«¡Son los ricos los que se quieren largar de la familia!»
Albert Boadella
(a propósito del separatismo catalán)
Me parece que el aforismo fundacional del raciocinio, "Pienso, luego existo", ha devenido con el tiempo en algo mucho menos brillante, retóricamente, pero más dubitativo e inquietante. Algo así como: "Pienso, y no termino de entender nada". En este instante del primer septenio del siglo XXI, el panorama que desfila ante los ojos de cualquier ser humano que se pare a pensar (se suele decir a reflexionar, verbo algo más enfático) es como para cuestionarse el gratuito calificativo de racional que algún antiguo optimista le adosó a la especie. Y digo antiguo, porque ya en el XVII, el siglo de René Descartes, pararse a pensar en la manera que Europa encontró para resolver sus diferencias fue para echarse a llorar. A distancia suficiente, con la perspectiva de nuestro tiempo, la "Guerra de los Treinta Años" mereció ser calificada por el historiador británico Wedgwood como "ejemplo relevante de un conflicto sin sentido... no resolvió problema alguno; sus efectos, tanto inmediatos como indirectos, fueron negativos o desastrosos".
Al hombre o mujer que nació más o menos con lo puesto poco le añadió entonces el recién estrenado "uso de razón" para saber que la supervivencia habría de ganársela. La obviedad de la afirmación se justifica porque contiene la semilla de lo que sigue. Se entiende que la progresión del ser humano consiste en nacer, sobrevivir, vivir y enriquecerse. Otro lugar común, pero no tanto, porque la cuarta etapa ha sido implantada por la "civilización". Las tres primeras las compartimos con las restantes especies del reino animal y, salvo especulaciones filosóficas, no precisan un porqué; la cuarta sí: "¿Por qué enriquecerse?"
Nótese que la respuesta no puede ser la misma que contestaría a un ¿para qué?
Desde antes de la invención del dinero bastantes hombres justos discursearon sobre los males del enriquecimiento. Con desigual y escasa fortuna. Las razones de sus discursos y máximas siempre fueron de orden espiritual. Apelaban en general a la recompensa superior en "otra vida" y cuando detectaban cansancio en su audiencia echaban mano del tremendismo, de la condena al fuego eterno.
En el siglo XXI el tremendismo ya vende poco. Los discursos que desaconsejan enriquecerse no están de moda; no se sostendrían junto al reclamo de "mejor calidad de vida" que prometen los programas políticos y, más sutiles, lo dan a entender los señuelos nacionalistas. La evidencia proclama que en el primer mundo es posible y recomendable enriquecerse.
¿Cómo se puede defender entonces que posible sí, pero recomendable no lo es?
Roto el puente de la condena eterna, que ni el Papa menciona ya, y acobardados frente al totum revolutum de no cristianas creencias, no queda sino el raciocinio, mal que nos pese, para responder a la pregunta. El comunismo, reparto igualitario a ultranza, ha fracasado. Enfrente, la competición, la carrera de ratas para ver quien se hace más rico y más pronto, sigue en liza...
Descartados los placebos, las alarmas variopintas que se intercalan en el acontecer, y mantenidas las guerras "fuera de casa", la respuesta a la pregunta antecedente sólo puede estar en la equidistancia, en una zona de equilibrio entre lo fracasado y lo existente.
Sociológica y políticamente a ese equilibrio se le ha puesto nombre: desarrollo sostenible. Pero la cualidad de sostenible jamás se tendrá de pie –¡no se sostendrá!– si, para empezar, miles de ciudadanos no asumen y pregonan que "vivir bien" no es sinónimo de "hacerse rico".
¿Impensable hipótesis? Ciertamente. Y peor todavía cuando los que ya son ricos pretenden serlo todavía más. Sólo algunas voces, como la de Albert Boadella, el ilustre comediante, se han arriesgado a desenmascararlos. Sean estas líneas testimonio de la persistencia de su mensaje.
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Adenda a fecha 15 de NOVIEMBRE de 2009.
La peripecia actual del dramaturgo/actor/director supera las 100.000 entradas en Internet. Las más importantes: «Albert Boadella: genio y figura» y, por supuesto, ELS JOGLARS.
DENAES, fundación para la Defensa de la Nación Española, le entregó en 2008 el Premio Españoles Ejemplares por "haber sufrido en sus carnes la persecución de ciertos sectores nacionalistas catalanes".
Por mi parte, he reservado para la "última" vez que actualice este dominio [calculo que a un año vista] el que también fue último artículo que escribí para CIMBRA/«Galaxia». Siguió otro que quedó inédito. En ambos la genial visión del «Laetius» hizo de contrapunto.
FAB |