Marcharse una persona de su pueblo,
región o país para establecerse en otro.
Emigrar: DUE [1ª acepción]
Francisco Umbral tituló uno de sus mejores libros: «Un ser de lejanías». Los indios Hopi ocupaban sus asentamientos hasta que se sentían demasiado cómodos en ellos; entonces los abandonaban y partían en busca de un lugar nuevo. Eso recuerdo haber leído en «Book of the Hopi» de Frank Waters. El filósofo griego Kostas Axelos escribió: ¿Por qué, errantes como somos, tenemos, hagamos lo que hagamos, este modo de proceder del que se va? El canta-autor español Juanito Valderrama glosó en «El emigrante» la partida, y después endulzó la nostalgia, de los miles de compatriotas que escaparon de las miserias de la guerra civil y terminaron siendo coautores del "milagro alemán".
Con la intención de resumir mis reflexiones sobre la emigración, dejé correr mi memoria hasta disponer de las cuatro "patas" antecedentes donde apoyar el tablero de mis argumentos. La primera, el libro de Umbral, se estrenaba con el siglo XXI, las otras tres se esparcieron todas alrededor del sexto decenio del siglo pasado.
Aseverar que la emigración es consustancial a la especie humana es desde luego una obviedad. Más aún: todo ser vivo "migrará", se pondrá en marcha o lo intentará, en cuanto sienta o presienta que el espacio físico que habita ya no da para alimentarle, ni a él ni a su progenie. La reacción lógica y común es orientar la partida hacia el horizonte más prometedor y, naturalmente, hoy en día esa orientación se basa en el mínimo de información que se supone fiable y contrastable. Por supuesto, estas cualidades de la información no se pueden dar si la fuente no las tiene. Sólo la extrema desesperanza puede dar crédito, por ejemplo, a las "mafias" que manejan el mercado migratorio del África subsahariana.
Sin embargo, el caso opuesto, es decir la existencia de información fiable y contrastable, se da en el flujo migratorio de ciudadanos argentinos hacia España, un "rompecabezas" en el que algunas piezas no termino de saber encajar.
La superficie continental de la República Argentina es cinco veces y media la de España. Basta con sumar la extensión de la provincia de Buenos Aires a la de una de las otras provincias mayores (Santa Cruz, Chubut o Río Negro) para superar la superficie española. A la inversa, como forzando la paradoja, Argentina tiene (según diferentes estadísticas) entre 5 y 8 millones de habitantes menos que España. No voy a descubrirles a mis amigos argentinos que, además de las ventajas implícitas en esos datos, sus recursos naturales son avasalladoramente superiores a los nuestros.
La pregunta que se impone es: ¿por qué, entonces, emigran hacia acá? Si, como parece, el faro es "la renta per cápita" (superior hoy en España en más del 60 %), me viene a la cabeza la vieja expresión del "pan para hoy, hambre para mañana". ¿Una "boutade"? Posiblemente sí, pero justificada por la propia evaluación de índices per cápita, cuyo ejemplo extremo lo expresa el medio pollo (estadístico) que se han comido un indigente y un satisfecho: el primero quedó en ayunas mientras el segundo se empipaba el pollo entero.
Al último argentino que he conocido le hice la pregunta. Su respuesta no mejoró el encaje de mi rompecabezas, pero disfruté con "su historia", una historia larga y singular, cuyo autor y protagonista se ha propuesto contarla en un libro, en «La suerte de Floro».
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ADENDA a fecha 7 de marzo de 2009.
A lo largo de la segunda quincena de febrero se produjeron acusaciones y desmentidos sobre instrucciones específicas emanadas del Ministerio del Interior español para devolver a sus países de origen a inmigrantes "sin papeles" pero ya instalados de modo clandestino. La oposición a las medidas adoptadas no se fundamentó en la legalidad (de repatriar a "ilegales"), sino en los cupos que los agentes de policía debían lograr y por los que serían recompensados, si los cumplían, o sancionados, de no completarlos. No es mi intención escarbar en el asunto: la prensa de esas fechas abunda en datos, testimonios y declaraciones oficiales, y los "cupos" fueron finalmente anulados.
Sin embargo, el episodio (aunque insólito e indeseable) fue congruente con el "sentido" del artículo antecedente que, ahora, ha magniificado la debacle económica. Por supuesto, la crisis global ha golpeado primero, y con mayor virulencia, a los emigrantes. A muchos los ha expulsado literalmente de sus casas. Por el momento sólo cabe tener presente la recomendación clásica y de sentido común: «en tiempos de crisis no hagas mudanza». __________
FAB
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