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Mientras los dirigentes políticos dicen y hacen decir a sus ministros mentiras, no importa de qué tamaño, la ciudadanía se alinea en tres bloques: una gran parte (a) se muestra confiada y, por tanto, ajena a la manipulación, otra (b), de similar cuantía, resignada y desencantada, mientras un resto (c), poco significativo, clama su descontento o su desesperanza donde puede. Es bien conocida la sentencia de Maquiavelo, "gobernar es hacer creer". Si tal cosa funcionó cuando la difusión de las ideas era lenta, a nadie le puede extrañar que hoy el hacer creer, el engañar a todo cristo como sea, siga siendo la fórmula básica para conservar el poder.
Pero no es la velocidad de transmisión de los mensajes el componente único de su eficacia. Se produce la paradoja de que su instantaneidad les dota de la máxima fugacidad y en consecuencia son sustituibles en un soplo. Más aún, rizando el rizo, hasta pueden simultanearse dos mensajes contradictorios. Véase el ejemplo:
"El líder de Al Qaeda en Irak anuncia que 12.000 luchadores y otros 10.000 muyahidin están a la espera de ser equipados para inmolarse"
"Kofi Annan (saliente mandatario de la ONU) preside la reunión de líderes europeos que preconiza la Alianza de Civilizaciones".
Aún en el caso de que los lectores más avispados lleguen a detectar el sutil enmascaramiento que consiste en colocar a un representante universal avalando la imposible alianza con gente que sólo espera reunir armas y bagajes para destruir Occidente, la idea "tranquilizadora" anidará en sus mentes. El "retraso" del próximo magno atentado reforzará esa idea; ahí nace el provecho de la mistificación. Pero lo cierto es que tal retraso no es producto de alianza alguna, sino del esfuerzo superlativo de los centros de inteligencia policial. Por ejemplo, el MI5 británico no parece fiarse de planteamientos especiosos: ha puesto 4,5 millones de cámaras en funcionamiento continuo para detectar acciones sospechosas, anticiparse a amenazas concretas y abortarlas.
No es posible ponerle fecha al momento en que el equilibrio entre los bloques (a) y (b) dejó de oscilar entre valores recuperables, pero es fácil constatar que el abrumador crecimiento de (a) empieza a producirse en el último tercio del siglo XX. Por entonces confluyeron dos cambios sociales: el adelanto sostenido de las jubilaciones y el acceso femenino a puestos de gran responsabilidad. Al solaparse estos cambios se insuflaron fuerza mutua. Que el crecimiento del bloque manipulable lo haya facilitado la suma de mujeres y hombres jóvenes es lógico, y nada dice en contra ni de unos ni de otras. Precisamente la posibilidad de buenos gobiernos futuros (que no mientan) reside en las mujeres. Por supuesto en las que van alcanzando el poder político por sus méritos, y no por prestar o haber prestado a los "jefes" servicios especiales. El reemplazo del poder masculino es invasivo, afecta uno por uno a todos los estamentos y funciones. No podía suceder de otra manera desde que la mujer pudo exhibir sin riesgos su superioridad sexual.
La literatura, como siempre, va un paso por delante de la realidad. El grupo (c), citado al principio, está compuesto de todo tipo de activistas, algunos periodistas y, selectivamente, de muchos escritores, aunque de éstos sólo se llegue a escuchar la voz de unos pocos. Para despedir aquí el primer sexenio del siglo XXI, pergeñé estas líneas. Lo hice tras sortear numerosas contradicciones en la prensa y de leer la novela (cuarta) de Michel Houellebecq: «La posibilidad de una isla»; en ella está la clave para sintonizar con lo que antecede. Si la sintonía fracasa, será porque el lector ha encontrado en los argumentos de Michel la interpretación hedonista que puede hacerle feliz a lo largo de todo 2007... ¡Enhorabuena entonces!
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Adenda a fecha 15 de octubre de 2009.
A casi tres años vista los "modos" del poder no parece que hayan tomado mejor rumbo. Por lo menos, los discursos que se leen o escuchan a uno y otro lado del Atlántico siguen plagados de burdas contradicciones (bulos y promesas que se verán incumplidas sencillamente por no ser viables) pero, eso sí, todo expresado con mayor rotundidad y énfasis, –los gabinetes de "imagen" trabajan a toda pastilla–. Eso es un efecto natural, sobrevenido por la misma "confortabilidad" que presta el sillón de mando, ocupado un día tras otro sin que nadie entre los avisados, el grupo c) definido arriba, pueda hacer gran cosa. En las democracias menos avanzadas, no digamos en las más jóvenes, los mecanismos de corrección y control del poder ejecutivo funcionan mucho peor (si es que funcionan) que en las consolidadas por su historia. Decir eso ya sé que es una perogrullada, pero siempre cabe la posibilidad de que lo "capte" algún lector de los grupos "conformes" y sopese el rango de mentiras escuchadas antes de decidir su próximo voto.
FAB |