NUNCA estuve seguro de interpretar correctamente la aseveración de Borges: El hombre olvida que es un muerto que conversaba con muertos. Ahora, al fallecer uno de los dos amigos radicales que me quedaban, es decir, mi penúltimo amigo, he creído entenderlo; sin embargo, mi involuntaria iluminación está muy distante, por gratuita, de la esforzada meta [the Enlightment] hacia la que orientan sus vidas los seguidores del Zen.
NO comparto el sentimiento de quienes se alegran cuando fallece alguno de sus seres queridos porque imaginan que ha partido hacia la gloria, hacia un espacio mejor que este mundo. Les felicito, por supuesto, y si pudiera sentir como ellos me faltarían palabras para cantar sus bienaventuranzas. Mas no sólo por eso seré breve, sino porque tampoco creo que me asista el derecho de aventar mis tristezas, y menos aún los íntimos pesares de los deudos de Gerardo, mi amigo.
ENTENDÍ desde joven por "amistad radical" la que nace entre dos personas en un momento indeterminado de la vida y al correr el tiempo, sin pregonarlo, ambas son conscientes de que pueden contar con el otro para siempre y para lo que sea.
Recorridos ya más de los tres cuartos del camino, en el infinito forever, el "para siempre" de ese contar, los quanta de transformada energía de lo que en vida fue mi amigo fallecido se amalgamaron con los bits que componen estas palabras, las que antes de existir como tales, informes todavía en el magma del pensar, nacieron al borde de su partida, ¡un día antes!, mientras la tristeza dejaba inconclusa en mi garganta la conversación con su esposa...
FUE aplicable a Gerardo el sentimiento de desengaño de la gloria y del genio que Margarita Yourcenar puso en boca de "Alexis": A menudo he pensado con tristeza que un alma verdaderamente hermosa no alcanzaría la gloria, porque no la desearía. De eso, del éxito, de la gloria mundana inane, de la fama, hablamos la última vez que estuvimos juntos en su casa de Puerto Madryn y, sin saberme muerto todavía, desde aquí, con el permiso de Sonia, he podido seguir conversando con él.
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Adenda a fecha 1 de diciembre de 2008.
A la certeza del tránsito por el último cuarto del camino, acompañan sensaciones que corresponden —como diría Eugenio Trías— a nuestro "endeudamiento existencial".
Recuperar para ANTELESPEJO el que fue mi pésame por la muerte de Gerardo fue una de ellas; también me devolvió al presente otras deudas impalpables, sutiles, difíciles si no imposibles de pagar: las que exigen disponer de un tiempo que no se tiene. Aún así, para mi propio recordatorio y por si acaso, "sustraje" de los fondos del museo Nacional de Copenhage la representación, —al uso romano del siglo I—, del deceso del esposo: elevar a éste a deidad del Olimpo anticipaba la lógica borgiana de continuar la conversación, una forma también de sostener la persistencia de la memoria.
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