace que el número de agresiones conocidas y publicitadas hoy sea infinitamente superior al de hace medio siglo.
No deseo extenderme sobre el tema; ni siquiera he pretendido agotar la cuota de espacio de la edición impresa que el lector tiene en sus manos. Me mueve un propósito decidido y concreto: que esta nota sea leída al menos por un maltratador. De modo que si tú que la lees, o vos que la leés, conoces a alguno, pásasela por favor.
Tengo la impresión de que las conductas agresivas persistentes, focalizadas contra la mujer consorte, aparte de su cobardía congénita, funcionan como las drogas adictivas. En sus comienzos la "dosis" es pequeña, el potencial drogadicto, como el potencial agresor, considera que puede abandonar su "juego" en cualquier momento hasta que, sin advertirlo, el consumo se hace hábito, la dosis se incrementa, alcanza el nivel de "imprescindible" y desde ahí precipita su carrera hasta el punto de no_retorno.
De ese tipo de infernal encerrona no se puede escapar, ni siquiera con ayuda, si el "enfermo" no se plantea conseguirlo. La decisión es suya. Pero mientras el adicto a la droga merece al menos compasión, el adicto a la violencia contra su pareja sólo merece aversión y desprecio. Es necesario que el agresor tome conciencia de que su comportamiento es vergonzante; de que a escala humana no tiene sitio más que en una jaula, y de que sólo de él depende cortar de raíz su adicción antes de llegar a un callejón sin otra salida que la destrucción de su compañera. Porque la evidencia de la inutilidad de las normas de alejamiento que se han dictado en muchos países se demuestra en noticias como ésta:
Un hombre de 28 años abordó a su esposa de 25 por la calle, la besó, la roció con un líquido inflamable y le prendió fuego [...] el agresor tenía una orden de alejamiento que le impedía [¿?] acercarse la víctima.
 ¿Qué precauciones puede tomar la sociedad ante agresiones donde la violencia terminal ha sido premeditada y alevosa hasta valerse de la traición?
Sólo me cabe imaginar que al agresor en potencia, al que acaba de comenzar, es necesario decirle que se mire al espejo, porque si ha terminado de leer esa noticia lo que verá reflejado ante sí será la cara de Judas. Tendrá la mirada torva y sesgada, ladeará la cabeza y quizás sienta repulsión al comprender que ya casi pertenece a la especie del Iscariote. Esa repulsión puede salvar una vida.
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* «Aquél a quien yo bese, ése es: ¡prendedlo!» [Mateo 26,48]
EL BESO DE JUDAS -fragmento- Obra de STARNINA GERARDO Catedral de Toledo (España)
[imagen completa en www.orozco.com]
FAB.
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