ESTÁN exentos, o se sienten así, todos los políticos y los hombres o mujeres importantes. Bueno, casi todos. Podemos suponer que la cuestión excluye o integra, según se vea, a uno de cada mil.
La “cuestión” es el uso de los medios de transporte público para acudir al trabajo. Ese supuesto uno por mil de personas importantes que los usan no va a encontrar nada nuevo en lo que sigue porque, al mezclarse a diario con los ciudadanos corrientes, percibe, toca y hasta huele, una parte de sus problemas.
Y de eso se trata, del contacto azaroso e imprevisible con el pueblo por los políticos que gobiernan o esperan su turno; y con sus “dependientes” por los empresarios, banqueros o directivos que multiplican sus ingresos gracias a ellos.
Porque los encuentros programados, a los que recurren muchos hombres importantes, no sirven. De contactos de ese tipo nada puede aprender el hombre o la mujer dirigente y, desde luego, nada esencial de “su” realidad les está permitido mostrar a los afortunados elegidos para el encuentro: niños, las más de las veces, enfermos hospitalizados, bastantes veces o, en casos extremos, indigentes lavados y desinfectados, cuando se trata de remendar la muy gastada popularidad del importante.
Sin utilizar el transporte público es altamente improbable tropezarse un graffiti como éste: «El sistema no tiene fallos: el fallo es el sistema.» Y en el momento presente de la historia humana, cuando preclaras inteligencias ven síntomas de decadencia acelerados e irreversibles, valdría la pena que los importantes aprendieran de la sabiduría popular y empleasen todo su poder y saber para cambiar de sistema, no para perpetuarse en él y para engañarnos con las cosméticas correcciones que le aplican cuando la presión de “la calle” les alcanza.
NO REPARÉ en el hombre hasta que oí el torrente de su voz: Gracias a la vida que me ha dado tanto... cantaba acelerado, me ha dado la risa, y me ha dado el llanto... hacía vibrar su guitarra toda, así yo distingo dicha de quebranto... golpeaba la madera inmisericorde... los dos materiales que forman mi canto...
En el vaivén de una sacudida pude entreverlo. Estaba tres puertas más allá. Había subido en «Plaza de Castilla» y yo me bajaba en la estación siguiente. El hombre dosificaba su esfuerzo para terminar la letra y reservarse unos pocos segundos para pasar el platillo. No lo consiguió... y el canto de ustedes que es el mismo canto... selló con un acorde estentóreo la entrada en «Cuzco».
Maniobré entre el flujo de viajeros; no deseaba perderlo sin haberle dado unas monedas. Avanzando por el andén, pegado al tren, era casi seguro que me lo tropezaría de frente. Mientras adelantaba la mirada saltándome cabezas anónimas, noté en la punta de mis sandalias el golpeo exploratorio de un bastón. Me aparté pidiendo disculpas. Sólo a tiempo para ver cómo la puerta que yo había dejado atrás se cerraba tras él.
EL RECUERDO del oxímoron de la soledad sonora, del agradecimiento indignado de aquel ciego, me ha parecido una reflexión idónea para cerrar este 2005: el año que la Historia destacará como ejemplo de la incompetencia flagrante que exhibieron al unísono los hombres más importantes de la Unión Europea.
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Adenda a fecha 15 de setiembre de 2008.
No lo escribí entonces, pero lo pensé. Es cierto que no era necesario decirlo: creo que pocos hablantes de español serían los que no identificasen a la autora de la canción del ciego. La argumentación de la "nota" no iba, es obvio, para homenajearla a ella, pero ahora, a toro pasado, me parece una buena ocasión.
En la WEB, por supuesto, Violeta Parra ya dispone del lugar que merece. Invito al lector que ame su música y sus canciones a que lo visite.
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FAB
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