La maldad [...] no es algo que se haga con la voluntad,
es una luz que viene y que te lleva
Ricardo Piglia, «Plata quemada»
La versión más extensa que he leído hasta ahora del dilema de Epicuro dice: «O Dios quiere abolir el Mal y no puede, o bien puede pero no quiere, o
no puede y no quiere. Si quiere pero no puede, es impotente. Si puede pero no quiere, es malvado. Pero si Dios puede y quiere abolir el Mal, entonces ¿por qué hay Mal en el mundo?».
Inagotable fuente de inspiración, el mal ha consumido desde tiempos pretéritos litros de tinta y ha producido ríos de sangre. Con la globalización
informática, los litros de tinta han devenido en impalpables kilobytes pero, lejos o cerca de cada cual, la sangre continúa derramándose sin que nadie
de nuestra inteligente especie sepa ponerle remedio. Por supuesto, para un creyente, si Dios lo permite, si lo deja estar ahí, es simplemente para
justificar su propia existencia, su necesidad. Ya advirtió San Agustín que «dentro del hombre existe una región que ni siquiera la mente conoce».
Creencias aparte, nada más se nombra el mal, la memoria abre dos de sus
innumerables cajones. En uno recupera a notables escribidores como
Baudelaire, Genet, Sade... integrados, por decirlo así, en el maleficio y a los que
probablemente suma también a observadores no integrados, como el juvenil
Borges de las biografías de la infamia o el Faulkner de «¡Absalón!, ¡Absalón!». En el otro cajón se agolparán sucesos imborrables: el
degollamiento de los inocentes, la noche de san Bartolomé, los empalamientos de Valaquia, las
cámaras de gas... hasta alcanzar las efemérides luctuosas del presente, internacionalizadas por sus siglas temporales 11-S, 11-M, 7-J..., que se van desdramatizando poco a poco, disueltas en los
ineludibles conflictos cotidianos que cada uno ha de resolver, en la barojiana lucha por la vida.
Poco antes de cerrarse el siglo, el catedrático de Cambridge Phillip Allott
disertaba sobre el actual desorden del orden social perverso que hemos
alcanzado. Una frase de su discurso acota la imposibilidad de resolver el problema del mal, de volver atrás hasta la edad de la inocencia: «El mal es al mundo de los hombres lo que la entropía es al mundo de la física».
Una vez me permití afirmar, en una columna similar a ésta, que “la entropía es inocente”. Fue una manera
de decir que el único recurso ante lo inevitable es asumirlo. Retrasarlo en lo posible, fragmentarlo,
suavizarlo, pero dejar de malgastar nuestra limitada energía en explicarlo. Lo que llamamos mal es una parte
del universo, sencillamente está ahí y es, por tanto, un componente de nosotros mismos. Nuestro principal
empeño debe ser reconocer la cantidad que nos ha tocado “en suerte”, y no dejarla crecer.
La existencia del amor al mal, la «algofilia», en sinonimia con masoquismo y sadismo, neutraliza el dilema
“intelectual” de Epicuro. En los millones de años que lleva funcionando la evolución, la densidad y distancia
entre los componentes bioquímicos orientados al bien (altruista) y los orientados al mal (egoísta)
diferenciaron netamente a unos individuos de otros. Es una cuestión de escala, y para medir la distancia y
densidad entre sus extremos propongo al lector un sencillo ejercicio.
De entre las personas que conozca, elija una, familiar o amigo, a la que admire por su «bondad».
Asígnele un valor de 100 o lo más cercano que le parezca. Después, para encontrar el cero absoluto de la escala,
no tiene más que informarse de la historia —real y rigurosamente comprobada— de la condesa Ersebeth Bathory.
Si alguna vez pensó que en la evolución no cabía la tendencia oscura de "realizarse" en el mal, ahora sabrá que
estaba equivocado.
La entropía es inocente, pero implacable: puede que emigrando masivamente hacia las fronteras circumpolares escapemos
del calentamiento global pero, si Allott ha razonado bien, será el mal y no el clima lo que desintegrará el último
proyecto de convivencia.
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Adenda a fecha 15 de DICIEMBRE de 2009 (1)
La presencia del mal sigue poniendo contra las cuerdas la solidez de las creencias en la existencia de Dios. En las religiones "del libro" y en todas las demás. Quedan "a salvo", por supuesto, las que lo han entronizado como "Ser Supremo": los satanismos y monstruosidades afines.
Va a cumplirse un año del episodio, quasi folklórico, del encartelamiento de los autobuses. Parece que ese globo perdió mucha altura, si no se desinfló por completo. Si lo cito de nuevo es para añadir lo que en su momento no pude: una referencia más completa al libro «De Dios» (2) que ahora sí tengo a mi alcance.
Agustín García Calvo se solazaba (lo publicó en 1996) en un juego de inagotables contradicciones que probablemente (sólo él lo sabe) lo tenían acorralado desde los albores de su brillante razonar. A lo largo de 300 páginas, la presión de la caldera (en la que se cocieron sus pensamientos) fue tanta que, después de encandilar al lector agnóstico o ateo con la plausible militancia en sus filas, terminó rendido (¿?) con una oración personal, donde los ecos del "padrenuestro" cristiano ponen un broche que no he visto superado por ningún apologista ortodoxo. Motivo más que suficiente para volver a recomendar encarecidamente su lectura. _____________
(1) Por error, este artículo ha llevado durante unas semanas una nota añadida que no le correspondía. Al efectuar la corrección, he creído oportuno redactar esta otra.
(2) Editorial Lucina, Rúa de los Notarios, 8. 49001 Zamora :: ISBN 84-85708-45-8
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