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   DEL PODER DEL CONDADO

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Nº 76 — AGOSTO 2006
Quilmes — Argentina



 
     Hace pocas semanas concluyó en el segundo canal de TVE una entrega de la serie «The West Wing», la que cierra con el episodio titulado Posse comitatus. Según comentó hace cuatro años Dolores Graña en LA NACIÓN, ese episodio se emitió en Argentina por entonces. Imagino que el lector de esta nota, si es que lo vio, lo tiene casi olvidado. En mi opinión, no es ocioso recordarlo.

     El empleo de frases latinas cortas, como latiguillos, no es infrecuente en el periodismo español; me parece más raro en el argentino y, desde luego, por su menor "papel" etimológico, difícil de encontrar en la prensa norteamericana. Por tanto, que el latín apareciera en primer plano, nada menos que titulando un episodio de los 156 que cerraron la exitosa serie en USA el pasado mes de mayo, sólo se explica por los fundamentos jurídicos que aprovechó el guionista para centrar su tema.
En el ordenamiento común de los Estados Unidos, el sheriff de un condado puede reclutar civiles para que le asistan en circunstancias extraordinariamente graves. Ese es el significado que toma el ejercicio del posse comitatus, the power of the county, el poder del condado. Sin embargo, el guión de referencia iba más allá, tiraba por elevación al imaginar una situación extrema que previó la Posse Comitatus Act, la ley que nació en 1878 con ese nombre para regular la intervención del ejército en asuntos de competencia civil.

West Wing     El ingenio de Aaron Sorkin, director y guionista de la serie hasta la quinta entrega, colocó al "presidente" de la nación ante el dilema de dejar salir del país a un diplomático terrorista sin juzgarlo (porque las pruebas que lo inculpaban fueron obtenidas bajo tortura), o de autorizar los planes que le presentaba la panoplia del alto mando al completo (para ejecutarlo bajo engaño, en secreto, y fuera del territorio americano). La ficción es lo bastante verosímil para hacernos pensar que en el caso de producirse una situación semejante, la solución real caería del mismo lado. Los escrúpulos morales del presidente se mantienen hasta el último segundo, pero de hecho ya quedaron apartados cuando su jefe de Gabinete responde a sus dudas para autorizar el crimen: –Porque usted ganó, señor–, le dice.

     Los ciudadanos corrientes nos escandalizaríamos ante una respuesta de ese tipo, pero lo cierto es que ninguno ganamos ni vamos a ganar una elección presidencial. La falacia, la perversión de la democracia para muchos, reside ahí. El elegido, el que ganó, puede y tiene que decidir por encima del bien y del mal. En los Estados Unidos encontraron dos palabras latinas para legalizarlo, en muchas otras democracias no parece que haga falta.
Los países pequeños sólo podemos disimular nuestra dependencia de las decisiones de los grandes saliendo a la calle con pancartas. Y más nos vale que la cosa no pase de ahí. La escalada del presente conflicto, en lo que para Europa es Oriente Próximo, va a obligar a los gobiernos a definir su postura más allá de declaraciones electoralistas. Imagino a las cabezas integrantes de los comités asesores echando humo. Literalmente. La última palabra, sin embargo, la tienen los líderes, los presidentes. Tanto ustedes como yo podemos vernos convertidos en pocas semanas en propalestinos antisemitas o en prosemitas antiislamistas. A la vez estaremos tratando de entender las razones del líder que nos haya hecho eso, y a quien, a lo mejor, ni siquiera votamos.
Ya no nos van a preguntar. Esa es la realidad última, se tenga o no se tenga poder del condado al que encomendarse.
También está, o estaba, el acto de contrición.
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Barack Obama speaks at a rally in Chicago, Illinois, after winning the presidency Tuesday night.
 Adenda a fecha 15 de noviembre de 2008.


Enfrascado en la rutina quincenal de volcar en estas páginas mis escritos pasados, quedé enganchado al televisor la noche del 4 al 5 (la del primer martes después del primer lunes). Creo que más de mil millones de espectadores (más de un billón al modo de contar en USA) me acompañaron en el momento culminante: el del reconocimiento de la derrota por parte del perdedor. El fair play que había ido ganando terreno según progresaba el sprint final de la carrera, consolidó su tendencia con el discurso del ganador.

Fiel a la maestría oratoria exhibida a lo largo de toda la campaña, Barack Obama, en párrafos medidos y seguros, apuntaló lo esencial, la idea radicalmente integradora de unidad: «we have never been just a collection of individuals or a collection of red states and blue states. We are, and always will be, the United States of America» (jamás hemos sido una colección de individuos ni de estados rojos y azules. Somos y siempre seremos los Estados Unidos de América).
El primer nombre propio que pronunció fue el de su oponente. Lo hizo agradeciendo «an extraordinarily gracious call from Sen. McCain» (una llamada extraordinariamente amable del senador McCain). De inmediato siguió su reconocimiento a la gobernadora Palin, para extender su cita a Joe Biden, vicepresidente electo, hasta entonar con marcada emoción que no le hubiera sido posible permanecer en pie esa noche sin el soporte infatigable de su mejor amiga de los últimos 16 años «the rock of our family, the love of my life, the nation's next first lady Michelle Obama» (la roca de nuestra familia, el amor de mi vida, la próxima primera dama, Michele Obama).
No olvidó a los restantes miembros de su familia hasta conectar, sin aparente solución de continuidad, con su director de campaña, David Plouffe «the unsung hero» (el héroe inconspicuo, –siempre fuera del escenario–), su jefe de estrategia, David Axelrod «a partner with me every step of the way» (camarada inseparabe en todos los pasos del camino),  para terminar ensalzando «to the best campaign team ever assembled in the history of politics» (al mejor equipo de campaña jamás seleccionado en la contienda política).

Reconozco que a lo largo de mi encantamiento, ante el saber y bien hacer del pueblo norteamericano y de su nuevo líder, hubo un momento en que "aluciné" involuntariamente y pasé de la realidad a la ficción. Fue cuando el senador Obama pronunció –tal como he transcrito– los nombres del director y del estratega de su campaña, y a continuación otorgó al equipo el listón de un record teóricamente imposible de batir en el futuro. A quienes nombró, mi imaginación les puso rostro: el de Leo, el de Toby... y los de todas las primeras figuras que en «El Ala Oeste» también hicieron posible que el gobernador Bartlet ganara la partida.

Ya de vuelta al mundo real  sólo resta esperar. Hacer votos para que suceda lo mejor, que lo mejor quepa dentro de lo posible, y que ninguna duda irresoluble asalte a Barack Obama en el ejercicio del poder. De ese modo, David Plouffe nunca tendrá que decirle «because you won, sir» (porque usted ganó, señor).
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Fotografía de Barack Obama difundida por la CNN en Internet.
 

FAB

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